Resumen Con el pretexto de un viaje a la ciudad de Cali, territorio donde creció, vi- vió y escribió Andrés Caicedo, Eduardo Villegas Guevara elabora una sem- blanza sobre los dos primeros intentos de suicidio y, sin eludir la consuma- ción de la muerte del autor caleño, nos presenta algunos libros póstumos protagonizados por jóvenes en el ambiente urbano y marginal de Cali: No- che sin Fortuna, Calicalabozo y Angelitos empantanados. El artículo cierra con dos despedidas: unos fragmentos de la carta suicida que Caicedo le di- rige a su madre, donde sobresale el deseo de que sus libros puedan ser edi- tados más adelante, pues en vida nunca contó con buenas condiciones para editarlos. Una despedida más de este joven autor caleño quien escribió obras narrativas, dramáticas y mucha crítica de cine, hasta llegar a ser no sólo actor, guionista y director, sino también personaje de una película, la realizada por Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes, donde finalmente apa- rece Patricia Restrepo leyendo unas líneas sobre su último y definitivo adiós, cerrando el ciclo de un joven autor que no paraba de escribir, a pesar de que la ciudad lo acosaba con sus fantasmas cotidianos. Abstract On the pretext of a trip to the city of Cali, a territory where Andrés Caicedo grew up, lived and wrote, Eduardo Villegas Guevara writes a summary about Caicedo’s first two suicide attempts and, without avoiding his death’s consummation, Villegas presents some posthumous books featuring young people in the urban environment and into a marginal Cali: Infortune Night, Calicalabozo and Little angels bogged down. The article closes with two farewells: fragments of Caicedo’s suicide letter written to his mother, where stands his desire that his books can be edited later, since in life he never had good conditions for editing. And a second farewell from this Cali young author who wrote stories, plays, film critics and became not only an actor, writer and director, but also a character in a film, one by Francis Forbes and Alvaro Cifuentes, where at the end Patricia Restrepo appears reading a few lines about his last and final goodbye closing the loop of a young author who kept writing, even though the city haunted him with dai- ly ghosts. Palabras clave / Key words: protagonistas juveniles, jóvenes margina­ les, narrativa urbana, literatura colombiana, carta suicida, suicidio juvenil / young protagonists, marginalized youth, urban narrative, Colombian lite­ rature, suicide note, youth suicide. 34 Tema y Variaciones de Literatura 40 La tercera es La venciDa Eduardo Villegas Guevara* R egreso por segunda ocasión en Cali, porque me han dicho que acá se suicidó un amigo que no conocí, un tal Andrés Caicedo...Me adentro a Cali después de un viaje de varias horas por auto- bús. Me recibe una terminal de autobuses de varios pisos. El calor se vuelve fraternal para quien ha pasado por las cordilleras ecuatoria- nas y colombianas y, además de las lluvias pertinaces, los días nu- blados que no amilanan un viaje en pos de otro rostro de la narrativa urbana. Hace tiempo pude realizar otra visita, la primera al Valle del Cauca, se trataba de conocer la hacienda de Jorge Isaac, donde se desarrolla la historia de María, primera novela que marcó el alma de este joven lector. Me recibió con emoción Esteban Cruz Patiño, amigo poeta quien me ofrece casa, comida y un cúmulo de paisajes caleños. Yo aprovecho unas cuantas tardes para salir a los quioscos de libros nuevos y usados, mismos que abundan en el Centro Histó- rico de Cali y comienzo a hurgar todo aquello que se relacione con la obra publicada de Andrés Caicedo. Mi maleta es pequeña pero caben en ella todos los ejemplares de Caicedo; al llegar a México los he de poner en manos de mis amigos escritores y de mis jóvenes estudiantes de literatura. Si regresan a mí, qué bueno, si no, serán tí- tulos con visado permanente para andar por el mundo. Cali, a mediados de los setenta, aglutinaba a varios personajes veinteañeros como Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero, impulso- res y promotores de Cine, Luis Ospina (documentalista y crítico de cine), Carlos Mayolo (cineasta y escritor) y Miguel González (cura- dor y crítico de arte) que combinaban el uso de drogas psicodélicas, *Profesor Investigador, uacm Cuautepec. 35 estaban inmersos en la rumba, en el ambiente pictórico, en el teatral y, además de las letras, se apasionaban especialmente por el cine. El interés cinematográfico llevó a los miembros del llamado “grupo de Cali” a la formación del primer cine-club de la ciudad y la creación de la revista Ojo al cine, que logró editar cinco números entre 1974 y 1976. Cabeza de estas iniciativas culturales y en cierta forma, ideológicas, es el escritor suicida Andrés Caicedo. Desde mis primeras charlas en Bogotá, mismas que prosiguie- ron en Medellín, el nombre de Andrés Caicedo y su novela Que viva la música ocuparon mis oídos. Su mito es breve y se narra con un par de líneas: joven caleño que a los 25 años se suicida, justo cuan- do acaba de recibir un ejemplar de la novela. No fue para su prota- gonista nada sencillo llegar a este momento, mucho menos para sus familiares y amigos. Se registran cuando menos otros dos intentos. Me impresiona que el talento y la sensibilidad, además de la obse- sión por escribir no eliminen esa condición de suicida. Así que ten- go que imaginar al personaje Andrés Caicedo tratando de quitarse la vida. Ni toda la música del mundo, la energía del rock, la armonía de la salsa impiden que nuestro autor ingiera 25 blues, término car- gado de ternura musical para describir a los Valium de 10 mg. Como Caicedo sabe que lleva mucha vida por dentro, toma precau- ciones para que no sea la postrera quien marque la línea, le agrega a su intento suicida el escénico arte de cortarse las venas. Se imagina que ahora podrá cerrar los ojos y esperar el instante de su muerte. Ha convocado al rayo, pero los días de su vida tienen marcado otro límite, otra raya. Pasa el tiempo y quizá lo que pensó redondearía su muerte termina por salvarlo, a punto de la inconciencia, explicaría en sus escritos posteriores, un aterrador sonido, una melodía desafi- nada, lo trae de vuelta a la gente, a la ciudad, a sus escritos, es decir, vuelve a este mundo: “Me despertó el mismo ruido de mi sangre go- teando sobre el piso de madera…”. Uno lee las palabras de Caicedo y se asusta más que el mismo protagonista. Acaso su conciencia era una gran superficie, donde el eco amplificado de una gota de sangre le solicitaba reintegrarse a la vida. El primer intento sólo demostra- ba el peso de la sangre, pero Andrés estaba por dedicarse por entero a consumar su suicidio. Pero entre esos lapsos que le permitían car- garse de angustia, se propuso consolidar una poética que le diera cuerpo y peso a su partida. Ninguno de sus amigos achaca su melancolía a las drogas: la marihuana, por ejemplo, le provocaba reacciones y emociones bo- baliconas que acaso lo pudieran conducir por el camino del “misti- 36 Tema y Variaciones de Literatura 40 cismo”; senda hueca para el joven cineasta y melómano. El mismo Caicedo se sabe en riesgo, pero no puede culpar a los supuestos pro- blemas familiares. ¿Quién no los tiene? Si quisiéramos causas para deprimirnos, el nicho familiar es buena opción. Caicedo pelea, dis- cute, ignora a su padre. Sus altibajos de humor y contrastes senti- mentales van a sus amigos también, a su pareja. No hay exclusivi- dad de su temperamento dislocado. Entabla otras batallas con sus hermanas mayores (Vickie y Pilar) y la menor (Rosario). Aunque en los textos consultados no puedo señalar si estas discusiones tocaran a su madre. Me parece que no, sobre todo porque ella nunca dejó de alentarlo y de apoyarlo en su quehacer artístico; de todos es conoci- do que fue ella quien le patrocinó sus primeras publicaciones. La le- yenda cuenta, sin embargo, que Caicedo siempre tuvo dificultad para asimilarse a la familia. Me imagino que todos querían verlo crecer y él insistía en ser un niño de doce años. En Mi cuerpo es una celda hay varias cartas que Caicedo le destina a su padre. La dife- rencia es clara entre ambos, los valores del hombre son unos y los del niño son otros. “Yo siempre fui para ti un accidente raro. Jamás olvidaré tu manera de presentarme a tus amigos: ‘Éste está metido en arte y esas pendejadas’”, se lee en una de ellas. El comentario tiene su arista de trascendencia. Cuando sus lectores leemos dichas cartas y conocemos dichos comentarios, podemos comprender que Caicedo tenía clara idea de lo que valía de su arte. Viniendo el co- mentario de un adulto, aunque fuera su padre, lo veía como una nu- lidad sensible, como un oído sordo para la música, como un ser con cero capacidad para comprender o disfrutar la lectura y, sobre todo, vedado para la escritura. Andresito sabía que nada de lo que hacía tenía rastro alguno de pendejada. En otro libro, El cuento de mi vida, Caicedo lo resume de otra manera: Él ha debido sentir mucha alegría cuando yo nací, pero muy pronto fue creciendo una rivalidad entre él y yo, hasta que, hará menos de un año, me propuso que no nos habláramos más, que no nos metiéramos el uno con el otro, y yo quedé todo desconcertado, un tanto asustado, sin saber qué decir. Mi mamá ha sufrido mucho con estas peleas de los dos. La política de ella ha sido darnos a nosotros todo lo que ella cree que nece- sitamos; puede que con eso me haya perjudicado, pero ante esto cabe hacerse una pregunta: ¿no hubiera sido peor que nos hubiera negado todo lo necesario y hasta los más pequeños lujos? Eduardo Villegas Guevara 37 Ya vemos con gran claridad la existencia confundida de Caicedo, puede establecer que entre su padre y él no hay ninguna muestra de cariño y que su progenitor está cargado de desilusión por lo que el hijo es y por lo que hace, pero en el caso de la madre que alienta sus quehaceres y lo estimula en pro de todo, el artista vuelve a dudar y no parece encontrar en el cariño maternal un asidero para sus días aciagos. De manera natural, a sentir de muchos amigos y compañe- ros, lo cierto es que pronto vendría un segundo intento de suicidio. El lapso de un evento a otro no fue de esterilidad creativa. Cuentos, ideas para guiones de cine, viajes y muchas cartas a sus amigos, de las cual sacaba copias en papel carbón para dejar constancia de su angustia y melancolía. Es de esta época un apodo a su dedicación, pues se le comenzó a decir “Pepe metralla”, ya que no se separaba de su máquina de escribir. Él mismo confiesa su dedicación de es- cribir cuando menos cinco horas diarias, límite que siempre rebasa- ba. A pesar de todo, Caicedo terminó internado en un hospital psi- quiátrico. Sus biógrafos nos ubican en el mes de junio de 1976. Qué cerca del final estamos. Andrés Caicedo fue internado en la Clínica Psiquiátrica Santo Tomás de Bogotá. Ahí pasaría 39 días sometido a un tratamiento de desintoxicación. El constante suicida, antes de in- gresar al sanatorio, había intentado abandonar este mundo por se- gunda vez. Ya nadie ignoraba cuál sería su principal legado. Nadie como el propio autor para hablarnos de sí mismo. Después se le pondrían encima de su historia muchas palabras y anécdotas, pero su vida es escueta, es decir, siempre estuvo centrada en unas cuan- tas pasiones pero todas verdaderas. Comencé a escribir a los 13 años: poemas de amor y cuentos breves, de una sola situación. Cuando mi primer cuento ambicioso, La piel del otro héroe, fue publicado en el magazine dominical del diario Occiden- te, de Cali, cobré ímpetu y me llené de ambiciones; pronto me vi re- compensado por publicaciones en el periódico El Espectador, un pri- mer premio de cuento en la Universidad del Valle, dos primeros premios nacionales, un segundo premio latinoamericano organizado por la revista Imagen, de Caracas, y dos premios universitarios de tea- tro. En los diarios caleños se creó algo así como un “boomcito” de An- drés Caicedo, y yo empecé a escribir mínimo cinco horas diarias una novela sobre adolescentes que ha sufrido varias transformaciones y que aún no he concluido; se llama Despescueznarisorejamiento. 38 Tema y Variaciones de Literatura 40 El texto en el que estaba trabajando Caicedo en 1976 y que él llama- ba ”Despezcueznarizorejamiento”, se convirtió más tarde en una novela contundente, debido a su ambiciosa propuesta literaria y se- ría publicada con el título Noche sin fortuna. Es una novela de tras- fondo juvenil; la ingenuidad sirve para resaltar aspectos trágicos, cuyos ecos terribles resuenan más fuerte en medio de su gran dosis de humor. Una vez más, echando mano de su principal repertorio, Caicedo toma a unos jovencitos de la clase media y los saca de sus casas. Todo apunta a que llegaran a la sencilla fiesta de una quincea- ñera, pero su autor decide que el mundo está bastante trastornado y que lo único certero en la existencia es el terror. Llegué a Caicedo siguiendo mi interés en los temas citadinos re- flejados en la narrativa. Me deleitaba el argot, el caló en México, la germanía en la tradición hispánica, junto con muchas características urbanas; la música, el cine, el hacinamiento, el transporte, el aisla- miento dentro de la muchedumbre... Supuse antes de leerlo que Cai- cedo tendría que redondear una visión singular de la urbe, dada su relación de amor–odio con su ciudad. En la literatura mundial tenía- mos ya, entre muchos otros, Dublineses de James Joyce para hablar y describir a Dublín. En Latinoamérica Mario Benedetti tenía como uno de sus mejores libros a Montevideanos, con su mundo de ofici- nistas y cierta grisura existencial. Gracias a la irrupción de escrito- res más jóvenes, temerarios y versátiles, me parece que resultó na- tural la llegada de los cuentos que integran Calicalabozo. Cierto que muchos de ellos fueron escritos en la década de los setenta, pero su publicación póstuma nos restó tiempo en su lectura. Son vertiginosos, intensos y vibrantes. En ellos encontramos las motiva- ciones constantes de la narrativa de Andrés Caicedo y son escenifi- cados los temas que siempre le obsesionaron: el cine, el rock, la ciu- dad como escenario que encierra horrores cotidianos, una eterna melancolía que se apodera del pensamiento, los adolescentes deli- rantes que buscan amor en medio de tanta perdición-pudrición… No queda fuera, esencia de su creador, la presencia de la muerte que trasmina todo y, por supuesto, la literatura como experimentación creativa y transgresora para diluir los límites de la realidad. Otro de los títulos que redondea el universo que más me interesa de Andrés Caicedo es Angelitos empantanados. Además de sus ca- racterísticas y propuesta literaria, lo agrego dentro de mis libros pre- dilectos por el placer que me provoca su lectura. Pura deformación profesional o gusto personal, lo confieso. Me hice lector gracias a ciertos autores que pusieron ante mis ojos a héroes muy cercanos Eduardo Villegas Guevara 39 dentro de mi existencia. En México me leía profusa y profundamen- te a José Agustín y a Gustavo Sainz, más tarde como viajero lector de la narrativa sudamericana (claro, especialmente la colombiana) resultó, les digo, un hallazgo la literatura inacabada de Caicedo. En Angelitos empantanados me topé con Angelita y Miguel Ángel, protagonistas de los tres relatos que integran el libro. Estos dos ado- lescentes provienen de los mejores barrios de la ciudad de Cali. Si los protagonistas permanecieran en su geografía, la obra estaría muerta y la ciudad de Cali estaría muda. Pero he aquí que Caicedo los interna en los barrios populares. Su existencia trascurría entre un enamoramiento y una ingenuidad acomodaticia. En cierta forma es- taban encerrados en la pulcritud de sus hogares, se dejaban guiar como muchos otros jóvenes por la rutina familiar y sus mecánicas actividades escolares. Sin embargo, Caicedo será su Virgilio y sus vidas se tornarán oscuras, pero ciertas. Asistiremos a un resquebra- jamiento que, como su padre autoral, sólo concluye en el desvarío. Me sorprenden los monólogos intensos de los personajes, lo que de- muestra que no fueron en vano los aprendizajes dramáticos de Cai- cedo ni su paso por el Teatro Experimental de Cali. Los jóvenes y sus andares ponen en claro, entre sus deseos y la violencia urbana, la constante premonición de que son acechados por una muerte pre- matura. Dime cómo son tus protagonistas y te diré qué fin tienes; la premonición se iba cristalizando de escritura en escritura y de obra en obra llegaríamos al final de Andrés Caicedo. Antes de esta atracción por la escritura, está la devoción por el cine. El mito dice que Andresito descubrió una sala de cine y que a muy temprana edad se hermanó con la oscuridad de las proyec- ciones. Desde esa infancia, hasta sus veinticinco años, Caicedo no pasaría un solo minuto de su vida sin dejar de vivirlo junto al cine. A los catorce años escribió y dirigió sus propias piezas de teatro. Se lo imagina uno como aquel insurrecto Alfred Jarry trastornan- do los escenarios con su Patafísica o con su Padre Ubú. Nada tan alejado de mi visión porque uno revisa sus montajes y adaptacio- nes y predomina mucho del teatro del absurdo, francés, sobre todo, con Eugene Ionesco a la cabeza. El cine terminaría por dominar- lo. Obstinado y curioso trató de conocer todos los misterios que las cintas escondían. Desde 1969 estaría escribiendo comentarios so- bre la vida y la obra de los grandes forjadores de la cinematogra- fía contemporánea. Si en el teatro la dramaturgia francesa le resultó imprescindible, lo mismo sucede con el cine francés y sus grandes directores; la pasión y la desmesura pronto lo convirtieron en un 40 Tema y Variaciones de Literatura 40 cinéfago incondicional, alguien que no sólo ama y degusta el sép- timo arte, sino alguien que devora todo sobre cine. Pero también resulta sintomático que muchas de las películas proyectadas en el cine-club donde Andrés amenizaba con música y elegía la citas, se inclinara por aquellos títulos que rosaban explícitamente la muerte de sus protagonistas. El suicidio rondaba otra vez el juego creativo de este niño caleño. El gusto por el teatro no fue algo que perdió nunca en su vida, sino más bien un ambiente del que tuvo que segregarse para no confrontarse con los postulados políticos, ya que por sus oí- dos debieron pasar sugerencias y hasta imposiciones de “compromi- so social”, “arte comprometido con el pueblo” y otros lemas cuyas ideologías no iban tan de la mano con un artista tan sensible, con- trovertido y liberal como Caicedo. Él creía en vampiros y espectros voladores, pero no en estos nuevos autómatas. Citaré a continuación este alejamiento, al citar de nueva cuenta la carta que redactó justo en medio de su segundo intento de suicidio: Con la ayuda de mi hermana menor, Rosarito, para mí la más querida, soñaba con llegar a la celebridad antes de los 20 años. Pero fue pasando el tiempo y nada. Apliqué examen de admisión para estudiar letras en la Universidad del Valle, pero una conferencia que sostuve con Enrique Buenaventura me convenció de que lo mejor para mí era entrar al Tea- tro Experimental de Cali a estudiar teatro. Allí trabajé en tres obras (dos como actor y una como asistente de director), me enamoré trágicamen- te de una actriz y probé por primera vez la marihuana; creo que esto úl- timo fue lo que me dio la suficiente carga de inconformismo como para salirme del grupo, después de un viaje en calidad de hippie que hice hasta la Guajira; pero en esa época no llegué a darme cuenta de lo pene- trado que estaba el tec por la “mamertería” del Paco, del Partido Co- munista de Colombia. De allí me salí con la disculpa de querer dedicar- me de lleno a la literatura, cosa que no realicé del todo, pues comencé con el Cine Club de Cali, lo cual siempre me ha quitado tiempo. La plu- ralidad de quehaceres ha sido uno de los motivos para que yo no desa- rrollara ninguno a cabalidad. Pero el Cine Club me comenzó a dar pláti- ca y yo me fui interesando más por el estudio del cine; dicté un curso en la U. del Valle y luego en un colegio de bachillerato. Éste es el resumen de su vida artística hasta esa etapa de su vida. La idea esgrimida por su doctor era brillante: creer que el proceso de escritura nos ayuda a curarnos. Pero el pretexto, a final de tantas lí- neas redactadas, no fue de ninguna utilidad. La escritura no salva, Eduardo Villegas Guevara 41 podría desglosarse de esta semblanza, en el mejor de los casos sirve para catapultar una existencia. Sí, a veces se escribe aspirando a la trascendencia a pesar de los propios amanuenses. El encuentro se postergaba una vez más: la escritura más que ayudar a estabilizarlo funcionó como un arte que le bebía sus últimas sangres. Con los ex- travíos atesorados, había llegado el momento de intentarlo nueva- mente. La tercera fue la vencida, en esa ocasión no se cortaría las venas y, por ende, no escucharía la caída de su sangre. Se atragantó con 60 Valium y así era difícil no fallar. Dicen que unas horas antes había recibido por correo el primer ejemplar de su novela Que viva la mú- sica, pero que murió recostado sobre su máquina de escribir. Un be- llo tesoro que Rosario Caicedo, su hermana, tuvo a bien guardar. Esta obra lo encumbró junto con su suicidio y si no comento dicha novela es porque ha recibido muchas y buenas críticas. No así sus demás obras que fueron viendo la luz en los años siguientes. Ade- más de su bella protagonista, niña bien de caída prostibularia, sor- prende el manejo del lenguaje tan cargado de materia musical. Su ritmo en la prosa, más letras y tonadas de canciones que vienen en el texto, demuestra los bien asimilados que Caicedo tenía a The Ro- lling Stones, a Richie Ray, The Beatles, Eric Burdon y The Ani- mals, a Led Zeppelin, a la bruja cósmica Janis Joplin, a Creedence Clearwater Revival, a Johnny Winter, The Moody Blues, The Band; sin olvidar a grupos como La Protesta, Los Speakers, Andy Harlow y Eddie Palmieri, a Ray Barretto y La Conspiración. Vamos, mu- chos de ellos eran las canciones y los artistas que sonaban en mi ba- rrio y que al encontrarlos tan bien retratados en un libro dedicado a los jóvenes, me hicieron sentir protagonista de dichas aventuras. Yo mismo había adorado (secretamente lo sigo haciendo) las grabacio- nes en acetato de estos genios que tuvimos en la juventud. Ha llegado el momento de bebernos ese trago amargo, es una copa llena de burbujas de soledad. No lo conocí hasta los libros que le publicaron póstumamente: pero hubiéramos sido buenos cuates. Uno se considera amigo de los autores que nos hacen sonreír y que ponen nuestros gustos frente a los ojos: el cine de terror y de mons- truos y las melancolías implantadas por la Nueva Ola francesa; el alto volumen de la música aturde nuestros oídos pero puede mos- trarnos el ritmo del Universo; ahí viene la bruja cósmica, Janis Jo- plin, está cantando para los jóvenes caleños y los chilangos del D.F.; ahí están The Rolling Stones con sus rolas que nos llenan de ener- gía… y uno sabe que Andrés Caicedo es un tipo con buena fortuna. 42 Tema y Variaciones de Literatura 40 El azar maravilloso me deparó el encuentro con Andrew Loog Oldham por una calle de Bogotá, a principios de diciembre de 1976. Yo iba en un bus y lo reconocí en esa figura pálida, pelirroja, desgarbada; inme- diatamente me bajé y fui a su encuentro. Me presenté como un gran ad- mirador de los Stones y él me dijo “Sí, quién no”, y al otro día elaborá- bamos la entrevista en el Bar Inglés del Hotel Hilton, en donde Andrew consumió generosas dosis de whisky y cerveza. Él vive con la actriz co- lombiana Esther Farfán, y por aquellos días pensaba regresar a Lon- dres: no sé si ya lo hizo. Y en seguida Andrés Caicedo nos presenta un texto y nos dice que es que un fragmento de la entrevista realizada a Andrew Loo Oldham y que será parte de un libro que está preparando sobre The Rolling Stones. Pero su buena suerte no es tanta, porque dicha entrevista se vino publicando muchos años después en la revista El Malpensante. Y rastreando el episodio nos damos cuenta que su amigo y compa- ñero, Luis Ospina, comentaría después que incluso la grabadora no funcionó y que Caicedo tuvo que reconstruir la entrevista de memo- ria. Y uno sigue reflexionando y concluye que hubo muchas otras cosas que no le funcionaron al joven Andrés Caicedo. Pero en lo único donde puso su valía fue en la escritura y ahí sigue cosechando frutos. Se dice que quienes buceamos en la vida y en la literatura de un suicida tenemos mucho de morbo. No lo creo. Quiero pensar que es una forma de acompañar a sus deudos. ¿De qué otra forma soporta- rían el dolor las hermanas Pilar, Vickie y Rosario para tomar fuerza y valor y darles la noticia a sus padres de que el artista de la familia ha partido para siempre? ¿Cómo saca fuerzas una madre para guardar ropa, libros, discos, libretas, carteles en el cuarto que el hijo siempre mantuvo en casa, a pesar de los años que llevaba fuera? ¿Cómo se acostumbra una familia a perder al único hijo de ese ramaje? ¿Que sentirá el padre, mucho tiempo después al adentrarse en las cosas, escritos y proyectos del hijo que no conoció y que ahora, saldando una deuda de amor filial, pasa horas clasificando y leyendo la obra del joven artista que, finalmente, no hacía pendejadas? No debe ser nada fácil, pero aquí estamos los amigos y lectores que Andrés no conoció para abrazar a su familia. De qué otra forma podemos hon- rar esa generosidad de alguien que dio tanto a la literatura y al cine de Latinoamérica y que todo lo consiguió en una vida muy corta, de apenas 25 años. Eduardo Villegas Guevara 43 ¿Cómo cerrar este segundo viaje a la ciudad de Cali? ¿Cómo despedirme de mis amigos y amigas caleños? En realidad uno no de- sea partir de esos chamacos que cantan y bailan como nadie en el universo y que escuchan sorprendidos algo de literatura. Sin embar- go, uno tiene que salir de Cali y agradecer a Luis Esteban Cruz Pati- ño todas sus atenciones. Luis Esteban es un amigo poeta que me hospedó varios días en su hogar y no supo que en mis tardes libres me iba por las calles de Cali buscando a Andrés Caicedo. Para ce- rrar estas líneas se me ocurren dos opciones. Primero, hacerlo con la carta suicida del mismo Andresito. Por eso transcribo los siguientes fragmentos que fueron presentados en YouTube por Lady Ramírez, Hans Rodríguez, Nathalya Torres y Diana Escobar; a la constancia de la muerte, ellas contraponen y apuestan por la vida. Éstas son al- gunas líneas que ustedes pueden leer en el video. No me atrevo a corregir la palabra mamasita, porque así la presentan ellas. Igual el nombre de Vickie, lo han puesto como Vicky. Corre video de un amigo que nos dice adiós, aunque nos duela. Mamasita Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera tú me comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Has sido la mejor madre del mundo y yo soy el que te pierdo… Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sin sentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo, Mis libros se los dejo a Rosarito, y a Pilar y Vickie los que necesiten, a Ramiro y Luis los que puedan servir sobre cine (…) y ojalá algún día puedan publicarse los libros sobre mi adolescencia que escribí con tanto esmero. …y que por favor incineren mi cuerpo. Esta idea la tengo desde mi uso de razón. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento. Andresito Marzo 4 de 1977. Otra opción para esta despedida. Estamos ya a más de tres décadas de su muerte y la producción literaria (que Caicedo nunca pudo ver convertida en libros), nos llega por fin a sus lectores. Además de sus propios escritos, existen cientos de testimonios variopintos. Conoz- 44 Tema y Variaciones de Literatura 40 co un excelente documental realizado por su amigo Luis Ospina. Otro más reciente realizado por el cineasta argentino Francisco For- bes y el colombiano Álvaro Cifuentes. Se conoce con el mismo nombre de la novela de Caicedo publicada póstumamente: Noche sin fortuna. Forbes y Cifuentes visitaron a los viejos compañeros del Grupo de Cali, quienes cargan ahora las huellas del tiempo. Han pasado muchos años recordando y respondiendo preguntas sobre Andrés, que parece que nunca ha partido, que se les mató para que nunca lo dejaran solo. Sería bueno que fuera ya su obra la que co- menzara a hablar sobre su propia persona. Verán qué cosas tan im- portantes nos dice. No me parece mal un cierre como el que vemos en esta película (Noche sin fortuna), donde Patricia Restrepo lee la carta de su com- pañero Andrés: un ser que se enamoró perdidamente de ella y que tanto la amó, hasta esa fecha en donde ella lo vio agonizar sin que pudiera hacer nada, salvo llamar a una ambulancia. Te adoro, te idolatro, si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti- vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. Pero brilla el sol, tú puedes estar cerca. Ahora salgo a buscarte. Amor mío. Cali, marzo 4, 1977. Regresé por segunda ocasión a Cali, porque me dijeron que por acá vivió y escribió un amigo que no conocí; un tal Andrés Caicedo de quien dicen se suicidó muy joven porque creía que a los 25 años los adultos apestaban... Después de recorrer sus calles y de encontrarme con sus libros, quiero decirles que no es cierto, que su suicidio sólo ha sido una impostura para brincar directo a la eternidad literaria. Cofradía de coyotes Metepec, Estado de México, julio 10 de 2013. Bibliografía recomendada sobre Andrés Caicedo Mi cuerpo es una celda. Bogotá, Norma, 2008. El libro negro de Andrés Caicedo. Bogotá, Norma, 2008. El cuento de mi vida. Bogotá, Norma, 2007. Angelitos empantanados. Bogotá, Punto de Lectura, 2003. Calicalabozo. Bogotá, Norma, 2003. Eduardo Villegas Guevara 45 Noche sin fortuna / Antígona. Bogotá, Norma, 2002. Ojo al cine. Bogotá, Norma, 1999. Las fuentes que existen en Internet sobre la vida y la obra de Andrés Caicedo son afortunadamente abundantes y, por esa misma razón, no las trascribo. 46 Tema y Variaciones de Literatura 40