EL PRINCIPIO DE ESCRIBIR TERCER CONCURSO DE POESIA, CUENTO E HISTORIETA UAM-AZCAPOTZALCO EL PRINCIPIO DE ESCRIBIR EMPEZAR POR EL PRINCIPIO 3 EL PRINCIPIO DE ESCRIBIR TERCER CONCURSO DE POESÍA, CUENTp E HI STOR IETA UAM-AZCAPOTZALCO UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA Dr. Luis Mier y Terán Casanueva RECTOR G ENERAL Dr. Ricardo Salís Rosales SECRETARIO G ENERAL UNIDAD AzCAPOTZALCO Mtro. Víctor Manuel Sosa Godínez REcroR Miro. Cristian Eduardo Leriche Guzmán SECRETARIO Mira. María Agui rre Tamez C OORDINAOORA G ENERAL DE D ESARROLLO A CADEMICO DCC. Ma. Teresa OI. lde R.mos C OORDI NADORA DE EXTENSiÓN U NIVERSITARI¡\ DCG. Silvia Guzmán BofiIJ JE .FA DE LA SECC iÓN DE PRODUCCIÓN y D ISTRI BUCiÓN E DITORIALES Primera edición, 2002 D .R.© 2002 Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco Av. San Pablo 180, Col. Reynosa Tamaulipas C. f' 02200, México, D. F. e.mail: secedi@correo.azc.uam.mx Fotografía de portada: ©Josefina Rodríguez Marxuach. SI/ellO en Jllgn, 1996. Diseño: no pase. Eugenia Herre ra - Israel Ayala ISBN 970-31-0076-7 Impreso en México/Pril1fed il1 Mexico PRÓLOGO CON LA PRESENTE entrega llegamos a la tercera versión del concurso de cuento y poesía promovido por la Coordi- nación de Extensión Universitaria de la UAM Azca- potzalco. Aunque no contamos con una licenciatura en letras, el interés por el concurso ha sido manifiesto pe- ro, además, no debemos olviaar que la mayoría de los escritores no han salido de las aulas unive rsitarias. Si artistas como Mario Vargas Llosa, Luis Rafael Sánchez o Vicente Quirarte ostentan grados de doctores en le- tras, no ha sido siempre así. Tenemos ingenieros como Vicente Leñero y Hernán Lara Zavala, médicos como Louis Ferdinand Céline y Juan Vicente Melo y abogados co- mo Carlos Fuentes y Alfonso Reyes. Como la lista de autores autodidactas resultaría interminable, anotemos en su representación a José Revueltas y Ezequiel Martí- nez Estrada. Si entre la planta docente de profesores de la uni- dad Azcapotzalco ya contamos con escritores recono- cidos dentro y fuera del país, como Severino Salazar y Miguel Ángel Flores, están surgiendo los escritores de nuestra Especialización en Literatura Mexicana del Si- glo XX. Sin que esto signifique que se halla hecho total- mente durante sus es tudios de posgrado en nuestra unidad, hay que apuntar que Daniel Téllez, egresado hace un par de años, ganó en el año 2000 el premio na- cional de Poesía David Huerta. Todos sabemos que los tiempos del escri to r son muy distintos de los requeridos en otras actividades. Las ideas, la imaginación y la escritura requieren largos y 5 concentrados años de aprendizaj e. De ah í que concur- sos como el presente estimulen los inicios del trabajo que llevará años de estudio y experiencia vital. José Al- berto Escorcia, uno de los ganadores del concurso corres- pondiente al año pasado, ilustraba muy bien las carencias y las ilusiones que llevan a los jóvenes al encuentro de la poesía: De inventario salen una caja con algún pantalón y dos playeras g rises, u na grabadora, desodorante ... u na cobija mía y otra prestada, el cepillo de dientes y mis poemas, y mis ideas. No hay dinero y sí un poqu ito de hambre. Tengo una ventana y una mochila que saldría dispuesta - si se puede- hasta el 19uazú O Cabo de Hornos. 6 EL PRI NC IPIO DE E SCRIBIR Un día iré a La Habana, un día .. . Un día habrá menos de qué preocuparse, habrá días en que ya no insulte a los tecnócratas pues no estarán . Habrá un día en que te vea cuando me veas donde quiero hacerlo. Tengo cinco casetes, cuatro compactos y u n buen de hojas y tinta pa 'seguir. De algo sirven las carencias y el desamor: para alimentarme de poesía . Los trabajos reunidos en el presente volumen son una muestra de los intereses tan diversos de nuestros estudiantes. Adolfo Vergara Trujillo, quien se mueve con la misma destreza en el cuento y en la poesía, tal y co- mo queda manifiesto por su triunfo en ambas ramas, escucha las voces no sólo de los escritores de nuestro P RÓ L OGO 7 tiempo, sino de todos los medios que conforman a los jóvenes de nuestro días. Juan O rlando Pineda es una muestra de que los valores tradicionales y la cultura na- cional siempre tendrán cultivadores aún entre los jóve- nes sometidos a las más fuertes rachas de los medios de comunicación masiva . Por su parte, Guillermo Licona rinde tributo a las angustias del hombre de hoy, a los medios difusos y a los acosos kafkianos que su fre e l hombre solitario y habitante de las grandes urbes. VICENTE FRANCISCO T O RRES 8 EL PRINCI PI O DE ESCRIBIR POESÍA Física general Cinco casos de estudio PRIMER LUGAR ADOLFO VERGARA TRUJILLO (ECONOMíA, CSH) CASO UNO: EFECTO ZEEMAN Ilarn ln miss de I 'ISlé~ luz yagua y se crean colores líneas espectrales en arco iris me ponee feli z pero, ¿y qué eres tú? ¿agua? duz? debes ser sol, imán, el más grande porque me haces gi rar en torno tuyo y brillar te miro y me miras y me sonríes y te vas me dejas atrás con el impulso en la boca sin dar tiem po a que los colores se atrevan ~POL.r('1 '(ReARA lRUlllLO 13 es lo malo de que seas núcleo imantado: me atraes y te sigo y te persigo pero sólo en órbita y nunca te puedo alcanza r. 14 EL PRI'\' C IPIO DE ESCRIBIR CASO DOS: EFECTO ¡OULES-THOMPSON ayer después de muchos días, saqué una coca-cola del congelador. me intrigó su ilógica liquidez era oscura y cuando la destapé un horror del diablo me poseyó botó la tapa y entraron las magias, adiabá ticas y negras yen un instante se petrificó. me azotaron las tristezas con sus látigos de lucidez y entonces supe lo que debía hacer. hoy vaya ir a comprar un destapador uno de corazones para destapar el tuyo líquido a mis ojos de amor ADOLFO VERGAR .... TltUjlLLO 15 para que en un instante vea petrificarse las moléculas de tu alma yen un instante escucharte decir adiós. 16 FL I'RI-':l:II'IO DE ES C R I 8 1 R CASO TRES: PROBABILIDADES Br POSIBILIDADES te he visto dos veces y dos veces me ha parecido que tus rizos homicidas vuelan a mi cuello como la más merecida horca que los dientes níveos y afilados y enfilados de tu sonrisa endiablada me muerden la carne que tu mirada amielada y azucarada y perversa hincha mis pies de cemento hasta hacerme reventar te he visto dos veces, y dos veces lo de adentro se me ha sumido más adentro y lo de afuera te aleja muy lento ADO LF O V ERGARA T R UjlLLO 17 haciendo cuen tas, la probabilidad de que me mates mañana o pasado o cuando ocurra la tercera- vencida es de 1 en 1 la probabilidad de que siquiera te des cuenta, es de Oe n 1... lo triste es que la posibilidad de que me ames no existe. 18 El PRI N C I P I O DE ESCRIBIR C ASO CUATRO: FUERZA DE CORIOUS dicen que en argentina cuando tiras de la cadena después de orinar, el remolino de agua en la t~za gira a la izquierda ... me pregunto si esa fuerza gobernará también los corazones y sus polos ¿y si ahora estuviéramos allá, juntos ... el espiral de tus cabellos también giraría a la izquierda, y el espiral de tus ojos giraría a mí? A D OL F O \' ERC A R A TR U ll lLO 19 C ASO CINCO: RADIACIÓN DE CHERENKOV y al doblar una esquina me miraste y todo se nubló penumbra clara estado de coma oscuridad color blanco cegador cuando te mueres, ¿qué es lo que ves? ¿me morí? ¿me mataste? el cochino mundo un instante después me golpeó; reviví pero ya habías pasado y no supe lo que me hiciste; sé que soy que fui y que no me destruiste no sé más ... ¿me creaste? 20 EL PRINClrlO DE ESCRIBIR ¿o me transformaste? ¿me transformaste a ti? si supieras cómo destellas (me sentí estúpido por no hablarte) me di vuelta y te seguí.. . me sentí estúpido por seguirte, pero, ¿y no seguirte qué hubiera sido? de cualquier modo no te alcancé. seguí tu estela pero habías en trado al tocador y sabía que tardarías. esa noche habría luna llena ... sabía que tú y la luna y las mareas estaban terminando su vuelta. ADOLFO VERCARA TRUIILLO 21 CUENTO El señor Espanto PRIMER LUGAR ADOLFO V ERGARA TRUjILLO (ECONOMIA, CSH) EL SEÑOR ESPANTO A lo primero que le tuve miedo en la vida fue a Dios. Aunque aún era muy niño y no tenía la capacidad de abstracción de una anciana perturbada por sus remor- dimientos, nació en mí una sensación intuitiva y per- versa; un sentimiento similar a l que se experim enta ante la advertencia de no jugar con fuego, pero que se entiende sólo hasta que te quemas. y el día que las llamas me besaron, arrugando mi piel con sus lenguas, llegó. Sucedió cuando miré de frente un maniquí de Jesucri sto. El muñeco estaba agresiva- mente vestido con una túnica de color púrpura y repleto de esos colguijes que los católicos llaman milagritos; es- taba acostado en un féretro de cristal, con los ojos ce- rrados, muerto, y la corona de espinas encajada en las sienes hacía que la sangre le escurriera por el cuello. Yo tenía seis años de edad y la nana me suje taba muy fuerte de la mano, obligándome a mirarle el rostro y a rezarle un Padrenuestro. Lo que más me impresionó de toda aquella cruda composición fue su grotesco cabello y sus barbas de peluche. Eso hizo que pensara que en realidad era un hombre; un hombre muerto. Desde esa noche tuve miedo. AD OL F O VERCARA TRU)ILLO 27 y el miedo, como reacción natural de los seres vivos ante el peligro, expreso o latente, no es sano ni racional en la protección de una cálida cama. Entonces la nana me ordenó que rezara más. Así, tuve la obligación de rezar todas las noches. Lo hacía antes de dormir, con la lámpara de la mesa de no- che encendida, hincado sobre la cama y con los ojos cerrados ante el crucifijo de la pared. Pasaron los días y las semanas, y ante la inutilidad de conjurar el miedo con las oraciones, me refugiaba en mis libros de leyendas de caballeros y dragones, o pre- fería permanecer con aque l terro r que me a rrullaba bajo las cobijas hasta que quedaba dormido. Sí: me dor- mía omitiendo encomendar mi alma a Dios, en caso de que esa noche el demonio decidiese arrastrarme de los cabellos; y lo omitía conscientemente, sabedor de la in- certidumbre que me aguardaba en la oscuridad , y com- probaba, con un saber agridulce en la boca, cuánto tiempo aguantaría ese miedo incrementado por la culpa. Después, sólo rezaba cuando escuchaba a la nana acer- carse arrastrando su cojera por el pasillo. Recuerdo una noche en que, después de leer sobre la muerte del Príncipe Bramante, apagué la luz y me acosté sin rezar. El miedo apenas comenzaba a acomo- darse a mi lado, cuando escuché venir a la anciana. Me inco rporé ráp idamente, pero ante su cercanía com- prendí que era imposible prender la luz sin que me 28 El PRIN C IPIO DE ES C RIBI R descubriera. Cuando la nana abrió la puerta del cuarto, yo fingía ir a la mitad de un Avemaría. -iMuchacho ' -gritó as ustada- iPre nde la lu z! iPrende la luz, que le estás rezando al diablo' Encendí la lámpara de inmediato y me tapé con las cobijas hasta la nariz. Me encontraba horrorizado. La nana comenzó a pasearse por toda la habitación, nerviosa y muy preocupada. Para mí era un hecho: estaba perd ido. Imagínaba que mi Dios, celoso, me asesinaría en venganza y que Satán, impulsad o por sus enormes alas verdes y escamosas, despellejaría mi alma con sus garras a través de las tinie- blas del Hades, como a un durazno podrido, para luego hundirme una y otra vez en un inmenso estanque de sa l. Esa noche, la peor de mi vida, la nana me veló has- ta el amanecer. Desde esa ocasión, poco a poco, el miedo fue cre- ciendo en m í, igual q ue las uñas. Y la oscuridad me p resentó ruidos y sombras que, acan grejados, escala- ban las paredes y los techos. Aquello llegó a tal p unto que, incluso de día, sen tía cómo me observaban desde alguna esquina o detrás de un árbol, para esconderse en cuan to volteaba. y un d ía caluroso, uno de esos donde el aire es co- mo vapor y nubla las visiones, transfo rmándolas, des- figurándolas, descuarti zándolas de tal modo que parece ADO LF O VERGIIRA TRUJILlO 29 anunciar que el infierno emergerá, me encontraba ju- gando en la pila del lavadero. Me divertía extendiendo la palma de la mano y azotando el agua, aliviándome un poco el calor cada vez que me salpicaba la cara. Luego, hipnoti zado, miraba el agua violentada por el golpe y que poco a poco recobraba la calma; veía cómo se for- maba mi rostro en el refl ejo sólo para hacerlo estallar otra vez: ¡PLAP! Llevaba bu en rato en el juego, cuando me ace r- qué un poco más para ver aparecer mis ojos, yendo y viniendo en la marea del pequeño estanque. Entonces, detrás de mi refl ejo, apareció. Me volví al instante y no había nadie. Pero regresé la mirada al agua y ahí estaba otra vez -¿Me tienes? -preguntó. Las piernas se me paralizaron. Comencé a llamar a la anciana y aunque no podía escuchar mis propios gritos, sabía que lo hacía. Cerré los ojos y cuando los abrí, estaba tirado en los brazos de la nana, quien me soplaba la cara. Recuerdo que la miré, horrorizado, y v i su rostro tan pe rfectamente arruga- do como si un soplete le hubiera hecho aquellos surcos con una simetría demoniaca. Sus ojos estaban muy cerca de los míos, y reaccio- né sólo hasta que me dio una bofetada. Estuve mal va rias semanas. Muy nervioso. 30 EL rRI:-JCIPIO DE ES C RIBIR Por más que rezaba, el miedo se mantenía y hasta parecía cobrar fuer,;a con cad a solemne Amén . Apare- cía de repente en cualquier parte. Lo mismo en el es- pejo del baño que en el cristal de un auto que lentamente cruzaba ante mí, o en el re fl ejo del maldito monito r de televisión . y una tarde en que miraba la vida sin miedos por la ventana, una tarde a esa hora e~traña en la que por mu- cho tiempo no es de día ni es 'de noche, lo miré una vez más detrás de mí. No sé por qué, pero no voltee a verlo y permanecí de espaldas, viéndolo de frente en el reflejo. Es muy alto y de cabellos rojos hasta los hombros. Aunque no tiene cara, siempre viste de negro; un rigu- roso luto, muy elegante, que hace resaltar e l contorno de su rostro. Nunca he visto sus enormes manos desnudas: usa unos guantes de piel hasta en los días más soleados; y su capa también es negra y aún no he podido levantar su espada de plata . Aquella vez me contó una histori a sorprendente acerca del valor. Y cuando quité la vista de su refl ejo y la posé en él, siguió ahí hasta muy tarde. Así fue como se presentó. El señor Espanto. El úl- timo de los burgundios. Cuando se fue ya era muy noche, y antes de despe- dirse lo afirmó: - Me tienes. ADO L FO VE R CARA TR UlllLO 31 Desde entonces el miedo desapareció. Pasaron las noches, y el señor Espanto acudía siem- pre que algo me asustaba. Cuando traté de hablarle a la nana de él, se le iluminó el rostro a la vieja, sus ojos le brillaron y dijo: -iM'ijol iEs tu Ángel Guardián! - luego me dio la espalda y caminando despacio se alejó. Pero de pronto se detu vo y volteó muy consternada. De lejos me gritó: -iOye! ¿y cuál es su nombre? ¿Su nombre de pila? -No lo sé, nana -contesté-o No le he preguntado. -Asegúrate de ponerle uno cri stiano -dijo- y se fue. Con esa duda, le pregunté al señor Espanto acerca de su nombre. Dijo que se lo había ganad o en la XIII cruzada contra los moros, quienes lo vieron aparecer en una escarpada colina de roca, a contraluz de un sol que agonizaba en tonos rosas, blandiendo su espada de pla- ta que reflejaba un rojo cegad or. Los moros pensaron qu e era una aparición y huyeron gritando " iESPAN- TO! iESPANTO'" El señor Espanto está en todo lugar. En ese entonces solía contarme historias de su país; historias de batallas y destierros; historias de poder. No hay obligación alguna con él. Es mi amigo. En el colegio dejé de hablar con mis compañeros, aunque en realidad no eran muy interesantes. Por lo re- 32 EL PR! N C IPI O DE ESC RIBI R guIar estaba solo y era obje to de agresiones verbales. Pero una vez un niño alto, de pecas, un niño temido y con cara de trastornado, me golpeó; y no pude respon- der a la agresión; no me dio tiempo: mi amigo lo pateó tan fuene en el es tómago, que aquel loco se revolcó hasta la hora del recreo. y no sólo me defendía. También hacía mis tareas mien- tras yo leía sobre leyendas del Medievo. Incluso iba a misa por mí, de la mano de la nana, y como se sabía to- das las o raciones de memoria, y has ta los cánticos, la vieja nunca refunfuñaba. y sÍ. Lo recuerdo. Recuerdo aquella tarde. El señor Espanto aún no llegaba. El cielo se oscure- ció de repente y comenzó a llover muy fuerte. Me acer- qué a la ventana para cazar un relámpago, contar hasta cuatro y esperar el trueno. La nana estaba en la cocina cuando se fue la luz. Corriendo todo el camino desde la sala, guiado por el resplandor de la fl ama de la estufa, llegué a ella. Es- taba sentada a la mesa. Esperaba a que hirviera el agua para preparar su café con leche. Me senté frente a ella, experimentando miedo des- pués de mucho tiempo. La nana prendió una ve la sin alzar la vista, pero me preguntó si quería algo de merendar. Dije que no y le 2893553 ADOLFO VERCARII TftUjlLLO 33 miré la cara por un momento. Entonces, con los reflejos de la flama en su rostro, comencé a distinguir distorsio- nes. Logré ver un vikingo, un guerrero zulú y un sherpa. Luego, justo antes de que el agua hirviera, con todo absolutamente en silencio, comencé a oír el contraer del viejo aluminio de la olla en el fuego y el rebullir del agua. Debí sobresaltarme mucho, porque la nan a pre- guntó si me ocurría algo. -Ese ruido ... -dije. -No lo escuches. Mejor vete. -Me da miedo estar a oscuras. -Mejor vete ... -¿Por qué? - pregunté. - Es el llanto del purgatorio. En ese momento, junto a la nana, vi sentado al se- ñor Espanto. -¿y por qué lloran, nana? - preguntó él, sin salu- darme. -Lloran por su esperanza. - Ya está perdida. - iMuchacho! -gritó la vieja- iNo es cosa de juego! La anciana se levantó muy irritada, aunque en rea- lidad no pude verle sus labios hacía abajo y el ceño frun- cido, en una mueca de bruja medieval. Fue hasta la estufa, apagó la lumbre y vertió el agua hirviendo so- bre la taza con nescafé y leche en polvo. 34 EL PRINCIPIO DE ESCRIBIR Regresó a su luga r y se sentó muy lentamente con la taza en la mano, arqueando las cejas hacia abajo, ahora con una cara de matriarca hindú, iluminada por la vela y por conocimientos ancestrales. - Mis mayores decían que el hervir agua a oscu- ras significa escuchar los lamentos d e las almas del purgatorio ... -dijo solemne, mientras me veía del otro lad o de la vela, guardando s.i!encio por un momento, como esperando alguna pregunta. -¿Y? - preguntó el señor Espanto - Pero dejar que el agua que queda en la olla, de- jar que las gotitas que no alcanzaron a llegar a la taza, se consuman en el hierro caliente, es mandar las almas más viejas, las de más tiempo y más sufrimiento, con cada crujir, al fondo del infierno. "INFIERNO", retumbó en mis oídos. "INFIERNO". Por primera vez escuchaba decir esa palabra a la nana, sin que me diera miedo: El señor Espanto es taba en- frente de mí, junto a la nana, sentado muy correctamen- te y muy tranquilo. Yo estaba tranquilo. Pero entonces, algo en la cara de la nana me des- concertó. Me miraba de una manera muy extraña, justo cuando el señor Espanto se levantaba y pasaba detrás de ella. Entonces la anciana, lentamente, paseó su vista desde mi ca ra hasta el señor Espanto, parado junto a la estufa. A DOLFO V ERGARA TR U JI LLO 35 - Bien ... - dijo el burgundio, en voz baja y firme- Mandemos unas cuantas almas al infierno ... y encendió la estufa. Las gotitas de agua tardaron unos segundos en co- menzar a estallar y enprender su viaje sin retorno . Aquello me dio un poco de risa. Pensé que era mu- cho mejor conocer una mala noticia de inmediato, a es- perar la misma decisión hasta el final de los tiempos. Pensaba en aquello, en lo piadoso de la acción del señor Espanto, e incluso mantenía una sonrisa traviesa en los labios, cuando la nana regresó la mirada, igual de des- pacio, desde el Caballero hasta mÍ. Tan sólo pestañee una vez, y ya me encontraba en el suelo, tirado, con un hilo de sangre que go teaba de mis labios. No me dolía, pero me sorprendió que a pesar de su edad, el golpe de la nana hubiera sido tan rápi- do. Apenas comenzaba a sentir un poco de vergüenza - pues el señor Espanto nunca había presenciado cómo me reprendía la nana-, cuando la vieja se me fue encima y comenzó a golpearme con reveses de ambas manos. -iEres un demonio' -gritaba llorando, mientras me golpeaba-o iEres un demonio' Pero de pronto abrió sus ojos, como si hubiera visto un dragón que pretendiera devorarla, me miró para- lizada, y por terce ra vez, ahí hincada, siguió con la vista e l espacio que sepa raba mi ca ra d el señor Espanto. Él, caminando muy lentamente, muy ga llardo, como 36 EL PRI N C l rlO DE ESCRIIIIR debieron caminar todos los de su estirpe, llegó hasta el estante d e los cuchillos, desenfundó uno grueso y re- gresó h as ta la espalda de la nana, quien ya veía al frente cual castigada por un rey, y cerró los ojos. - Dios ... - dijo. Oí la travesía del acero por el aire. Fue un solo movimiento. El señor Espanto le había .clavado el cuchillo en la cima del cráneo. No escuché el crujir del hueso. Tampoco brotó mucha sagre. Tod avía los ojos de la nana se abrieron por un se- gundo y a lcan zaron a mirarme, aunque ya no obse r- vaban nada. Hace casi d iez años de eso. Esa noche, no obstante los terribles truenos y que no había luz, fue muy tranquila. El señor Espanto se acostó junto a mí y me contó una más d e sus aventuras d e rescates d e princesas en ca- vernas enloquecedoras. Conforme he crecido, el señor Espanto me ha edu- cado como a un Vizconde, y me ha enseñado todas las cosas que, de noche, aprende de los libros que me obse- quian; aunque no me dejan leer má sobre el Rey Artu ro. Así, me enseñó álgebra, historia, ya juga r ajed rez. Por cierto, hace un tiempo, mientras jugaba una pred ecible partida con la subdirec tora -en la que, ADOLFO VE R CARA TRUJlllO 37 obviamente, yo usaba las piezas negras-, el Señor Es- panto se atrevió a robar un libro del estante del con- sultorio. Lo leyó y es tudió a escondidas durante dos meses, hasta que una mañana me dijo que no le habla- ra ni lo volviera a nombrar enfrente de los doctores. Quizá nos dejen salir. .. Ahora intenta enseñarme a conquis tar el corazón de una doncella. Es calva, como todos; pero me atrevo a jurar que, incluso más allá de la muralla, no existe mujer más hermosa. 38 EL PRINC I PIO DE ESCR IB IR La leyenda de Quetzalcóatl SEGUNDO LUGAR JUAN ORLANDO PINEDA MARTÍNEZ (MAESTRÍA EN I NGENIERÍA AMBIENTAL) L A LEYENDA DE Q UETZALCÓATL EL PEQUEÑO SERPIENTE La vida transcurría en la isla de Atzala, los di versos ani- males crecía n libremente entre verdes arbustos y pe- queñas montañas. El invierno finalizaba y la primavera rev itali zaba todo a lrededor. El pequ eno Cóa tl se des- pertó bajo los rayos de Metz, la luna. Aquella noche sintió más frío que en otras ocasiones. Se empezaba a sentir solo. Todavía recordaba que por la tarde, junto al río, había jugado con Papalotin, las mariposas. Cientos de ellas lo rodeaban al correr y al tirarse al suelo le cubrían e l cuerpo totalmente con sus colores rojo, naranj a y amarillo, y acariciaban su cara con su aleteo constante, mientras él no paraba de reír al sentir su cosquilleo. Pos terio rmente, se dedicó a observar las di stin- tas flores multicolores, las olía y algunas las p robaba, al tiempo, que anotaba sus impresiones en su amate. Pozotli , la zorra, atraída por el ruido se aproximó a él y conversaron : - Mira que eres terco, muchacho -le dijo Pozo- tli-, te empeñas en escribir todo lo que descubres. ¿Acaso no te basta con saberlo tú? Ésas no son más que flores y ya. JU~N ORLANDO rlNEDA M ARTINEZ 41 -Algún día -le respondió Cóatl- vendrán mis hermanos, los hombres. Mi madre Coatlicue se decidirá a reunirnos tarde o temprano porque ésta tierra es muy grande para mí solo y debo estar preparado para ayu- darlos. ¿Has visto cómo crecen las plantas al recibir la lluvia? Con un poco de paciencia y cuidados, se puede obtener semillas de ellas para alimentarnos o también podemos curar nuestras enfermedades. -Las semillas no sirven para nada -molesta le gru- ño Pozotli-, la carne es el mejor alimento. Las semillas sólo le sirven a los animales inferiores y pequeños. La carne fresca es deliciosa, ¡deberías probarla! -En eso también estás equivocada -le aclaró se- renamente Cóatl- la carne debe pasarse por el fuego para evitar enfermarnos del estómago, además, su sa- bor se vuelve mucho más agradable. Cuando tú matas a o tro animal pa ra a limentarte, deberías comérte lo todo, pero como es demasiado para ti , lo dejas tirado por ahí en lugar de compartirlo. La carne que te sobra puede conse rvarse por más tiempo si le añades sa l y la dejas expuesta al sol. -Yo no tengo tiempo de hacer esas tonterías, pre- fiero descansar - Pozotli dio media vuelta y se marchó dejando pensa tivo a Cóatl. Nadie parecía interesarse por él. ¿Dónde estaban los demás hombres? A alguien de- bería servir todo lo aprendido. 42 EL PR I NCIPIO D E ESCRIBIR La noche lo sorprendió durmiendo. Fue Ázcatl, la hormiga, quien interrumpió su sueño al caminar sabre su cara. Cóatl había abierto sus ojos y descubierto su ex- traña cara cercana a la suya, al momento que las an- tenas de Ázcatl movían ligeramente sus pestañas. -¿Acaso no piensas comer, muchacho? - le dijo Áz- catl-. Llevas muchas horas durmiendo y necesitas co- mer para crecer cada día más. V:amos, no seas flojo, en mi hormiguero tengo algunas cosas que podrás probar y seguro te gustarán. -No tengo apetito -soñoliento le responclió Cóatl-; estos días son para mí muy aburridos y en ocasiones no encuentro qué hacer, por eso prefiero dormir. Ya dibu- jé muchos lugares que he visto, y he escrito todo lo que pueda ser de utilidad para los demás, pero sigo sin saber para qué lo hago. En esta isla nunca llegarán otros hombres a los que les interese todo esto. Soy un tonto, debería divertirme más y jugar hasta caer cansado. -Eso no te lo puedo responder, Cóatl-lo tranqui- lizó Ázcatl-; cada uno de nosotros tiene definidas sus tareas por realizar y no debes quejarte de las tuyas . Recuerda que todo sacrificio siempre tiene su recom- pensa y que cualquier situación por mala o buena que sea, siempre será pasajera. Anímate por mantenerte vivo y ven pronto a comer. Ázcatl se alejó con rumbo a su hormiguero, mien- tras Cóatl levantó su vista al cielo. A lo lejos, Mixtli, la nube, en penumbras le sonrió tiernamente. J UAN ORLANDO PINEDA MARTiNEZ 43 En algu nas ocasiones, lo recordaba bien, cuando el ca lor lo sofocaba, Mixtli había provocado la lluvia para refrescarlo mientras Ehécatl, el dios del viento, le permi- tía estar en aquel lugar. Otras veces, Mixtli se anteponía a los rayos de To- nalli, el sol, pa ra protegerlo de las quemaduras por exposición prolongada, mientras reali zaba sus experi- mentos con las plantas. Ella lo quería bien y él lo sabía y se lo agradecía. Comprendía que para conserva r e l agua, debería cuidar ríos y lagos, otorgándole con esto la fuente de abastecimiento para que se cargara del lí- quido y la enviara de nuevo a tierra para el crecimiento y sustento de los seres vivos. Cóatl levantó su mano para sa ludar a Mixtli. La lumi- nosidad de Metz, la luna, le permitía verla con claridad aun cuando ya era de noche. Metz lo saludó también: - iHola, chico' - le dijo- Hoy te veo diferente a días anteriores. ¿Puedo ayudarte en algo? Cuando dejas que la soledad te atrape puedes generar mucha tristeza a tu alre- dedor. Es mejor sonreír para asustar esos pensamientos. -Estoy bien, Metz, gracias - le respondió Cóa tl-; simplemente que en ocasiones, no veo claramente lo que quiero, no sé hacia dónde voy ni si lo que hago eStá bien. Tengo la impresión de que los días siempre son iguales y que nada cambiará para mÍ. -Creo que te preocupas en vano, Cóatl -le acla- ró Metz-; solamente procura hace r lo que te gusta y 44 EL PRI NC IPI O DE ES CRIBIR siempre intenta hace rlo lo mejor posible; lo único que puede lastimarte realmente con el paso del tiempo, es aque llo que debiste hacer y que dejaste pasa r, po r lo demás, todo está bien . -¿Tú piensas que aquí es toy haciendo las cosas bien? - insistió Cóa tl con lágrimas en los ojos-o ¿A quién le importa lo que hago? Da lo mismo si duermo o si muero. Nadie quiere ayudarme ni estar conmigo mu- cho tiempo. Esta vida es fea y aburrida. - Una sola cosa a la vez, Cóa tl - Metz tomó la pa- labra- Tod o se aclara rá a su d ebid o tiem po, por lo p ronto, intenta disfrutar lo que haces. Veme a mi, cada noche debo iluminar esta tierra para que la vida se de- sa rrolle en a rmonía y lo d isfruto a pesa r de que pu- diera parecer aburrido. - Ten confian za en tí mismo -continúo Metz- que algún día, lo aprendido te será de mucha utilidad y te alegrarás de haber ocupado tu tiempo en ello. Nunca está por demás e l conocimiento ni tampoco el trabajo que te mantiene ocupado. - Gracias por tus palabras, Metz -Cóatl secó sus lágrimas con la mano-; tengo que irme porque Ázcatl me ha invitado a comer y no deseo hace rla espera r más. Adiós. Después de alimentarse, Cóa tl descan saba junto al fu ego, recostado sobre un camastro hecho de hojas y ramas entretejidas por é l mismo, y cubierto con un aya te blanco de fibra de maguey, intentaba domir. JU"''' 0RLIINDO rl l\EDA MARTíN El. 45 Todo permanecía en silencio, cuando de pronto, una luz muy intensa lo asustó y lo obligó a retroceder a un rincón del recinto donde se enconaba. -¿Qué pasa? -preguntó Coa ti, su cuerpo tembla- ba y su corazón latía rápidamente por la imagen que le otorgaban sus ojos. Ahí, frente a él, apareció un hombre con un extraño atuendo, compuesto de pieles y plumas, y mirada sabia. -No temas, Cóatl - Ie dijo el hombre con voz pau- sada, al tiempo que se aproximaba más hacia él-. Nadie querría dai\ar jamás a su hijo. He venido a tranquili- zarte y a ali viar tu soledad, pequei\o. Yo, Ometeotl, donde quiera que te encuentres, te estaré cuidando. Ha llegado el ma men to de que conozcas tu origen y tu ob-jetivo en la vida. Tu destino será enseñar a los hom- bres vivir de la mejor manera posible, en el sitio donde he decidido radicar -prosiguió O meteo tl, mientras Cóa tl no perdía d e vista sus movimientos y pres taba excesiva atención a sus palabras- Todos tus conoci- mientos deberás transmitirlos a los hombres de Chico- mostoc, lugar de las siete cuevas. Ellos vienen en camino desde el norte y tú serás su maestro más preciado y res- petado, encargado de hacer florecer a Tula, la nueva po- blación, centro del uni verso. Nadie será más importante que tú y tu labor será agotante pero no debes temer por esto ya que al finalizar tu labor, podrás regresar a Tamoanchan, nuestra casa y descansar. 46 El rRII'rlrlO DE ESCRIBIR La imagen se iba desvaneciendo y un agradable calor recorrió el corazón de Cóatl, quien sin decir una sola p alabra, comprendió que era el elegido. El encar- gado de mejorar todo a su alrededor: plantas, animales y minerales. Ahora sabía qué hacer. Al llegar la mañana, Cóatl había crecido sin darse cuenta. Su cuerpo se había fortalecido y su pelo, del color d el sol, ca ía sobre sus. hombros. De un sa lto se arrojó a las azules aguas del manantial donde Michin, el pescado, le enseñó a nadar rápidamente y a respirar sin dificultad mientras se sumergía. Luego, Mazatl, el venado, le enseñó a correr veloz- mente; Tuzan, la rata, a esconderse perfectamente para no ser visto; Ocelotl, el tigre, a a tacar al enemigo y tre- par a los árboles sigilosamente. En su recorrido. Coa ti iba recopilando semillas, hie rbas y plan tas medicina- les y comestibles como el Elotl, el Yauhtli y el Epazotl, también guardó en su vasija el trueno y el fuego para llevarlos consigo al partir, junto con sus amates escritos. Por la tarde, Coa tl ya se había despedido de todos aquellos amigos que habían decidido quedarse en Atzala, algunos otros partían con él en busca de los hombres. Parad o sobre la colina , contemplaba la tierra donde había crecido y donde había sido tan feliz, toda ella bri- llaba en verdor y tranquilidad . Era una belleza. Al levantar su vista, observó a Cuauhtli, el águila, volando sobre su cabeza y sin pensarlo un instante, se JUAN ORLANDO fINEO¡\, MART INEZ 47 lanzó al vacío para tratar de alcanza rlo. Cuauhtli lo tomó por los hombros y volaron unidos, al momento en que sus plumas iban creciendo y cubriendo el cuerpo de Cóa tl, quien al sentirlo decidió soltarse de las garras de su amigo y planear hasta tocar el suelo. Ahora dominaba la tierra, el fuego, el aire y el agua. Ya estaba listo. Al ver su cuerpo con plumas, comprendió que había renacido. Era el tiempo de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. LA BÚSQUEDA DEL HOMBRE La isla de Atzala iba quedando atrás, las azu les aguas del mar sos tenían la pequeña embarcación que tran spor- taba a Cóatl y sus amigos. Los elevados troncos de los verdes árboles que rodeaban la isla les decían adiós con el resto de los animales que se quedaban ahí. Cóatl se elevó sobre la barca empleando sus nuevas alas. Se sentía feliz a pesar de abandonar su casa. Hacien- do giros en el aire, rápidamente se dirigió hacia Mazatl, quien lo observaba pasivamente y antes de chocar con su cuerpo, se detuvo. -Tranquilo, tranquilo, muchacho -comentó Ma- za tl sorprendido- ¿Acaso te has vuelto loco? Si no tienes cuidado puedes arrojarme al agua y puedo ahogarme. Y pensar que dejé mi confortab le hogar por seguirte . ¿En qué estaría pensando? 48 El PRI' C' I PI O D E ES C RI81R - Nada te suced erá, Mazatl -le respondió Cóa tl mientras no paraba de reír a carcajadas ante la expre- sión de terror generada en la cara de su amigo- o Debes tomarte la vida con más alegría, deberías ver el hermo- so paisaje que se contempla d esde allá arriba. ¡Todos parecen tan pequeños! Mientras Cóatl hablaba, su inseparable amigo Mo- totli, la ardilla, pensaba: ¡Cómo ha cambiado Cóatl! Ha crecido en exceso y domina su cuerpo. Cuando quiere levantar en vuelo, sopla sobre sus manos y aparece su plumaje multico- lor; cuando quiere sumergirse en agua, basta con mojar su piel; cuando quiere crear fuego, sólo requiere fro tar sus dedos. Mi amigo es extraordinario. - Tu amigo es un fanfarrón - irritad o, comentó Chapulin, el saltamontes, quien se encontraba próximo a Mototli- . ¿Pensará que nadie es mejor que él? Me están cansando esas actitudes tan individualistas que a veces toma y se comporta como si desconocie ra la enor- me responsabilidad que traemos a cuestas. -Creo que n o es tam os aquí para dudar de é l, Chapulin - intervino Mizton, el ga to-o El muchacho re- quiere nuestra ayuda y nuestras habilidades para cum- plir con su tarea. Cóatl confía en nosotros para encontrar a los hombres de Chicomostoc y yo estoy seguro de que lo logrará porque está decid ido. Después de un tiempo de navegar, Cóatl y sus com- pañ eros av istaron las arenas blancas en tie rra firme. lUAN ORL,~NDO PI N E D A M A RT rN EZ 49 Cientos de Aztatin, las garzas, se amontonaban en las playas en busca de su comida, mientras que las del- gadas Ixhuatin, palmeras cocoteras, se mecían lenta- mente frente al viento fresco. Decidieron darle el nombre de Xalisco. Al tocar tierra, de inmediato se agruparon para ini- ciar la marcha en busca de los hombres que venían del norte. Cuauhtli desde las alturas les indicaba el camino más propicio para avanzar. Después de unas horas de re- corrido, se adentraron en el denso bosque que apareció ante ellos; los árboles impedían el paso a los rayos de Ta- nalli por lo que la luz se mostraba escasa. En cierto paraje, decidieron detenerse a descansar sin reparar en la presencia de Cuetlach, el feroz lobo, quien al percatarse de la distracción de Cóatl, se aba- lanzó sobre él, derribándolo. Velozmente, Ocelotl se in- corporó para auxiliarlo, consiguiendo detener el ataque pero algo extraordinario sucedía cerca del cuerpo de Cóatl que paralizó a todos los presentes. Gruesas gotas de sangre emanaban de una herida en el hombro del muchacho, las cuales iban a parar al suelo mientras él buscaba ponerse en pie. La mancha de sangre fue aumentando en tamaño y en volumen hasta generar una imagen similar al cuerpo de Cóatl y que lentamente fue adquiriendo sus facciones tal si se refle- jara en un espejo. La naturaleza lo había premiado con el más fiel amigo. 50 El PR I NC I PIO DE E SC RIBIR -Hola -le dijo su imagen sonriendo---, yo soy Xo- lot!, tu hermano gemelo. Me han enviado para ayudar- te en tu labor y para que nunca vuelvas a sentirte solo. Puedes apoyarte y confiar en mí porque un hermano nunca te fallará. ¿Puedo darte un abrazo? Llevo mucho tiempo esperando poder hacerlo. Cóatl no lo pensó más y efusivamente abrazó a Xo- lotl, mientras que Cuetlach ·huía despavorido ante lo que había visto. Era momento de continuar la marcha. La noche los sorprendió en aquel desconocido lu- gar, después de caminar durante todo el día; el singular grupo se disponía a dormir en el sitio elegido. Moto- tli, quien se encontraba hambriento, se aproximó a Cóatl diciéndole: -Muero de hambre, ¿podríamos buscar algo de comida en este lugar? -Lo lamento mucho, Mototli -le dijo Coatl-, yo también deseo llevarme algún bocado a la boca pero no contamos con ninguna clase de alimento y desconozco las plantas y frutas de este sitio. Debemos aguantar un poco hasta que amanezca. Tuzan, desesperado, rumiaba una planta que le re- sultó de aroma agradable cuando Xolotllo descubrió e in- trigado se aproximó a él para indagar sobre su alimento. -¿Qué es lo que comes, Tuzan? -le dijo---; las ins- trucciones de Cóatl fueron esperar hasta el amanecer. Déjame ver lo que comes. lUAN ORLANDO P INEDA MARTINEZ 51 Xolotl tomó la planta de donde estrajo unas semi- llas blancas, lisas, brillantes y ligeramente aplanadas y al probarlas se sorprendió ante su agradable sabor. -Cóatl, ven a probar esto -Xolotl se dirigió a su hermano-; creo que es comestible. Quizás pod amos cocerlo y preparar un delicioso tzoalli (a tole) o tlax- caltin (tortillas). -Esta planta es muy nutritiva -comentó Cóa tl al probar las semillas-, la llamaremos Huauhtli. Recolecte- mos la mayor cantidad posible para llevarla con nosotros al partir. Pueden comer de esto con confianza para re- cuperar sus energias. A la mañana siguiente, Cuauhtli trajo consigo otro alimento más que compartió gustoso con su s compa- ñeros. Se tra taba de insectos de co lor negro y sabo r dulce a los que les dieron el nombre de Xumilli. Encon- traron miles de ellos en los alrededores y los recolec- taron como víveres para el resto del viaje. Con la ayuda de todos, se fueron ad entrando en las tierras del norte, rodearon enormes montañas, cru- za ron caudalosos ríos, sa lvaro n anegad os pantan os, calurosos desiertos los envolvieron, lluvias torrenciales los acosaron sin conseguir hacerlos claudicar. Trabajan- do como un real equipo emplearon todas sus habilida- des para vencer los contratiempos hasta que cierto día, O meteotlles anunció: - Ha concluido su recorrido - les dijo- ; el momen- to de entrevistarse con los hombres de Chicomostoc ha 52 El PRINCIPIO DE ESCRIBIR llegado. Lo han hecho muy bien y debo fe licitarlos. Ahora deberás preparar tu cuerpo y tu mente emplean- do el temazcalli . Xolotl te ayudará. Todo estaba preparado. Las piedras al rojo vivo se mantenían en la hoguera, el cuerpo de Cóatl había sido decorad o con Xochi pall, la hierba ti n tórea sagrada, la mezcla de esencias de flores y hierbas medicinales llena- ban el lugar de agradables aromas, el recinto circular de la purificación se había construido en barro y aguardaba. Cóatl, desnudo y de rodillas frente a sus compañeros ingresó en el temascalli . La oscuridad y el silencio total lo rodearon . Un sudor in tenso por la presencia de las pie- dras incandescentes en el centro del nicho. El agua chis- por roteaba al entrar en contacto con las pied ras. Sus latidos retumbaban en su cabeza mientras su piel se im- pregnaba de las esencias. - Ometeotl, escúchame -susu rró Coatl-, quiero ser mejor. Pu ri fícame y da me lo que necesito. Mad re tierra, acoge mi cuerpo y fortalece mi alma. Permite que la sabid uría, la leatad y el amor me acompañen siem- pre. Hazme útil y servicial. Xolotl, quien permanecía sentado en un extremo, continuaba arrojando las aguas con esencias contra el fuego. Sorprendido, veía como su hermano resplande- cía en la oscuridad mientras las imágenes de la ira, la avaricia, el poder, la pereza, la envidia y el ocio se des- prendían de su cuerpo lentamente y eran absorbidas por el suelo. Dentro del temascalli la oscuridad había de- JUAN ORLANDO PINEDA MIIRT iN EZ 53 saparecido para dar lugar al resplandor de Quetzal- cóatl, quien levantó su cara, abrió los ojos y le sonrió a su hermano. El calor también se había marchado y rei- naba la frescura y la paz. A! salir, sus amigos lo recibieron llenos de alegría. En lo alto de la montaña se podía distinguir el horizonte, Cóatl se aproximó al risco y levantó sus brazos al cielo. Ya no tenía miedo. El ayate que lo arropaba había absorbido el sudor desprendido en el temascalli. Sus pasos se diri- gieron hacia el río que formaba una hermosa cascada al romperse en el vacío y se introdujo en sus frías aguas. Xolotl lo acompañaba a cierta distancia . Cóatl se dejó caer percliéndose momentáneamente en el líquido cristalino para después salir a la superficie quedarse sentado sobre una roca. Sentía frío pero no quería aban- donar la sensación de la corriente del río sobre su es- palda, intentó poner su mente en blanco y descansar. Las horas transcurrían sin que se alterara aquella quietud, hasta que Xolotl preguntó: -¿Conoces a los hombres? Yo nunca he visto algu- no y te confieso que me da temor. -No deben ser muy distintos a nosotros -le contes- tó Cóatl, mientras salía del agua, se secaba y vestía sus ropas limpias- la confianza debe existir aún cuando esta se rompa. Es la tolerancia en la que caminaremos para encontrar el tesoro que cada uno llevamos dentro. Los hombres sabrán que venimos a ayudarlos y llegarán a apreciarnos, tanto como nosotros a ellos. 54 EL P R INC IP IO D E ES C RIIHR -Cuando hablas así siento una gran tranquilidad -volvió a intervenir XolotI- siempre me ha inquieta- do el mañana por desconocer lo que ocurrirá pero al estar junto a ti me he dado cuenta que este puede ser esplendoroso si lo construyo desde ahora. -No debes temerle a nada, hermano -comentó CóatI- lo que tienes es lo que es y lo que vale, aprende a disfrutarlo porque dura sólo un parpadeo, al dar la vuelta te vas renovando y tu alrededor adaptándose al movimiento constante de la vida. A lo lejos, en el camino, observaron el desplaza- miento de los hombres. Era un grupo numeroso dirigido por Mixcoatl. Su destino estaba por cumplirse, la ele- vación del hombre hasta donde su pensamiento se lo permita en la ciudad del centro de la tierra. JUAN ORLANDO PINE D A MAR T INEZ 55 Amanece TERCER LUGAR GUILLERMO LICONA H ERNÁNDEZ (ARQUITECTURA, CYAD) A MANECE Contaré con tus manos sólo cuando purifique la piel de los reposos, así comenzaré a anda;- sin la ropa de mi vida ... Nadie en casa, usted está solo, totalmente solo, necesita ver a alguien, algo que no sean estos muebles que no dicen nada y perforan más el vacío. Lluvia afu era, agua que se desliza por los cristales como angustia, tristeza que se estrella a propósito. Su casa es un buen refugio, y sin embargo no se siente tranquilo, está solo, con dependencias, con in- somnio. Mira con asombro las pocas fotografías que siempre han estado ahí, tan nuevas, tan deformes, como sus ojos que todavía soportan una noche de tres que no caen, no son imágenes débiles todavía, hay temblo- res y rencores a una vida sin descanso, promete ser una noche larga. Toma usted el control del aparato que tal vez lo co- munique con el exterior, pero no, le aburre saber de la misma programación de todos los días y nunca llega una relación interna y su monólogo despierta el tedio y fas- tidio. "Un vaso de leche", es posible, dirige sus pasos ha- cia la cocina-refrigerador-envase-líquido blanco, líquido como el color de un sueño y se lo bebe .. . CU I L LE R M O L I CONA H E R NÁNDEZ 59 No pasa nada. Tal vez la leche tan fría lo refrescó, se desilusiona, ningún caso por la estufa. Un libro, se sienta en la parte más cómoda de la sala que no siempre puede ser un sofá , y lee, y mentali- za y se reserva los derechos, el protagonista es usted ... Ninguna consecuencia, el libro en el suelo. Toma un baño, agua caliente, músculos que pier- den su rigidez, se ablandan hacia el esperado descanso, sale como deseaba salir del baño y si más, toalla fuera, cuerpo dentro de la cama, comienza ... inicia ... poder del sueño, inicia ciclo nervioso ... De repente un ruido, usted abre los ojos, abre lo que imagi nó que cerraba, voltea de inmediato hacia la parte baja de la casa, un nuevo ruido, el segundo av iso necesa- rio para revisar, ¿qué tiene usted en la mano? Lo sostiene, por lo menos pude representar algún signo de futuro daño personal, armado baja, obscuri- dad total, reloj veinte minutos más que antes, hacia un lado, nada, el otro, asoma el filo del gancho que ame- naza, avanza, camina, el comedor, nada, es el patio tra- sero, toma una escoba, cambia su arma por una más letal, es pesadilla, es gigantesco, es veloz y ya escuchó un tercer ruido en la parte de arriba, camina, un trueno, sube escalones, siente soplo frío, nadie en casa, la nuca expuesta al sudor que le rodea el cuerpo y ahí está us- ted , en su único refugio rentable y de pocos ambientes, la alfombra silencia sus pasos, una ventaja, ventana, despertador 4:35, llueve, toma con cuidado la llave, una 60 E L P R INC I PIO DE ESCRIBIR vuelta abre de golpe y sale rápidamente la parte que no esperaba encontrar y entre esas camisas, nada. Ruido por el baño, "¿se habrá escapado?" Usted co- rre hacia él, apunta su arma tan segura y sin ningún filo, abre el cancel, regadera, tina, nada. Ruidos, ruidos. Corre hacia ningún cuarto, ruidos, y por fin algo diferente, algo de metal cortando un posible ca rtucho de angustia, de miedo. Usted ahora es un se r con ojos llorosos, sudando frío, más frío que antes extrañando nostalgias con la vida tan rápida desde su nacer y ¿dón- de está ahora? ¿Es su casa hogar y refugio? ¿O no? Usted corre rápidamente escaleras abajo, un teléfono, es momento de llamar a la policía, es necesario que se haga cargo, se lo suplica, la operadora por la otra línea pide dirección, nombre, todo lo que necesita se va por sus palabras y la operadora molesta le grita que si nue- vamente -como ya lo ha hecho usted tantas veces- llama para emitir falsas alarmas se meterá en un lío. Le viene a la mente que el método de la llamada polociaca lo ha usado, recuerda que nunca hay nada, re- cuerda que no les debe hacer perder su tiempo, usted llora, se agacha, se hinca, el ruido persiste, usted deshe- cho abre la ve ntana, sa le, llueve, mira la casa, sabe que hay alguien, algo. No apa rta la vista de su propiedad, amanece .. . GUI L L E RM O LICON~ H E RN Á N PEZ 61 ÍN DI CE P RÓLOGO 5 V ICENTE FRANCISCO T ORRES P OESÍA Física General. Cinco casos de estudio 11 A DOLFO VERGARA TRUjILLO C UENTO El señor Espanto 25 A DOLFO VERGARA TRUjILLO La leyenda de Quetzalcoatl 39 JUAN ORLANDO PINEDA MARTÍNEZ Amanece 57 G UILLERMO LICONA HERNÁNDEZ EL PRINCIP IO DC ESCRIB IR Tercer CO ll Cllrso de poesía, Clletlto e historieta, UAM Azcapotzalco se terminó de imprimir en el mes de octubre del 2002, en los talleres de AGES, en la Ciudad de México. ~ utilizaron los tipos Zapf Ca lli- graphic. Los interiores están impresos en papel li no Regalía de 90 grs. y la po rtada en Phoenix imperial de 250 grs. Se ti raron 500 ejemplares. El cuidado de la edición estu vo a ca rgo de Silvia Guzmán Bofill. UNIVERSIDAD NA\ AUTONOMA (+) COORDINACIÓN METROPOUTA NA DE SERVICIOS 009::1 DE INFORMACIÓN ca.. aoiela ~ """'" Azcapotzalco Formato de Papeleta de Vencimiento El usuario se obliga a de"volver este libro en la fecha señalada en el sello mas l'8Cíente Código de barras. ÁJ?q ,3553 FECHA DE DEVOLUCION - Ordenar las fechas de vencimiento de manera vertical. "- Cance(ar con el sello de ·OEVUELTO· la fecha de vencimiento a la entrega del libro 1111I ~II I~ 1 1111~ II III 2893553 1-0076-7 EMPEZAR POR EL PRINCIPIO 11 ~M1\ Coordinac ión de Extensión CAI ... -.. ... t:Jeo'\'1XI \z¡'apuuall'tl ~ Uni versitaria