LA OBRA DE JOAQUIN ARCADIO PAGAZA ANTE LA CRITICA SERGIO LOPEZ MENA ( Compi lador ) UNIVERSIDAD AUTO NOMA METROPOLITANA UNIDAD AZCAPOTZALCO DIvisión de Ciencias Sociales V Humanidades SERI E HUMAN IDA DES LA OBRA DE JOAQUlN ARCADIO PAGAZA ANTE LA CRITICA SERGIO LOPEZ MENA ( Compilador) LA OBRA DE )OAQUIN ARCADIO PAGAZA ANTE LA CRITICA Rector General Dr. Osear González Cuevas Secretario General Ing. Alfredo Rosas Arceo Rector de la Unidad Azcapotzalco Mtro. Carlos Pallán Figueroa Secretario de la Unidad Arq . Manuel Sánchez de Carmona Directora de la División de Ciencias Sociales y Humanidades Dra . Sylvia Ortega Salazar Jefe del Departamento de Humanidades Mar ía Lu isa Figueroa Coordinadora de Difusión Cultural de Ciencias Sociales y Humanidades Silvia Pappe Asesores Arturo Córdova Just Federi co Yañez Roldán Portada José ChalÍez Morado. Personajes de Pastare/a . 1959 . ISBN 968-840·375·X Primera edición, verano de 1987 © Universidad Autónoma Metropolitana División de Ciencias Sociales y Humanidades Av . San Pablo No . 180 Azcapotzalco México , 02200 , D.F. Impreso en México Pn'nted I'n Mex ico INmCE Presen tación Sergio López Mena ..... . . . ... .... o o .. .. o o o o . o o. 11 "Prólogo" a MUrmUT!'OS de la Selva Rafael Angel de la Peña ... . o . o . . . . . . . . . . . . . . . . .. 15 Reseña a Murmurios de la Selva A.M.GoR ........ o o. o O " o ....... . o o . .. o. o o .... 53 El Padre Pagaza Manuel J osé Othón ... .. ... . . .. . . o o o o o . o o . . . o . .. 65 Reseña a Algunas trovas últimas Hilarión Frías Soto .. o o . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 69 "Máscara" de Joaquín Arcadio Pagaza JoséJuanTablada ' " o . .......... ... ...... o. o . . 97 Reseña al Horacio J osé María Vigil .. . .. o . .. o o o o o .. o ... o o o . o o o o o o. 99 Joaquín Arcadio Pagaza Alfonso Reyes o ........... o . o o o o o o o o o o . o . o . . .. 105 Clearco Meonio Alberto María Carreño ...... o . . ...... . .. ... .... o 11 5 Virgilio y su poeta mexicano. Estudio de formas del es- pañol de México Mariano Silva y Aceves . . .. .. o . o o o o . o .. . . o o . o o o .. 153 Poesía y verdad de Pagaza Alfonso Junco .... . o ..... .. . o o . o o o o o. o o o . o o o .. 185 Joaquín Arcadio Pagaza, el hombre y el poeta Balbino Dávalos . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. 211 Pagaza, traductor de Virgilio Manuel Toussaint ................... ... . ••..... 229 "Introducción" a Selva y Mármoles Gabriel Méndez Plancarte . . . . . . . . . . . . • . . • • . • . . . . . 243 Joaquín Arcadio Pagaza María del Carmen MilJán ......... .... ........... 271 La poesía virgiliana de Joaquín Arcadio Pagaza • Gustavo G. Velázquez . . ........ . ....... . .... . .. 281 Ilmo. Sr. Don Joaquín Arcadio Pagaza Octaviano Valdés ........ .. ............. ..... .. 299 Pagaza, traductor de los clásicos Rubén Bonifaz Nuño . . . . . . . . . . . . . . . . . . . • • • . . . .. 309 "Nota Preliminar" a la Anta/agia poética Porfirio Martínez Peñaloza .... .. .... . ... .. .... . . . 323 J oaquín Arcadi o Pa~aza PRESENTACION Joaquín Arcadio Pagaza nació en la hoy ciudad de Valle de Bravo, estado de México, el 6 de enero de 1839. En el Semi· nario Conciliar de ~1éxico cursó estudios que lo llevaron al sacerdocio y luego de ejercer su ministerio en diversos lugares y de ocupar la rectoría del Seminario que lo formó, fue nom· brado Obispo de Veracruz, con sede en Xalapa, donde murió el 11 de septiembre de 1918. En los ratos que pudo hurtar a los estudios teológicos ya las ocupaciones propias de su ministerio, Pagaza se entregó apasionadamente a la poesía. Entre 1883 y 1886 publicó al· gunos textos en las Memorias de la Academia Mexicana de la Lengua. Luego, en 1887, fue editado su primer libro, Murmu· rios de la selva, en que tradujo parafrásticamente las diez églogas de Virgilio e insertó numerosas composiciones suyas. Dos años después apareció la Corona literaria ofrecida al en- tonces arzobispo de México, en la que está su magnífico poe- ma "Reto". En 1890 se publicó en forma anónima Mana, poema inconcluso sobre la vida pueblerina en el estado de Guerrero. En 1893 se editó Algunas trovas últimas, con traduc· ciones parafrásticas de Horacio, Virgilio, Francisco Javier Ale- gre y Rafael Landívar. También aquí incluyó Pagaza un buen número de sus poesías originales, entre las que destacan las agrupadas en el rubro "Sitios poéticos del Valle de Bravo". En 1905 apareció el Ha racio, con la traducción parafrástica 11 de todas las odas del Venusino, y en el que nuevamente incor- poró el traductor poesías originales. Dos años más tarde salió a luz su Vr'rgilio, que contiene las Geórgicas, varios libros de la Eneida y algunas églogas del Mantuano. Finalmente, en 1913, se publicó el primer tomo de las Obras completas de Virgilio traducidas en forma literal por el poeta vallesano. Este tomo, en el que están las Eglogas, las Geórgicas y los tres primeros libros de la Eneida no tuvo continuación debido a los sucesos revolucionarios. Sólo recientemente he realizado, con la pu- blicación íntegra de la Eneida (SEP, 1986), el proyecto edito· rial de Pagaza. De la obra pagaciana se han realizado en el presente siglo ediciones facsimilares y anto logías. En 1966, la Editorial Na· cional - México- reprodujo el Hora cio , y en 1978, con la intervención 'de Mario Colín, el gobierno del estado de Méxi· co imprimió en facsímil Murmurios de la selva y Algunas tro- vas últimas. De sus antologistas, quizás el primero haya sido Enrique Femández Granados -Parnaso de México, 1919- . Después de él, bajo el título Selva y mármoles (1940), Ga· briel Méndez Plancarte agrupó con largueza diversas muestras de su producción; Gustavo G. Velázquez reimprimió sus "Sitios poéticos del Valle de Bravo" (1958); Porfirio MartÍ- nez Peñaloza formó una colección como homenaje a Pagaza en el cincuentenario de su muerte (1969) y Ana María Mora reunió gran parte de su obra original en un volumen de la Colección Rescate de la Universidad Veracruzana (1985). Sin embargo, aún hay poemas de este árcade dispersos en diversas publicaciones, si no es que inéditos. La obra de Joaquín Arcadio Pagaza representa uno de los máximos momentos del humanismo mexicano. Así la valoró la crítica en tiempos todavía de su autor, y así la ha catalo- gado posteriormente en una copiosa secuencia de estudios que no necesariamente parten del mismo enfoque y aun con- tienen afirmaciones que conducen a la polémica. Por esta razón, y por hallarse dichos ensayos en periódicos, revistas o libros agotados, me ha parecido plenamente justificada la rea· 12 lización del presente trabajo, que consiste en la recopilación y en la selección de los mejores estudios acerca de la obra de Pagaza publicados desde 1887 - "Prólogo" a Murmurios- hasta 1969 - ''Nota preliminar" a la Anto[ogú' de Mart znez Peñaloza- , lapso en el que la obra pagaciana se ha analizado con variados métodos y con profundo in terés. Este trabajo puede ser además un medio para conocer la naturaleza de la crítica literaria practicada casi a lo largo de los últimos cien años . Trátase, pues, de una tarea doblemente beneficiosa. Los textos aparecen ordenados cronológicamente y en ellos he actualizado la ortografía. Al final de cada uno están las notas, con número cuando son del ensayista; con asteris- co cuando son mías. En ocasiones, mis notas, que refieren casi exclusivamente datos bibliográficos o hemerográficos, están incorporadas entre las notas de los ensayos, pero con asterisco o entre corchetes. Por otra parte, la diversidad que en algunos aspectos técnicos presentaban los impresos origi- nales me ha obligado a realizar modificaciones de carácter meramente técnico. También he modificado el título de al· gllilOS ensayos por presumir en éstos ausencia de precisión o pobreza, pero en las notas aparecen los datos pertinentes. 13 "PROLOGO" A MURMURIOS DE LA SELVA Rafael A ngel de la Peña * Este libro que publica el Sr. D. Joaquín Arcadio Pagaza con el título poco ambicioso de Ensa yos Poético!. , producirá según yo pienso, dos grandes bienes: hará renace r la afición a la poesía pastoril, poco o nada cultivada, e inspirará el deseo de conocer los grandes modelos de la literatura latina y también los de la griega. Con insistencia se viene diciendo por críticos de nota que pasó ya el tiempo de la poesía bucólica, y que no se escucha· rán más el caramillo ni la avena que Títiro y Melibeo tañeron en días lejanos a orillas del Mincio. Hasta se ha llegado a enseñar que si la poesía bucólica ha de volver a nueva vida, es necesario romper los moldes anti- guos, aquellos mismos en que vaciaron Teócrito y Virgilio las más bellas creaciones de su numen. Mas con ser tan respetable quien ha pronunciado esta sentencia, creo que es lícito apelar de ella ante el tribunal de crítica más sana y de gusto más acendrado. No es doctrina incontrovertible la que enseña que * Pagaza, Joaquín Arcadio, Mu rm urios de la selva. Ensayos poéticos. Prólogo d~ Rafa~ 1 Ang~1 d~ la P~ña, Méx ico , Imprenta de -Francisco Díaz d~ L~ón, 1887, 215 p. F.n 1978, el gobi~mo del Estado d~ México editó ~Ilibro ~n forma facsimi- lar, con la participación d~ Mario Colín (Publicaciones d~ la Dir~cción del Patri- monio Cultural y Artlstico del Estado d~ México. Serie Joaquín Arcadio Pagaza, Colección Po~sía, 12. 215 p.). El estudio de Rafael Angel de la P~ña s~ publicó además ~n El R enacim,·ento. Pen·ód,.co Literun'o, Segunda Epoca, México, 1894, pp. 248,251, 268·27 1, 281-284, 296-298 y 319-320; así como ~n las Memorias d~ la Acad~mia M~xicana d~ la L~ngua, 1. IV , núm. 2, México, 1896, pp. 153- 197. 15 no son ya del dominio de la poesía los asuntos cantados en églogas o idilios. Ya se pare la consideración en el teatro donde pasan las escenas de la vida campestre; ya se mire a los personajes que en ellas figuran, o bien a los sentimientos que los mueven, siempre podrá dar cuerpo y realidad a bellezas de primer orden el poeta que apacienta su espíri tu con la con- templación de la Naturaleza. El sosiego de los campos, la serenidad del cielo, la fragancia de las flores , el canto no aprendido de las aves, serán raudal inexhausto de inspiración de donde manen a la continua la dulce paz del alma y la plácida alegría. ¿y quién negará que todo ello fertiliza a los ingenios, que por inclinación de su estrella, han nacido para cantar la vida tranquila del campo. Sin embargo, algunos críticos malhumorados reputan este linaje de poesía frívolo y baladí; y otros, ahondando más en esta cuestión, juzgan que el poeta ha de ser intérprete de las ideas y sentimientos reinantes en su época; y que tales ideas y sentimientos si bien se hallan en todos, no tienen la clari- dad, intensidad y viveza que en la mente inspirada del poeta, foco donde convergen los haces de luz que parten de otras in telige ncias menos favorecidas. De donde se colige que el poeta ha de darles forma, y que de ésta es dueño exclusivo; mas por lo que toca a la materia, tiene que recibirla según su grado de universalidad y trascendencia, ya de la humani- dad, ya de su raza o bien de su nación, y aun habrá casos en que el asunto escogido tenga color todavía más local. Si no se atempera a las exigencias de los tiempos , y si su lira produ- ce sones desusados , nadie querrá oirle, o no será comprendido cuando por ventura haya alguien que le escuche. En este caso piensan muchos que se halla el poeta bucólico, que cuenta cómo pastores que viven sólo en la fantasía, cantan sus amo- res, lloran la muerte o los desdenes de su amada, o bien com- piten en alternado canto, y apuestan como premio al vence- dor, quien un vaso o una copa, y quien una oveja o un cayado. Se dice asimismo que el asunto es tan pobre, que a poco queda ya agotado, y por cortas que sean las producciones de 16 este género, resultan monótonas; y sus autores se ven el caso, ya no de imitarse, sino de copiarse unos a otros. Sin embargo, no son tales estas consideraciones que nos autoricen a rehusar a los poetas bucólicos un lugar en el Parnaso. Las églogas y los idilios son verdadera poesía, y ni el transcurso del tiempo, ni la mudanza en tendencias, aficiones y gustos, podrán des- truir la belleza interna y esencial que hay en esta clase de composiciones. Porque no es la belleza algo puramente subje. tivo que varía con el sentir de los hombres; si así fuera, nada habría verdaderamente bello, 'toda belleza sería relativa; y así como de no aceptar Wla verdad absoluta es necesario negarlas todas, y de no admitir lUla bondad absoluta, es preciso negar todo bien; de la misma suerte, de no confesar la existencia de una belleza eterna y absoluta, de la cual son participación e imagen todas las cosas bellas, será menester conceder que nada hay real e intrínsecamente hermoso. El universo entero con sus armonías maravillosas y sus leyes imperturbables, es la expresión del pensamiento y la realización de la idea de su artífice, idea y pensamiento que deben considerarse como prototipo invariable de la belleza. La belleza ontológica, que es esencialmente objetiva, es inseparable de la verdad y de la bondad. En el orden intelec· tual no es bello lo que no es verdadero, y en el orden moral tampoco puede ser bello lo que es intrínsecamente malo. El error y el mal son deformidades que no se compadecen con la belleza. En el Ser Absoluto, Verdad, Bondad y Belleza son cosas idénticas; sin embargo, esto no obsta para que sean distintos sus conceptos y para que correspondan a facul· tades distintas de nuestro espíritu: entendemos lo verdadero, amamos lo bueno y nos gozamos en lo bello. Los griegos, siguiendo sin duda las doctrinas de Platón, em· plearon como sinónirnas las voces K()[AÓ~ bello, y Ixll()[~ó~ bueno, y aun de las dos formaron una sola Tb K()[AOK()[II()[~óv; por lo que mira a la verdad, es cosa universalmente reconocida que es bello lo verdadero. Sin embargo, Rousseau pensaba que lo bello es lo q"e no es. La antinomia que se advierte en· 17 tre estas dos doctrinas nada más es aparente. AW1que en el mundo real hay bellezas que contemplamos arrebatados de admiración, no están exentas de defectos; más allá de lo real está lo ideal, y lo ideal es el tipo de la perfección en cada or- den de cosas. Es ministerio del arte purificar la naturaleza de todas sus imperfecciones, y después de purificada, hermosear· la y magnificarla. Acontece en el orden estético lo mismo que en el geométrico; la verdad no existe fuera del espíritu, está dentro de él; no es verdadero círculo el que ha construido el artífice, sino el que ha concebido y definido el geómetra; y de la misma suerte el tipo de la perfección, que es la verdad estética, no se ha de buscar en el mW1do real, en donde se combinan, y mezclan, y entreveran lo bueno y lo malo, lo be· llo y lo feo, sino en las creaciones del genio , o como enseña W10 de los mayores críticos modernos, en la vida y desenvol- viendo del espíritu. En este sentido, lo bello es lo que no es, lo que no existe en el mundo real; pero que vive con vida maravillosa en el mundo de las ideas, cuyos horizontes son más extendidos y están iluminados por luz más casta y más intensa. En este sentido puede afirmarse que la verdad que el arte busca y hallada realiza, no se encuentra en lo real, sino en lo ideal; pero lo ideal no es lo quimérico, ni lo contradic- torio, ni lo inconcebible. Los ámbitos inmensos del ideal, dentro de los cuales vive e impera el arte, están limitados por el concierto y armonía que ha de haber entre lo real y lo ideal; pues lo segundo no destruye a lo primero, antes lo acendra y lo ennoblece, corrigiendo las imperfecciones inherentes a lo bello natural , que descubre y señala Hegel en su profundo tra- tado de Estética_ Los grandes ideales son propiedad exclusiva del genio; son a manera de revelación que los espíritus privilegiados reciben de la inteligencia suprema durante arrobos inefables_ Mas como los ideales humanos al cabo sólo son participación y ca· mo tenue reflejo del ideal soberano, varía su grado de perfec· ció n con el grado de luz, de intensidad y elevación que le comunica la inspiración individual, que no en todos puede ser 18 la misma. Platón, en uno de sus diálogos, que traduce en par- te el Sr. Menéndez Pelayo en su admirable His toria de /as ideas estéticas en España, enseña que las mejores obras huma- nas "sólo se hacen por cierto furor, manía o delirio que los dioses nos infunden". Y según él manía es también "J.1CXVTLXT¡ la inspiración poética que instruye a los venideros de los haza- ñosos acontecimientos de los pasados. Quien sin ese furor se acerque al umbral de las Musas, fiado en que el arte le hará poeta, verá frustrados sus anhelos, y comprenderá cuán infe - rior es su poesía dictada por la prudencia a la que procede del furor concedido a nosotros por los dioses inmortales para nuestra mayor felicidad ". Las obras de arte entre las cuales ha de contarse la poesía, toman su belleza, no sólo del ideal de que son trasunto, sino de la perfección con que han sido ejecutadas, y del instru - mento que ha servido para la ejecución. Esta última se rep uta perfecta cuando es copia fiel del ideal, y por esto piensan muchos que en las obras de arte la belleza estriba en la imita- ción. Mas aunque es muy intenso el placer que nos proporcio- na la imitación perfecta, no co nsiste en ella la quididad o esencia de lo bello, es sólo el medio de traslado al mundo real. De otra suerte, la reproducción de lo feo llegaría a ser una obra hermosa, y tanto más hermosa cuanto fuera más fiel. ¿y cómo pudiera concebirse que siendo el original feo fue- ra bella la copia, cabalmente por asemejarse a un tipo de feal- dad? Ideas tan radicalmente falsas conducirían a monstruosos absurdos. Preciso sería admitir que las obras de arte tanto más deleitan y enamoran, cuanto más se acercan a cosas que en sí mismas consideradas desplacen y aun repugnan, lo cual nos lleva derechamente a ese realismo escueto y descamado que desdeña todo trabajo de selección, que todo lo reputa bueno con tal de que sea real, y acota los dominios del arte encerrándolos dentro de los términos poco re tirados de lo existente. Si la fealdad suele combinarse con elementos esté- ticos, es para poner de resalto bellezas que de otra suerte serían menos advertidas. El egoísmo y apocamiento de Paris 19 realza y pone en su punto el valor y heroísmo de Héctor, así como la deformidad de Polifemo acrece la gracia y belle- za de Galatea. Téngase además en cuenta, que a veces se con- fWlde con lo feo lo que pone en nuestro ánimo espanto o pavura. En este caso se halla la terrible desventura de Laocon- te cantada por Virgilio, y perpetuada además en mármoles y bronces. Aun concediendo que en ese espectáculo haya algo que pueda llamarse feo, es objeto del arte, no por ser feo, sino por ser terriblemente sublime, y la sublimidad se ha considerado como un género de belleza. ¿Mas qué ideal ha realizado la poesía pastoril, para asegu- rarse juventud perenne y eterna hermosura? Bien considerado este género de poesía, se advierte que el más importante de sus elementos estéticos es un elemento ético, es una especie de sofrosyne que consiste en el equilibrio casi perfecto de afectos y pasiones hasta donde lo sufre el ideal humano; por- qu no ha de crearse tampoco un ideal que destruya el concep- to de hombre, y que por esto mismo venga a ser algo quiméri- co y contradictorio. Tal equilibrio va acompañado de esa ecuanimidad que resulta, no tanto del temple del espíritu, cuanto de la tranquilidad de la vida pastoril, raras veces ex- puesta a grandes mudanzas como las que llora Melibeo, despo- seído de su heredad por un bárbaro soldado. Con la ecuani- midad van juntas la serenidad y apacibilidad de ánimo, y un gozo suave y delicado que labra la dicha de esa vida, cuyos días corren felices en medio de ocupaciones campestres y de inocentes pasatiempos, Téngase además en cuenta que de ordinario andan concordes el estado de ánimo y el de la natura- leza: no hay _grandes tempestades ni en el alma de los pastores, ni en su cielo azul y sereno; las claras y tranquilas aguas de los arroyos semejan la limpieza y tranquilidad de su concien- cia, y la belleza de las zagalas compite con las de las flores, y aun les hace ventaja. Esta armonía del orden moral y del orden físico; esta correspondencia entre el estado del alma y el de la naturaleza, reúne en feliz consorcio dos órdenes de bellezas, que juntas forman el ideal de la felicidad por todos 20 anhelada, y que según pensadores profundos, es el sello que distingue a una obra de arte. El poeta bucólico que canta los goces puros y sencillos de tal género de vida, produce notas que escuchan todos con fruición inefable, porque llevan la paz al espíritu, y concierta el alma agitada por pasiones tu- multuosas. ¿Quién no habrá codiciado en medio de los place- res o de los sinsabores de grandes ciudades y de cortes fastuo- sas, el retiro y sosiego de los campos? ¿Quién no 10 habrá envidiado al escuchar la lira del poeta venusino, que viviendo en la ciudad por antonomasia y en la corte del monarca más poderoso de la tierra, llama feliz al agricultor que labra con bueyes propios los campos heredados de su padre? No hay que distinguir ni de tiempos ni de lugares, para afirmar sin te- mor de ser desmentido, que la poesía pastoril siempre ha satis· fecho una necesidad de nuestra alma, y siempre "hacorrespon- dido a algún estado general del espíritu". Pero esa necesidad nunca se ha sentido más que en nuestros días. Hoy que todo género de actividad agita el espíritu y lo fatiga hasta agotar su energía; hoy que la in teligencia apura todos sus recursos para poner en ejercicio y aprovechar por maravillosos proce- dimientos las fuerzas de la naturaleza por largos siglos ignora- das o apenas vislumbradas; hoy, por último, que todo linaje de pasiones, y mayormente las políticas y religiosas, conmue- ven hondamente y sacuden con desusada violencia todo nues- tro ser; hoy, sin duda, necesitamos más que nunca de un género de poesía que ponga en nuestro espíriru afectos tran- quilos, sentimientos tiernos o imágenes risueñas, y que tenga eficacia para devolver al alma, siquiera sea momentáneamen- te, la paz turbada por tantas y tan diversas causas de agitación, proporcionándole algunos instantes de reposo después de ru- de y afanoso trabajo. Los poetas bucólicos más admirados y más imi tados han pasado su vida en las cortes de los reyes o en medio de los campamentos: asorados a veces por el estruendo de las armas y rendidos a su peso; y a veces regalados por las delicias de una vida muelle o hastiados de intrigas cortesanas. Sin duda 21 sintieron la necesidad de respirar ambiente más puro, y en la poesía creada o cultivada por ellos buscaron descanso a su espíritu fatigado y honesto esparcimiento, que remediase la desazón y desconsuelo que dejan placeres demasiado inten- sos, aunque fugaces. Así vemos que Teócrito floreció en Sira- cusa y cantó la gloria de Ptolomeo; Virgilio vivió en la corte de Augusto; Calpurnio en la de Diocleciano;Tasso fue llama- do por Alfonso II de Ferrara; Figueroa y Garcilaso siguieron las banderas de Carlos V; Meléndez Valdés figuró en el reina- do de Carlos III y Madame Deshouliers en el de Luis XIV. Ni se han de tener por indignas de la poesía aquellas esce- nas casi infantiles, que no han vacilado algunos en llamar ver- daderas inepcias. Porque no es inepcia por de bulto la inocen- cia, el candor, la sencillez y pureza de almas incontaminadas y limpias, tipos de belleza moral. Y esto sin contar que la narración de tales hechos no está descamada y escueta, sino hermoseada con imágenes y descripciones que dan al asunto una entidad que por sí mismo no tenía. De esta suerte, si dos pastores rivalizan en el canto, apuestan objetos que son mara- villas de arte y cuya descripción nos deleita; tal es la que hace Teócrito de un vaso en uno de sus idilios y la que presenta Virgilio tamb ién de vasos en su Egloga IIl. Cierto es que las escenas de la vida pastoril no ofrecen aquel interés que des- piertan el conflicto de las pasiones y la variedad casi infinita de lances cuya exposición suspende el ánimo y mantiene viva la atención; mas cabalmente éste es el mérito de la poesía bucólica, nacida para solaz y sosiego del espíritu, y no para estímulo de pasiones desmandadas, ni para esfuerzos de aten- ción que fatigan la inteligencia. Los sucesos cuya urdidumbre forma la vida pastoril, aunque faltos de complicación y tras- cendencia, son sin embargo poéticos, con tal de que sean tra- tados poéticamente. "La poesía, dice el profW1do crítico e insigne humanista D. ~guel Antonio Caro, es W1a manera ideal y bella de concebir , de sentir y de exp resar las cosas; por manera que la esencia de la poesía es siempre una misma, si bien la esfera en que se ejercita es inmensa. Cada género 22 de poesía es la aplicación de las facultades poéticas a determi- nado campo; por lo cual no es razonable fallar que en el siglo presente o en el futuro no ha de cultivarse sino tal género de poesía, la científica v. gr., pues no hay motivo para estrechar ni localizar la jurisdicción del poeta. Buena fue, es y será siempre la poesía, siendo poesía." A idéntica conclusión llega el Sr. D. Juan Valera, que pone término a profundas y lumi· nasas consideraciones con estas palabras: "Infiérese de aquí que todo asunto es poético como pase por el prisma hechi- cero de la poesía, como le trate poéticamente el poeta". Ta- les enseñanzas consuenan con las doctrinas de Hegel. Este profundo y admirable pensador dice: "El arte que se expresa por la palabra, ya se mire a la sustancia, ya a la forma de las representaciones, abarca un campo inmenso, más vasto que el que pertenece a las otras artes. Todos los objetos del mundo moral y de la naturaleza, los acontecimientos, las historias, las acciones, las situaciones físicas y morales entran en el dominio de la poesía y consienten ser tratados por ella." Y hablando más particularmente de la poesía descriptiva, ense- ña en otro lu gar, que ofrece mayor interés cuando acompaña sus cuadros de la expresión de los sentimientos que pueden excitar el espectáculo de la naturaleza , la sucesión de las ho- ras del día, de las estaciones del año, o una colina cubierta de árboles, un lago, un arroyo que murmura, un cementerio, una aldea agradablemente situada, en fin una cabaña. Admite, lo mismo que el poema didáctico, episodios que le dan una foro ma más animada, particulannente cuando pinta las emociones y sentimientos del alma, una dulce m.elancolía o pequeños incidentes tomado·s de la vida humana en las escenas inferio- res de la existencia. Finalmente, para que un asunto sea poé- tico quiere Hegel que sea presentado artlsticamente por la imaginación, y que la expresión poética añada a la in teligef':- cia del objeto una imagen, que aleje la comprensión pW"amen- te abstracta y ponga en su lugar una forma real y determina- da. Así es como los verdaderos poetas han rodeado de encanto indefinible incidentes insignificantes de la vida pastoril, o 23 hechos tan comunes que a la continua se verifican. ¿Qué su- ceso habrá de menor trascendencia que la pérdida de un mano so? Y sin embargo, ha dado asunto a uno de los sonetos más bellos que se han escrito en lengua castellana. Así también nada hay más común que llorar la muerte de una persona querida; pero no es común expresar tamaña pérdida, con el hon o sentimiento de amor y de ternura que muestra el pas- tor Nemoroso cuando prorrumpe en estas quejas: ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía, Cuando en aqueste valle al fresco viento Andábamos cogiendo tiernas flores, Que hab¡'a de ver con largo apartamiento Venir el triste y solitario d¡'a, Que diese amargo fin a mis amores l Tampoco ha de pensarse que la poesía pastoril es pobre de asuntos y de formas. Por monótona que parezca la vida del campo, pueden variarse indefmidamente los cuadros de la naturaleza, y los incidentes que nacen de las pasiones, afectos e intereses propios de los campesinos. Y así lo ha hecho Ges· ner entre los modernos. El idilio XVIII de Teócrito, las Eglo. gas IV y VI de Virgilio, así como los cantos fúnebres de Bion y el Amin ta del Tasso, prueban que en este género de poesía caben todos los otros; desde el poema épico hasta la comedia. El poeta siciliano canta la gloria de Ptolomeo; Virgilio con acento profético y tono distirámbico anuncia que al adveni- miento de nueva progenie bajada del cielo, va a mudarse el haz de la tierra y a renacer la edad de oro por todos suspira· da. No hay, pues, razón para proscribir un género de poesía, que, cuando menos, tiene el mismo derecho que los otros, para ser aceptado como una de las manifestaciones más genui- nas del arte, y como uno de los medios más apropiados para realizar la belleza por medio de la palabra. I He tomado esta observación y los versos que la comprueban de un discurso pronunciado en la Real Academia Española por el Sr. D. Antonio María Segovia. 24 En tre nosotros y en nuestros días poetas insignes han con- sagrado a él sus ocios, enriqueciendo la literatura patria con joyas de muy subido precio. Uno de ellos es Ipandro Acaico, que ha puesto en nuestra lengua los bucólicos griegos. No soy yo quien pueda tasar el mérito de esta versión elogiada dentro y fuera de la República por los próceres de la Literatura: tamo poco sería esta ocasión oportuna de avalorarla. Otro poeta bucólico es Pagaza, autor del presente libro, en donde hay versiones parafrásticas y traducciones fieles; hay asimismo imitaciones y hay poesías originales. Pagaza, por su natural mismo, ha nacido para admirar y amar la naturaleza y gozarse en sus bellezas, y por esto su ve- na poética corre siempre fácil, rica y espontánea. Su poesía es poesía de veras; no es postiza como esa que se hace consis- tir en adornos sobrepuestos y en afeites retóricos. Siente amor intenso a la naturaleza, la observa casi con la misma in- tención que el naturalista, como si quisiera descubrir no sólo sus bellezas, que es lo que el poeta busca, sino sus más recón- ditos secretos y sus leyes más ocultas. Y como largos años de su vida ha pasado en la soledad de los campos, ocupado en conducir su mística grey a prados donde reina perenne prima- vera, su tarea cotidiana ha sido la observación profunda de la naturaleza, la contemplación extática de sus bellezas y el estudio del corazón humano aún no contaminado por el refi- namiento de una civilización sensual, ni pervertido por las demasÍas e intemperancias de una ciencia tan descreída como soberbia. y grandes enseñanzas ha de haber logrado en el sosiego de su retiro, cuando en su bellísimo romance a Liriano exclama: ¡Ah! te aseguro. Liranio Que allá en la. aula. austeras No aprendí 10 que Natura En estos campos me enseña. En cada fuente que brota y cuyas ondas inquietas Huyen saltando en las guijas. 25 Sonoras, blandas y amenas; En cada flor que a la aurora Remeciéndose despliega Sus pétalos, alardeando De su fragancia y belleza, y que en sudario a la tarde Sus propias galas se truecan y viene el aura gimiendo De su tallo a deponerla; En cada hierba que nace, y en cada fronda que rueda, Liriano, encuentro motivos De reflexiones muy serias. Así es que la naturaleza le ha proporcionado el asunto o materia de sus obras poéticas; su numen ha hermoseado y perfeccionado lo que en el mundo real no era acabado ni per- fecto, y ciñendo sus sienes con las {nfulas sacerdotales del vate, ha puesto el oído a las revelaciones que vienen de lo alto, para iluminar e inflamar al mundo favorecido de las Mu- sas. Su educación literaria enteramente clásica transmitió a sus producciones el espíritu virgiliano que les da color y vida, y puso en ellas elegancia de estilo, frase pintoresca y dicción rica, limpia y correcta. Figuran en primer lugar en este libro las versiones de las diez églogas de Virgilio, algunas de ellas son fieles y algunas parafrásticas. Todos saben cuán grandes son las dificultades que le salen al paso al que intenta enriquecer la literatura y lengua de su patria, vertiendo al propio idioma obras escritas en otro. Pero suben de punto tales dificultades, si la traduc· ción ha de sujetarse a las estrechas y múltiples leyes del me- tro. En este caso es menester un poeta para in terpretar a otro poeta, e incurriría en grave yerro quien pensara que para salir airoso de tamaña empresa, basta conocer con perfección la lengua en que está escrita la producción original y la vernácu- la a la cual ha de ser trasladada. Con esto se tendrá solamente el instrumento que ha de ser- V1f para la ejecución de la obra: pero si la versión ha de ser 26 trasunto fiel del original, es indispensable que el traductor esté bajo la influencia de una inspiración semejante a la que iluminó y agitó al poeta: es preciso que sienta y piense como él, y que siga de muy de cerca los vuelos de su fantasía. Asi· mismo, mucho contribuirá a la realización del intento la iden- tidad de tendencias y aficiones en uno y otro; pues mientras mayores sean las afmidades de orden psicológico, mayores elementos habrá también para que la interpretación sea fiel y feliz. Claro está que no se habla aquí de las versiones literales que en las aulas se hacen de las crestomatías griegas o latinas; en ellas el profesor no se aparte un punto de la significación literal de cada palabra, porque su intento no es descubrir las bellezas literarias de los trozos escogidos de autores clásicos; sino enseñar la fiel correspondencia entre los vocablos y mo - dismos griegos y latinos, y los de la lengua nativa. Cuando se traduce de esta suerte, suele suceder que desaparece el pensa- miento intentando por el autor, verificándose aquello de que summa fides . summa esl infidelilas. Trátase aquí de aquellas otras versiones que son fieles no tanto a la letra, cuanto al pensamiento, al sentimiento y a la imagen, y que tienden a la imitación del estilo ya la reproducción de una obra de arte. Empresa ardua que pocas veces se lleva a buen ténnino, pues como dice Cervantes, citado por Caro, "los libros de versos traducidos nunca jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento". Mucho se ha disputado sobre si tales libros se han de tradu- cir en prosa o en verso. La prosa permanece más fiel al pensa- miento, porque arrimándose a la letra más de lo que puede acercarse el verso, conserva íntegra o casi íntegra la sustancia del original; al paso que e! verso sacrifica a las exigencias de! metro algunas ideas y presta al autor otras que nunca estuvie- ron en su mente, si bien se desprenden fácilmen te de las que expresó. En ambas versiones, si son buenas, puede conservar- se la frescura y colorido de la imagen, que es la forma in tema de la cual reviste el poeta las ideas abstractas y los conceptos 27 universales; pero desaparece la forma externa, que consiste en la dicción y estilo, en la cadencia y ritmo propios de la poesía. y aun también desparecen imágenes que por lo risueñas des- dicen de la austeridad de la prosa. Por lo que toca a las versiones parafrásticas, deben mirarse más bien como imitaciones que tienden a expresar los pensa- mientos principales del original, prescindiendo de los secun- darios; mas para ser buenas han de reproducir las bellezas de estilo y de dicción hasta donde lo consienten las afinidades de una y otra lengua. En tales versiones el poeta se mueve con mayor libertad; pero por esto mismo se aleja del fin intentado en toda traducción. La que Pagaza ha hecho de las églogas de Virgilio no siem- pre es parafrástica. La de la primera, por ejemplo, se ajusta con notable fidelidad al original, y en ella lo mismo que en otras, ha dado muestras de tales dotes poéticas, que yo la lla- maría Virgilio redivivo, a no vedarlo la veneración debida al gran poeta mantuano. A pesar de las trabas que sujetan al que traduce en verso, Pagaza sin esfuerzo alguno imita la estructura de la frase lati- na, sin que por esto en castellano resulte violento el hipérba- ton. En tre muchos pasajes que sacan verdadera esta observa- ción, véase el principio de la Egloga VIII Pastorum musam Damonis et Alfesiboei. A semejanza de Fr. Luis entre los antiguos y de Caro entre los modernos, ha enriquecido nues- tra lengua divulgando frases o acepciones nuevas o no muy conocidas, tomadas del tesoro inex hausto del latín. En la pri- mera égloga, por ejemplo, usa resonar como transitivo, conser- vando intacto el pensamiento gallardamente expresado en este verso: Formosam resonare doces Amaryllida silvas que nuestro poeta traduce: Tendido enseñas a la selva fría A resonar el nombre De la hermosa Amarilis, tu alegría. 28 Asimismo traslada felizmente la frase canet ad auras, di- ciendo: Al perfumado ambiente Dará su can to. No estuvo menos acertado vertiendo gráficamente el verbo fuman!. aplicado a los techos de las cabañas. en el siguiente verso: En espiral se eleva el humo espeso. Pero lo que más deleita, así en ésta como en otras traduc- ciones, es el perfume virgiliano que todas ellas exhalan. La misma elegancia en la frase, la misma delicadeza, la misma suavidad y ternura en los sentimientos. Si leemos toda la égloga a que voy haciendo referencia, se ve que Melibeo, desposeído de su terruño, se llora desterrado quizá para siempre de los campos que fueron su alegría; pero sereno en medio de su dolor, sin envidia ni odio pondera la felicidad de Títiro, al cual dice: ¡Anciano venturoso ! luego quedan Defendidos tus campos deliciosos y para ti muy vastos Aun cuando encubran a los tiernos pastos La estéril piedra y juncos cenagosos. No enfermarán las gramas desusadas A tus cabras preñadas. Ni a las paridas la escasez de hierba; Ni el vecino rebaño Con tagiará a tu grey; del fiero daño Tu grey en estos sotos se preserva. iAnciano venturoso! en las orillas De estos ríos que alegran la espesura, y al labio de las sacras fuentecillas Disfrutarás de plácida frescura. En las cercanas del límite vecino Con SUSUITO divino, 29 Al desbriznar del sauce las galanas Flores pequeñas y del blanco albeño, Te incitarán a conciliar el sueño Las sonoras abejas sicilianas. El leñador sobre las hoscas peñas Al perfumado ambien te Dará su canto; y roncas las torcaces, Tu delicia, del álamo en las greñas Gemirán con la tórtola doliente. Títiro, dolido de la pena que aflige a su amigo, intenta de- tenerlo siquiera una noche más en aquellos sitios tan queri- dos, convidándolo con blanco lecho y sabrosa cena, en los versos siguientes: Bien podt'as quedarte aquesta noche Aqu{ conmigo sobre el césped blando: Tengo pomas dulcísimas, castañas Cocidas al rescoldo, leche y queso. Las auras empañando, En espiral se eleva el humo espeso Encima de las míseras cabañas; y rápidas se acrecen, Al caer negras de los altos montes, Las sombras, y los vales obscurecen. En los pasajes anteriores y aun en toda la égloga, llama la atención la ecuanimidad de que dan muestra Títiro y Melibeo en todos su discursos; ni el rigor de la fortuna exaspera a éste, ni sus favores desvanecen a aquél. Esta serenidad de ánimo consuena con la de la naturaleza, cuando al aproximarse la noche dice el poeta: y rápidas se acrecen, Al caer negras de los altos montes, Las sombras, y los valles obscurecen. Tal vez Schiller tuvo presente este pasaje cuando escribió: "La serenidad pertenece al arte. El ideal es la belleza silencio- 30 sa y tranquila de las sombras. El imperio de las sombras es el ideal." Cuando se lee la versión de Pagaza no se echa de me- nos en ella esa serenidad, sello del arte clásico, que Virgilio supo expresar con tan ta maestría, y que su traductor conser- vó con no menor fidelidad. La traducción de la Egloga III en parte es fiel, y en parte parafrástica. Los versos amebeos que cantan Menalcas y Da- metas, están parafraseados en sonetos magistrales que por lo general con tiene en el último terceto el pensamiento original. Así pues, no sería razón decir que éste ha sido desvirtuado por haberse desleído en catorce versos lo que Virgilio signifi- có en dos; el concepto se halla encerrado en el mismo número de versos; pero va precedido de una amplificación que según yo creo, nada le quita de su vigor y belleza primitiva. Sin embargo, a veces los pensamientos de Virgilio sí se hallan pa- rafraseados y diseminados en todo el cuerpo del soneto. Sirva de ejemplo el que corresponde a estos dos versos de la égloga III. Ab love principium, Musa; [avis omnia plena: Ile colit terras; ¡/Ji inca mea carmica curae. ¡Oh Musas Heliconia, dadme aliento! Comencemos por Jove soberano. Que martilló con vigorosa mano Hasta combar el alto flImamento. El a la Tierra púsole cimiento Sin escuadra ni plomo; en el verano El borda la pradera, y del manzano Cuaja las flores y encadena el viento. El fecunda los hatos; y él enseña Al mirlo sus selvática armonía, Su piedad reflejando en la cigüeña. y aun cuando mora en sempiterno día, El me ama, pastor; y no desdeña Mi can to y melodiosa poes{a. En los primeros cuartetos rivalizan, o más bien están concor· des el alto son de las palabras, la rotundidad de los versos y la 31 arrogancia de la dicción con la grandiosidad del asunto y la elevación del pensamiento. La imagen de Jove. Que martilló con vigorosa mano Hasta combar el alto firmamento, es valentísima, y si no me equivoco también es nueva. Hay en el pensamiento lo que llama Kant el sublime matemático, que es lo indefinido en la grandeza, y el sublime dinámico, que es lo indefinido en el poder y en la fuerza. Pero lo indefinido no es lo infinito, y el poder de Jove, que necesita de martillo para forjar el firmamento, tiene un límite señalado por los instrumentos sin los cuales no puede ejecutar su obra. Esta idea de Dios, si bien elevada, no alcanza los ápices de la subli· midad, si no es en el segundo cuarteto, en donde se dice cómo. El á la TIerra púsole cimiento Sin escuadra ni plomo. Aquí el artífice ya tiene un poder no sólo grande, sino ver· daderamente infinito; no ha menester de medios extraños para realizar su pensamiento; "habla y las cosas son hechas; manda y las cosas son creadas" por sólo la eficacia de su pala- bra. Este es el infinito que pudiéramos llamar ontológico. El primer ideal de la divinidad está limitado por formas sensibles y precisas; es el ideal del arte clásico esencialmente antropo- morfista, cuyos dioses eran hombres, y cuyos hombres eran dioses, según la frase feliz del marqués de Valdegamas. Mas la otra idea de Dios, que es la verdadera, es la idea cristiana, tal comó David y. Moisés la revelaron a los hombres, y tal como la ha concebido y expresado el arte romántico. Pues si bien se mira la diferencia sustancial entre las dos escuelas, la clásica y la romántica, está en el ideal a que cada una aspira: la clási- ca se propone dar cuerpo y realidad a lo bello, a lo que está limitado por las proporciones, la forma y el número. Sus le· yes son estrechas y severas; siempre se muestra solícita de 32 conservar perfecto equilibrio entre la razón y la fantasí~, y si tal equilibrio se perturba, el fiel de la balanza se inclina al lado de la razón; así es Como imprime a sus obras el sello de seren idad y felicidad de que hablan Hegel y Schiller. Esta armonía y alianza entre la imaginación y el entendi· miento es necesaria para realizar la unidad en la variedad, que es la fórmula de la belleza. La fantasía multiplica las imáge. nes; pero el entendimiento pone orden en ellas y las reduce a símbolo~ o formas sensibles de una idea, de un solo pensa· miento, supuesto que en toda obra de arte uno solo ha de ser el intento principal que se proponga alcanzar el artífice. La escuela romántica siempre ha aspirado a la realización de lo sublime, y aun cuando no proceda desapoderadamente como algunos piensan, sus preceptos son menos rigurosos, y consienten mucha mayor libertad al artista, como lo prueba el poco respeto a las unidades que tanto sujetan y fatigan a los clásicos. Debe esta libertad al predominio de la fantasía sobre la razón , las cuales contienden entre sí, resultado de esta cliscordancia un placer mezclado de dolor ajeno al arte clásico. En el soneto que examinamos, contrasta con el cuadro grandioso de los primeros cuartetos el pintoresco que nos mues· tran los versos inmediatos. Júpiter depone el martillo, sím· bolo aquí del poder y de la fuerza , y dejando todo lo que tiene de imponente ~, ') ~ , r . ... 1 9 lú . (.(.( ... . . . en el verano El borda la pradera, y del manzano Cuaja las flores y encadena el viento, . El fecunda los hatos y él enseña Al mirlo su selvática annonía, Tales contraposiciones son muy comunes en los grandes poetas, y Virgilio ofrece de ellas numerosos ejemplos. Ya vi- mos cómo en la égloga primera contrastan las situaciones de Títiro y Melibeo, y el Sr. Caro en su admirable estuclio sobre Virgilio presenta numerosísimos pasajes, que demuestran que 33 "Virgilio ama a los grandes contrastes y las grandes compen- saciones que presenta la historia del hombre y de los pueblos, lo mismo que las antítesis de menudos conceptos, de som- bras y de tintas_ De ahí la variada contraposición de los cua- dros de la Eneida: la caduca Troya contrasta con la naciente Cartago; los amores con las guerras, la alegría de los juegos y los triunfos con los golpes de la adversa fortuna ... Luego estas oposiciones que ocurren de libro a libro, de cuadro a cuadro, se reproducen a cada paso como e.n miniatu- ra dentro de cortas frases. En el libro primero de la Eneida nos pinta e! poeta a grandes rasgos e! horror de una tempes- tad, y luego describe el apacible abrigo del puerto." Las mismas oposiciones se advierten en Horacio, y como muestra· sólo recordaré el contraste que nos ofrece en su oda a Grosfo entre aque! que aventura vida y fortuna en medio de mares revueltos , y pide a los dioses seguridad y sosiego, y Grosfo, que en el colmo de la abundancia y rodeado de sus ganados, viste de lanas tintas dos veces en el múrice tirio. Pagaza en este soneto y en otras muchas producciones su- yas se da a conocer como discípulo aventajado de tan grandes maestros. El soneto termina con la paráfrasis del ipsi mea carmz'na curae, que es como cerrarlo con llave de oro , pues tratándose de versos amebeos, Dametas debe asegurar el triunfo en su competencia con Melibeo, y sin duda lo conseguirá, si Júpiter está de su lado, y se goza en su poesía el padre de los dioses y de los hombres, cuyo poder y grandeza ha cantado el para- fraste. Aunque lo expuesto quizá sea bastante para conocer lo que valen las traducciones de Pagaza, no quiero hacer caso omiso de las Eglogas IV y VI. La IV ha alcanzado mayor celebridad que ninguna otra, debido esto a que en ella se ha creído descubrir una alusión muy transparente al advenimiento de Jesucristo ya su grande obra de reparación y redención. En la antigüedad la conside- raron como anuncio profético de tales acontecimientos, Lac· 34 tancio, en su Insitit. VII, 24, Y Constantino en su Oratione ad caetum sanctorum. Después, varones insignes por su doc- trina han participado de la misma creencia. Sin embargo, a la luz de la crítica moderna parecen endebles los fundamentos de semejante opinión; pues no podría pensarse, según obser- van Heyne, Dubner, Wunderlik y otros, que los romanos die- ran importancia y crédito a profecías que, por venir del pueblo hebreo, habrían mirado como verdaderas inepcias y superticiones. Ni se explica tampoco de un modo satisfacto- rio cómo tales vaticinios hubieran llegado a noticia de Virgi- lio . A otros anuncios y a otras creencias aludía el poeta según puede verse en los comentadores y críticos citados. Pagaza tiene, sin embargo, como crítico, pero sobre todo como poe- ta, derecho incontrovertible para pensar con varones doctís i- mos de todos tiempos que esta égloga es como una prepara- ción evangélica en la cual el siglo de Saturno prefigura el establecimiento del Cristianismo, y el niño próximo a nacer es Jesucristo, reparador del linaje humano. Colocado Pagaza en este punto de vista, ha cantado en su magnífica paráfrasis los más grandes misterios del Cristianis- mo, como la consustancialidad del Padre y delllijo, la Anun- ciación y la Encamación, y luego el reinado de la verdad y de la justicia por el establecimiento de la Iglesia. Así, el magnum lovis incrementum. que otros han vuelto por alumno de Júpi- ter, Pagaza con espíritu cristiano, y permaneciendo fiel a la palabra, ya que no al pensamiento de Virgilio, traduce: Prole cierta de Dios, de su sustancia Imagen viva, ,loria y prez del suelo. y con el mismo espíritu cristiano hace la paráfrasis de es- tos versos de Virgilio : lncip e pame puer "SU cognoscere matrem 35 en estos otros que más que poesía parecen canto o música del cie lo. ¡Oh Niño celestial! la blanda risa Conoce, es tiempo, de tu madre hermosa, Quien del cielo a las órdenes sumisa En su albo seno te llevó amorosa. Tal vez la paráfrasis de esta égloga y la versión de la VI han sido las más felices. En una y otra el poeta mantuano deja por un momento su grácil avena, y nos hace escuchar las dul· ces notas de su maravillosa lira, y aun el alto son de la trompa épica. Porque can ta el advenimiento del reinado de Saturno, que tras del largo período de diez siglos aparece de nuevo en e l giro interminable de las edades; anuncia el fin de las calami- dades con que guerras intestinas hablan afligido a Roma y predice una época de ventura para el mundo entero. No menos elevado es el asunto de la Egloga VI. En ell a can- ta Sileno el principio de todas las cosas, del cielo y de la tie- rra, y explica las leyes cósmicas de la creación, tal como las entendía la escuela de Ep icuro. Pagaza, al interpretar a Virgilio, no se ha mostrado desigual a la empresa, con ser tan ardua. En sus versiones, luego se ad· vierte el me ns divinioT e l os magna sonatuTum de Horacio. Levanta el tono a la altura del asun to, y si he de expresar lo que siento , en la Egloga IV remonta el vuelo más alto que Virgili o, porque el ideal que encama en sus versos es la concepción teológica y ética más elevada, y la revelación más grande que jamás haya visitado al humano entendimiento. Mu y lejos estaba Virgilio de representarse a ninguna entidad mitológica como la teología cristiana concibe al Verbo con· substanc ial con el principio que lo engendra; y la edad de oro por él anunciada nada tenía que ver con e l reinado de la paz, de la justicia y de la verdader civilización asentado en los hondos y só lidos fundamentos del Cristianismo. Creo, pues, que con toda propiedad puede decirse del pocta académico 36 "que ha modelado el mármol de la antigüedad con manos cristianas", frase muy feliz usada ya, si no me equivoco, por el Sr. D. Leopoldo Augusto Cueto. La octava real fue el metro escogido para poner en nuestra lengua la Egloga IV. El decoro y aun majestad de la dicción poética; la elegancia, vigor y nobleza del estilo; la riqueza y facilidad de la rima, y lu ego la lozanía y amenidad de las imá- genes colocan esta producción, según yo creo, en el número de las joyas más ricas de nuestra literatura. Sus octavas, admirablemente cinceladas, suenan en nuestro oído como música suave y deleitosa, y ponen de manifiesto que el caste- llano, por su ritmo, es sin duda la más armoniosa de las len- guas. y para convencerse de ello basta poner la consideración en los elementos eufónicos de cuya combinación resulta el ritmo del idioma castellano, que procede de la admirable pro- porción con que se combinan las vocales, ya plenas, ya te- nues, con las consonantes suaves, medias y fuertes; de la gran movilidad de nuestro acento; de la feliz distribución de las voces agudas, graves y esdrújulas que forman el período; de las pausas, cortes e in flexiones de la voz; del acertado esco- gimiento de palabras y expresiones, y finalmente del concier- to y correspondencia que exige la estructura del período en- tre el pensamiento y la dicción, lenta o rápida, variada o mo- nótona, robusta o desmayada, sorda o sonora, según la índole de las pasiones, sentimientos o afectos que expresa, y según la naturaleza de las ideas e imágenes que encaman en ella. A esta riqueza y diversidad de elementos debe el castellano el número del período, la armonía y cadencia del verso y la abundancia de onomatopeyas. Pero si el ritmo es necesario en prosa, en el verso es de tal modo esencial, que sin él no hay poesía, como que ésta no puede vivir sin la música, que es su hermana gemela. Por esto piensa Quintana que "cuando un poeta es duro, seco y desabrido, no ha de decirse que no tiene oído; lo que debe decirse es que no tiene alma". Mas si el ritmo es para la poesía color y vida, Pagaza tiene asegurado ya lugar prominente entre los poetas; por lo general sus ver- 37 sos se cantan más bien que se leen, y suspenpcn nuestro oído con la magia seductora de su música. En prueba de ello, no pesará al lector que traslade aqu í las dos oct;,\Vas con que empieza la Egloga IV; son las siguientes: Canté el frescor, el hálito y las flores De la selva, las greyes, las galanas Parleras avecillas, los rumores De los céftros , pinos y fon tanas. Ensayó mi rabel de los pastores Suave el canto: Musas sicilianas , Venid ligeras y acorred mi anhelo Hoy que pretendo levan tar el vuelo . Poeta pastoril , si plugo al hado Encadenarme a un bosque de tomillo, Laureles y arrayán; si no me es dado Por la lira trocar mi caramillo, Dadme can tar el aromoso prado Con tal sonoridad , destreza y brillo, Que esta canción de venturoso agüero Digna sea del Cónsul Verdadero. Siguiendo nuestro poeta e! ejemplo de Figueroa, que escri- bió en verso suelto su preciosa égloga intitulada Tirsi, lo em- pleó asimismo en la versión de la Egloga VI. Sin duda es más libre y quizá más noble, pero también más difícil, como que en él han de reunirse todos los elementos eufónicos del ritmo, a fin de compensar la falta de rima con la fluidez, dulzura, ple- nitud, sonoridad y cadencia del verso_ Y tod" estas cualida- des se advierten en los que salen del taller poético de este artífice de la palabra, cuya pluma es al mi.mo tiempo cincel que labra con seguridad, precisión y firmeza, y pincel que pone en el lienzo todas las maravillas de! colorido_ Como muestra de la facilidad y maestría en el ve~so blanco, así co- mo del conocimiento Intimo que tiene de la manera y estilo de Virgilio_ Voy a copiar el siguiente fragmento de la égloga citada_ 38 A cantar empezó. Y entonces vieras De su voz al compás danzar los Faunos y los tigres, y duras las encinas Manear ledas sus tendidas copas. Ni con Apolo la Parnasia cumbre Se alegra tanto, ni al divino Orfeo El Ismaro y Rodope tanto admiran. Porque cantaba cómo en el enorme Vacío los .primeros elementos Del aire, de la tierra, de las aguas Yel fuego transparente se juntaron; y cómo de los átomos su origen Tuvo la creación y su principio, y el mismo tierno mundo fue creciendo. En tonces poco a poco endurecida La. tierra se mostraba, cuando el ponto Blandamente ondeando se encogía y tomaban las cosas ser y forma. Ya de la tierra el estupor doblado Al ver la rubia luz del sol primero Yal mirar que los húmedos vapores Suben a 10 alto y luego se desatan Sobre los campos en alegre lluvia; Ya el nacimiento de la virgen selva, Y cómo los primeros animales Vagaban raros en ignotos montes. Después de haber leído lo anterior, nadie podrá negar a Pa- gaza rara habilidad para emplear el verso blanco ni conoci- miento profundo de nuestra prosodia. Las pausas, los cortes y la artificiosa combinación de sIlabas átonas y tónicas justifi- can el uso del verso suelto, que suena en algunos oídos más grato que el martillo de la rima. Si de esta forma poética que pudiéramos llamar externa, pasamos a la imagen que es la forma intema y al pensamiento del poeta que se halla detrás de la imagen, advertiremos en toda esta composición reprodu- cidas la manera y formas virgilianas, hasta donde lo consiente la diversidad de los idiomas . La misma gracia, donaire y trave- sura en el principio; igual elevación en el canto de Sileno, que refiere el origen de los hombres y de las cosas; y por último la 39 misma gallardía y elegancia en la estructura de la frase. En toda la versión centellean epítetos felici'simos; pintorescos algunos , al modo de los que usa Virgilio; y otros verdadera· mente horacianos , por lo complexo y profundo de la idea encerrada en síntesis brevísima, como contenida a veces en una sola palabra. Este acertado uso de los epítetos no sólo se nota en la égloga de Sileno, sino en todas las demás, y asi· mismo en las producciones originales. Son piedras preciosas, que al desengastar se de la joya en donde se hallan incrustadas, pierden mucho de su brillo y belleza: pero el lector reconoce· rá la exactitud de nuestro juicio, cuando tropiece con expre- siones como éstas: grácil avena, flavo Tíber, obstinada gleba, mis yermados lares, o con trozos como el siguien te: Desprendidas rodaban de su fren te Por el suelo pamPI'neas las guirnaldas y el cántaro surtido se veía A la pared colgado de la gru ta Del ase enflaquecida por el uso. No faltará quien piense que los anteriores versos, lo mismo que el soneto que comienza ¡Oh Musas Heliconias! dadme aliento no están bien en labios de gente rústica, ni se avienen con la índole de la poesía bucólica ; pero si .en esto hay culpa, toda ella será de Virgilio, y no del parafraste, que no hizo más que traducir o imitar. Como ya se ha notado, los poetas bucólicos no creyeron ajeno de la poes ía pastoril cantar asuntos menos humildes que los de la vida campestre, y así lo da a entender Virgilio en los tres primeros exámetros de su Egloga IV : Sic elides musae, paulo maiora cana mus, Non omnes arbusta iuvan t humilesque myricae Sin canimus silvas, siivaes sint consule dignae. 40 No debe, pues, extrañarse que siendo más elevado el asW1- to , lo sea asimismo el estilo; y que en la combinación del género épico con el bucólico, cada uno de ellos haya sacrifi- cado algo de lo que le es propio; pero salvando lo esencial y característico. Y así, la poesía pastoril conserva sus campos, sus ovejas y sus flores. Con la pompa de la dicción y la gran- diosidad del asunto, alternan la naturalidad , delicadeza y gracia de pensamientos, afectos e imágenes, y también la ele- gante sencillez de la frase. Prueba la verdad de esta observa- ción la misma égloga IV, que anuncia la espontánea fecundi- dad de la tierra, la abundancia y tranquilidad de los campos, la variedad de las fl ores y la belleza de las ovejas teñidas por la naturaleza misma, de nuevos y hermosos colores . Si volvemos nuestra atención a las poesías originales de nuestro autor, en ellas también advertiremos impreso el sello de profundo amor a la Naturaleza. Pudiera decirse que las cuerdas de su lira vibran casi siempre a impulso de sentimien- to tan puro. En las p oesías bucólicas ha sabido juntar a la sencillez y na- turalidad de Teócrito, el arte y elegancia de Virgilio; tales cualidades se hallan reunidas en el soneto intitulado "Al en- trar el invierno", que no llevará a mal el lector la ponga a la vista; dice as í : El crudo Norte con su aliento frío Va el llano poco a poco ciespojando De su hermoso verdor, y deshojando El tierno sauz del vaporoso río. ¿En dónde pacerás, rebaño mío, Causa inocente del tormento infando Que sufre el corazón? ¡Ya estás balando y aún no se cuaja el matinal roc ío! . .. Ya sé lo que he de hacer. La hierba fina Que ajironada flota en la laguna, Tu alimento será ; copuda encina Te abrigará a su pie: y en la importuna Noche fría, mi avena peregrina He de tañer el rayo de la luna. 4 1 Quizá ofenda al que no esté familiarizado con los poetas bucólicos la ingenua sencillez de esta frase: "Ya sé lo que he de hacer" ; mas si se reflexiona un poco, se concederá sin es- fuerzo, que es una de las bellezas del soneto, a pesar de la aparente llaneza de la expresión, pues brota espontánea de los labios del apenado pastor, y por su inimitable naturalidad contribuye a dar a todo el cuadro el colorido y tono propios de la poesía pastoril. Tal vez una crítica melindrosa desdeña- ría también estos versos de Te6crito traducidos por Ipandro Acaico: y mira no te acerques al camero Que de Africa me vino, porque cuerna, Títiro caro, aun al mejor vaquero. y quién sabe si hasta llegaría su desacato a notarlos de rustici- dad. En la poesía descriptiva brillan también singularmente las dotes de Pagaza. En este género, el triunfo del arte estriba en la perfección de la copia, que ha de reproducir las bellezas del original, si bien purificadas de todo lo que en la naturale- za sea feo o desagradable, y descargada de pormenores que nada signifiquen, pues no debe perderse de vista que aun en lo real debe buscarse lo ideal; y que el arte desecha lo real, cuando carece de significado. El romance intitulado "A un Poeta" es una colección de bellísimos paisajes, en los cuales el vate se muestra no sólo admirador apasionado, sino profundo observador de la Natu · raleza. Hay gran variedad en los cuadros que presenta; movi- miento y animación en los objetos que describe; frescura y verdad en el colorido; y por lo que hace a la verdad, es tan ta, que asistimos con el autor a los espectáculos que nos ofrece; y visitamos los lugares a los cuales nos conduce; todo lo que da a este romance un tinte enteramente local. En él refiere el poeta a un anúgo suyo la vida que lleva en el campo; pinta los lugares y escenas que más le deleitan, y hablando de una ex- cursión matinal, dice: 42 Me agrada al romper el día, A la luz de las estrellas Fugaz, del cerro vecino Trepar por la cumbre enhiesta: y contemplar extasiado, Sin que la escarcha me ofenda, La perspectiva admirable Que por doquier me rodea, (Ora contemple la altura , Ora contemple la tierra) En el pun to en que a la vida El mundo dormido vuelva. Aquella luz apacible Entre amarilla y bermeja, Salpicada de diamantes Que ya el horizonte incendia: Aquel plañir de los ríos Que no lejos se despeñan Entre brumas, aventando Su s aguas de piedra en piedra: Aquel aspecto arrogan te De los arbustos, que ostentan En su frente obscurecida Líquida y clara diadema; Aquel huir de las sombras Que obstinadas se atrincheran Tras los troncos, rehusando Retomar a sus cavernas; Aquella flama que asoma Del Zempoala en la cresta , Trémula, blanca, radiante Que majestuosa se eleva: Graznan las aves palustres, Los gallos cantan al verla Batiendo sus blondas alas, ¡Es la matinal estrella! Nótese, además con qué sol tura y fluidez corren estos ver- sos, y cómo no se empaña un solo punto el brillo de este cua- dro iluminado por 43 Aquella luz apacible Entre amarilla y bermeja, Salpicada de diamantes Que ya el horizonte incendia. Pero la poesía no sólo vive de imágenes, se alimenta tam· bién de sentimientos, y entre ellos ocupa el amor el primer lugar, por ser raíz de todas las pasiones. Quienes sean extra· ños al arte, y jamás hayan sido visitados por la inspiración, han de pensar que Pagaza, por la austeridad de su carácter sacerdotal, no debía hacer vibrar en su lira la cuerda destina· da a ese sentimiento. Pero pensar así es olvidar que la poesía, como lo da a entender el mismo nombre, es una especie de creación, y muchas veces canta no lo real ni lo existente, sino el ideal que ella ha creado, dándole un ser que en sí mismo no tiene. Así se concibe que sin amor se pinte el amor, y que el poeta, para dar forma concreta a un sentimiento vago, indefi· nido, y si puede decirse abstracto, finja una belleza que tiene sólo una existencia ideal. Pagaza, levantando el vuelo hasta las regiones serenas del más puro idealismo, ha puesto en sus pastores un amor tan noble y generoso, que raras veces es dable sentirlo así acá en la tierra. Y para que se vea cuán lo ha purificado yengrande· cido este sentimiento, leamos el soneto que en la corteza de un árbol escribe a su amada un pastor desdeñado. CUando la suerte con airada mano Enturbie, Filis, de tu dicha el cielo, y el desamor con hálito de hielo El fuego extinga de tu pecho insano; CUando demandes compasión en vano De quien no alcance tu inefable duelo . y sola cruces erizado el suelo . Enjuto el rostro y el cabello cano j Ven, Filis, ven a mí. La sierra erguida No ha de negamos en su seno frío Algún rincón donde acabar la vida. y tu lloro al mezclarse con el mío 44 dirán ¡ingrata! de mi cuello asida: i Fue más grande tu amor que mi desvío! No puede rayar más alto la pureza y abnegación de este amor del alma, que al par que intenso , es suave, delicado y puro como el delgado perfume de una rosa. Si se compara el soneto anterior con la oda XXV de Hora- cio, intitulada HA Udia", resplandecerán todaVI'a más las bellezas de orden moral que en él ha puesto Pagaza. Contras- tan en efecto los nobilísimos sentimientos del pastor des- preciado con la injusticia del poeta venusino que dirige a Lidia frases acerbÍsimas y groseramente lúbricas, sólo porque no ha estado en su mano evitar que el tiempo le arrebatara una a una las gracias y atractivos de la juventud. Pecado gra- vísimo para tiempos y poetas que sólo buscaban en el amo r la quinta esencia de concupicencias vergonzosas y abomina- bles. Contrastan asimismo con el soneto de Pagaza las coplas del maestro Fr. Luis de León "A una desdeñosa", y no porque en ellas el poeta horaciano haya imitado las lozanías inveni- les, o mejor diré, las intemperancias de su modelo; sino por- que vincula también el amor en la juventud y en la belleza, y lo presenta no como el sentimiento generador de afectos nobles y levantados, ni como causa eficiente de grandes sacri- ficios; sino como una exigencia de orden enteramente fisi oló- gico, claramente significada en los versos demasiado transpa- rentes, que copio en seguida: ¿Qué vale el beber en oro, El vestir seda y brocado. El techo rico labrado. y los mon tes del tesoro? ¿y qué vale si, a derecho, Os da pecho El mundo todo y adora, Si a la fin dormís, señora, En el solo y frío lecho? 45 Pagaza no sólo ha cantado la vida de los pastores, también ha llorado su muerte; y de tal manera ha descrito las angus- tis que acompañan a este último trance, y con tal verdad ha expresado el amargo desconsuelo que deja en el corazón la pérdida de un ser querido, que el lector siente humedecerse sus ojos por lágrimas tan dulces, como las que San Agustín derramaba al leer el libro IV de la Eneida. Hay en sus elegías incomparable riqueza de imágenes que excitan o avivan sentimientos de amor, de ternura y de pie- dad, as!' como de tris teza y melancolía. En una de ellas re fiere cómo un pastor en bosque sombrío y repuesto hallá á Mirtilo que, rodeado de sus ovejas, está a punto de espirar, y profiere entrecortas estas palabras: ¡Madre! ... ¡qué frío! ... ven a socorrerme . . , Ven . .. estoy solo . .. ¡ven! ¿por qué te alejas? Recoge amante mi postrer suspiro . . . Si en arrullarme fuiste la primera . . . Muere al fin, Y El mismo Apolo su radiosa frente Al espirar el seductor poeta Hundió lloroso; y desde entonces cruza Envuelto en nubes la enturbiada esfera. La personificación mitológica del sol depara al vate un nuevo modo de decirnos cómo las nubes, a manera de fúnebre paño, cubrieron el cielo desde el momento en que Mirtilo dejó de existir. Lue2:o refiere aue: Guarda sus restos en humilde fosa El vecino oquedal : con sombra densa Un ciclamor y un álamo cobijan El montecillo de mojada tierra. 46 Los deseos de Mirtilo, mostrados a un amigo suyo en días mejores fueron fielmente cumplidos. Así lo asegura quien oyó sus palabras postreras: G.lmplí su voluntad. Las cartas aves Por su prole atraídas, en las tiernas Ramas del árbol cqn el crudo viento En dulce consonancia se querellan. Su flauta, Delio, su armoniosa flauta, Que tanto, tanto mitigó sus penas, De mimbre y trébol con fragante lazo Sobre su tumba agítase suspensa. Enamoran en todo el pasaje anterior la naturalidad, verdad y delicadeza de sentimientos. Un guerrero quiere que sobre su sepulcro se admiren los trofeos que recuerden sus victorias; no es menos natural el deseo que expresa nuestro pastor. En la elegía a la muerte de Delio hay reminiscencias mito- lógicas tan oportunas que, según yo creo,justifican el uso de las cr"'.ciones clásicas del arte antiguo. Supone el poeta que De- lia cruza la laguna Estigia, y le dirige estas sentidas frases: Tal vez ahora al rayo de otra luna, En la piragua del feroz Barquero, Vas cruzando la frígida Laguna; y absorto acaso miras pasajero El agua turbia, el cárdeno horizonte , Las negras ovas e insondable estero; y al acordarte del peñón bifron te Que tu redil protege y tu cabaña En el declive de apacible mon te, Solo, entre sombras, en regi6n extraña, Tal vez sollozas, y caliente lloro En largas venas tus mejillas baña. Tal vez escuchas el crujir sonoro Del remo grácil, y de espectros vanos Yato presides el funesto coro. 47 iTal vez me llamas! . .. y al mirar lejanos Los dulces valles de la opuesta orilla, Tiendes a mí tus suplicantes manos. No se puede expresar mejor el amor a la vida y el apego a cuanto en ella es querido para nosotros, que por la admirable imagen del último terceto. Los calificativos lejanos y dulces, aplicados a los valles de la opuesta orilla, n o pueden ser ni más propios ni más expresivos. No faltará quien diga que ya pasó el tiempo de las reminis- cencias mitológicas, y que deben romper estos moldes del arte antiguo; pero yo no veo qué inconveniente haya en con- servarlos, siempre que se consideren como símbolos de idea- les más puros y más elevados. Así no se paganiza el Cristia- nismo, como han dado en decir los enemigos de los estudios clásicos; lo que se hace es hermosear las más altas concepcio- nes del entendimiento humano con las galas de la fantasía privilegiada de los helenos; y cabalmente la grande obra del Renacimiento en la esfera del arte, fue sellar la alianza de esa imaginación con la inteligencia, y todavía más, con la fe cristiana. Creo que no viene fuera de proposao citar aqu í algunas palabras de dos grandes ingenios españoles, que dan a cono- cer cómo juzgar de la influencia que todavía ejerce la mito- logía en el arte: "Los dioses griegos, dice el Sr. D. Juan Valera, viven en nosotros, tienen en nuestras almas Olimpo y Parnaso; son ideas inmortales de un pueblo que nos dio el arte,la fIlosofía y las letras humanas; contra todo lo cual ni la prosaica y posi- tiva sabiduría novísima puede gran cosa, ni el Cristianismo ha querido luchar, sino que gusta de que viva, y aun toma para adornar sus verdades y sus representaciones artísticas cuan o hay en ello de hermoso y puro. Por esto dice nuestro poeta (el Sr. Menéndez Pelayo): 'Así León sus rasgos peregrinos En el molde encerraba de Venusa, 48 Así despojos de profanas gentes Adoraron tal vez nuestros altares, y de Cristo en baswca trocóse Más de un templo gentil purificado':' Aunque hasta aquí sólo se ha hablado de las poesías bucó· licas de Pagaza, no se piense por esto que cultiva ese género con exclusión de cualquiera otro; véase como prueba la epís- tola que dirige a Tirsi, solícito por mitigar la pena que a éste causa la muerte de su excelente y cariñosa madre. Toda la composición está sembrada de enseñanzas filosóficas y cristia- nas que atavía el poeta con todas las galas de su exhuberante imaginación. Hablando de la inconstancia de las cosas humanas, nos dice: El dolor y la dicha (y ésta escasa), El sentimiento, el odio, los amores y aun el mismo recuerdo, todo pasa. Mira en el campo las galanas flores: Un mismo sollas tiñe en el est ío y en invierno las queman sus rigores. Fija tus ojos en el fresco río; y advierte que unas veces se desliza Con blando munnurar, y otras bravío. Si una nube de púrpura o pajiza Al sonrerr el alba surca el cielo y partida en jirones le matiza, A la tarde trocada en pardo velo Esconderá la luz hennosa y pura Poniendo el mundo en confusión y duelo Así el triste mortal loh desventura! Liba apenas un cáliz de ambrosía Para agotar un cáliz de amargura. y ten por cierto que en alegre día Es. hermoso brillar del ,01 divino, IlaUln~nll.UI! Es precursor de tempestad lIombrIa. 2893549 49 Teniendo presente el poeta que el dolor simpatiza con el dolor, y que el llanto del que padece es más eficaz para el con- suelo que la risa del que goza, le dirige a Tirsi estas sentidas frases: ¿Podré esperar que temple tus querellas rvfi débil voz, si vez que los pesares En mí han dejado tan profundas huellas? Sí, ven conmigo a mis yermados lares En donde solo la iracunda muerte Me deja a mí, y el tiempo dos pilares. Imposible es analizar y ponderar el hondo sentimiento de tristeza que no causan esos ye nnacl os lares en los que tal es- trago ha causado la acción destructora del tiempo, que casi no quedan ni ruinas de ellos. Quien así siente y hace sentir es verdadero poeta. Con dolor tan acerbo contrasta la ine fable alegría que llena el alm a, cuando poniendo el vate la esperanza en la dicha perenne de una vida ulterior, nos dice en un bellísimo terceto: Para el que muere luce eterno día ; Arroja ufano la gravosa carga, Y, huye del mar entrando en la bahía. Interminable sería este prólogo, ya demasiado largo, si hubiera de analizar todo lo que deleita o admira en el presen- te libro . Los pasajes que he procurado hacer conocer, revelan dotes que aseguran a su autor el título de poeta. En ellos, lo mismo que en el resto de la obra, la versificación es fácil y fluida, la rima abundante y espontánea, la dicción siempre poética, el lenguaje copioso, limpio y correcto. Su musa es a veces zagala ataviada de flores del campo, que enamora por su gracia y ge ntile za ; a veces grave matrona que nos suspende y admira por la arrogancia y majestad de su porte. 50 Cuando leemos sus versos, advertimos cómo las ideas, des· cendiendo desde las alturas de la abstracción, encarnan en las imágenes de rica y lozana fantasía, y cómo esas mismas imá· genes dan color y mayor vida a sentimientos nobles y genero- sos unos, tiernos y delicados otros; pero todos expresados con maravillosa verdad, así por la propiedad de la frase, como por su fiel correspondencia con el ritmo poético. Finalmente, por lo que mira a las poesías bucólicas de Pa- gaza, creo que puede aplicárseles lo que Quintana dijo de las de Francisco de la Torre. En toda ellas, "sus imágenes, sus pensamientos, y su estilo no desdicen nunca de este carácter, y guardan la propiedad más rigurosa con él. Sus dotes más eminentes son la sencillez de la expresión, la viveza y ternura de los afectos, la lozanía y amenidad risueña de la fantasía. Ningún poeta castellano ha sabido como él sacar de los obje- tos campestres tantos sentimientos tiernos y melancólicos: una tórtola, una cierva, un tronco derribando , una yedra caí- da le sorprenden, le conmueven y excitan su entusiasmo y su ternura." Perdóneme el lector que haya fatigado su atención con tan largo prefacio; pero cautivado por las bellezas que he podido descubrir en estas poesías, quise compartir con él1as gratas impresiones que han dejado ellas en mi alma, y exponer mi manera de juzgarlas. Cierto es que el juzgarlas había de reser- varse para quien fuera crítico y poeta a un mismo tiempo; no para mí, que no soy ni 10 uno ni lo otro, como creo dejar- lo bien probado en este desdich adísimo prólogo. Quizá se me sindique de parcial, notando que he tenido elogios para los aciertos, mas no censuras para los defectos, leves sin duda; pero que no faltarán en este libro, como no faltan ntulca en ninguna obra hwnana. A esta observación contestaré con el célebre autor de la carta a los Pisones: Hay empero defectos que merecen Indulgencia o perdón, pues ni templada El músico su cítara hallara siempre J y en vez de un tono agudo un grave saca, 51 Ni siempre al blanco el tirador acierta; A3í, pues, si primores mil realzan Un poema magnífico, no debo Dejar de perdonar ligeras faltas, Ora sean efectos de descuido, O de la pobre condición humana. (Traducción de Burgos ) Creo que el lector benévolo, pero al mismo tiempo justo, aplicará los anteriores versos al presente libro, que, según yo pienso, sobrevivirá, sin duda, a su inspirado autor. 52 RESEliIA A MURMURIOS DE LA SEL VA A.M.G.R.* Hace algún tiempo dedicamos algunas líneas a juzgar a un re - nombrado poeta mexicano, Manuel Acuña¡** hoy vamos a examinar ligeramente a otro poeta, mexicano también, que forma marcadísÍIno contraste con el autor del "Nocturno": tal es D. Joaquín Arcadio Pagaza, canónigo de la Catedral de México e individuo de la Academia Mexicana. Quizá es México, de todas las repúblicas hispano-america- nas, aquella donde más claramente están deslindadas dos grandes escuelas poéticas: una que sigue fielmente las tradi- ciones clásicas, que se distingue por la pureza del lenguaje, la corrección del estilo, la mesura en pensamientos e imáge- nes, pero que adolece de cierta frialdad; y otra, que atiende poco a la corrección de formas, que ostenta un carácter poco castizo, y en quien la fantasía predomina en daño de las cualidades reflexivas. La primera cuenta con tan distinguidos • Apareció en el diario 1.4 Nación, de Bogotá, Col., el 17 de abril de 1887. donde llevaba el título "Poesías de Pagaza. Murmurios de la Selva. Ensay os poé- ticos por D. Joaquín Arcadio Pogaza, prebend4do en lo. Santa Iglesia MetTopoUta- na de México. individuo de número de la Academia Mexicana y coruspondiente extranjero de la Real española. Con prólogo escrito por D. Rafael Angd de la Peña, secretan'o perpetuo de la Academia Mexicana, México, 1887. Un tomo de 215 páginas." Fue reproducido en El Tiempo , Año V, núm. 1423, México, 31 de mayo de 1888. pp. 1-2. u En nota colocada aquí. los redactores de El Tiempo prometían la repro- ducción del ensayo sobre Acuña. Efectivamente, éste se reprodujo en el número 1426,5 de junio de ese mismo año (p. 1). 53 representantes como Pesado, Arango y Segura; en la segunda militan ~a!l1bién floridos ingenios, como Altamirano, Flores y Acuña. Las poesías de Pagaza son estrictamente clásicas; este autor ha traducido las églogas de Virgilio (una fiel, otra parafrásti. camente), y en sus poesías originales ha tratado de renover el tipo de la poesía pastoral o bucólica. El Sr. D. José Angel de la Peña, [sic] docto filólogo yele. gante escritor, aplaude el camino tomado por Pagaza, y con- sagra algunas páginas de su importante prólogo a demostrar que no hay razón para sostener que la poesía bucólica sea impropia de nuestro siglo, y debe, por tanto, dejar de culti- varse. Niega el Sr. Peña la supuesta esterilidad de la poesía pasto- ral, y sostiene que todo asunto es poético e interesante con tal que se le trate poéticamente. En apoyo de esta última aserción aduce el testimonio de varios escritores ilustres, y cita el siguiente profundo concepto del Sr. Caro, a quien él, con justicia, apellida profundo crúico e insigne humanista: "La poesía es una manera ideal y bella de concebir, de sentir y de expresar las cosas j por manera que la esencia de la poesía es siempre una misma, si bien la esfera en que se ejercita es inmensa. Cada género de poesía es la aplicación de las facul- tades poéticas a determinado campo, por lo cual no es razo- nable fallar que en el siglo presente o en el futuro no ha de cultivarse sino tal género de poesía, la científica, v. gr., pues no hay motivo para estrechar ni localizar la jurisdicción del poeta. Buena fue, es y será siempre la poesía, siendo poes{a." Estas palabras encierran una gran verdad. Sería empresa necia e imposible que todos los ingenios cultivaran un solo género artístico, cuando los dominios del arte son tan vastos, y tan varias las aptitudes del hombre. Por mucha importancia que tenga W1 género, no se le puede conceder un predominio tal que ahogue todas las otras manifestaciones artísticas que, siendo bellas, tienen su razón de existir. Pero si no se puede admitir semejante exclusivismo, tampoco es posible descono- 54 cer la superioridad de ciertos géneros y la conveniencia de cultivarlos, con preferencia a otros, en detenninadas épocas. y colocada la cuestión en este punto, tenemos que confesar que no creemos que la poesía bucólica sea muy propia de nuestros tiempos. Sin pretender en absoluto que todo poeta debe ser órgano de la sociedad en que vive (doctrina que puede llevar a lamen- tables extravíos a poco que se le exagere), creemos que él no puede desentenderse por completo del medio en que vive, y que hay ocasiones en que debe presentarse, al par que como sacerdote de las Musas, como miembro activo de la sociedad. En épocas de lucha como la presente, en que todo está puesto en tela de juicio, en que la marea revolucionaria pugna por so· cavar los fundamentos del orden social; en que la negación impía quiere suprimir a Dios y borrar los más altos ideales de la humanidad; ¿es bien que el poeta gaste su inspiración en cantar pastores ideales, en vez de levantar su enérgica voz de protesta, doblemente valiosa, por brotar de labios inspirados, contra las invasiones del mal? Y si dejamos a un lado las oca· siones en que es un deber del poeta dar a sus obras intención social y nos contraemps puramente a la esfera literaria, es innegable que en el estado actual del arte, todo género li te- rario, para tener condiciones de vida, ha de surgir de las en· trañas de la realidad. No quiere decir esto que el arte deba limitarse a fotografiar la Naturaleza; sino que hoy día no tiene razón de ser un género falso. Goethe, el gran maestro de la literatura moderna, insigne poeta al par que profundo crítico, resumió en dos palabras la fórmula de las tenden· cias artísticas de la época: Poesía y verdad. Que la poesía bucólica, tal como se la ha cultivado en las principales naciones antiguas y modernas, es un género falo so, no puede revocarse a duda. Paul Albert, en su importante libro titulado La poesie. después de citar los versos en que Boileau define la poesía pastoral, resume en las siguientes pa- labras las opiniones de los preceptistas sobre cómo debe ser el género bucólico: "Presentadnos pastores, pero pastores 55 que haban su toilette. que se expresen elegantemente, que tengan ideas y sentimientos capaces de interesarnos, a quienes podamos seguir en sus campos, sin tener que avergonzarnos de semejante compañía; es decir, que los pastores no sean pastores. He aquí la última palabra de la teoría. Así tenemos en la poesía pastoral el más falso, el más enfadoso de todos los género s. Hombres, animales, lugares, ideas, pasiones, cos- tumbres, todo es convencional, todo está en oposición con la verdad y la naturaleza." No es injusta esta censura, si bien no puede aplicarse en todo su rigor , a la totalidad de los bucólicos . Teócrito, el mayor de ellos, es uno de los más sencillos, uno de los que con ojos m ás amantes han estudiado a la Naturaleza y con más facilidad ha logrado prestar indefmible encanto a insignifican- tes detalles. El poeta que en Las siracusanas copió con tanta fidelidad los diálogos familiares de dos burgueses charlatanas, está muy lejos de todos esos bucólicos del Renacimiento , que no sólo idealizaron a los pastores, sino que pusieron en su boca metafísicos razonamientos de amor. Otro inconvenien te que tienen casi todas las pastorales españolas e italianas es su monotonia, pues en lo general se reducen a variacio nes sobre temas de Virgilio, como se observa en las obras de Garcilaso, si bien este insigne poeta, que ama- ba a la naturaleza, acertó en ocasiones a dar cierto aire y ori- ginalidad a los rasgos que tomaba de los escritores antiguos. Pero lo s poetas que le siguieron, en vez de inspirarse en la realidad, se inspiraron en los libros y comunicaron una insu- frible frialdad al género. Las novelas pastoriles, entreversadas de verso y prosa, fueron producciones lamentables. Con ra- zón dice el citado Albert: "CelVantes mismo, el inmortal satírico, el gran pensador que reunió en su obra lo ideal y lo real, personificados en D. Quijote y Sancho Panza, Cervantes compuso un a Calatea! El poderoso genio de Lope de Vega perdió su brío entre las languideces de una Arcadia. Andrés Chénier, poeta en quien las aficiones clásicas eran naturales, pues como es sabido, su madre era griega, compuso 56 buen número de bucólicas en que reina una agradable varie- dad; pero que se apartan no poco, en su mayor parte, del tipo consagrado de la poesía pastoril. ASÍ, en L 'aveugle pinta al viejo Homero, que durante su penosa peregrinación llega a una playa hospitalaria, y en cambio de los cuidados que le prodigan los habitantes canta trozos de sus inmortales poe· mas; en Le mendiant cuenta la historia de Cleotas de Larisa, que después de haber vivido en la opulencia tiene que sufrir las duras caricias de la suerte, y, desamparado, llega por caso a la mansión de Líco, uno de sus antiguos servidores, a quien había colmado de beneficios, el cual, luego que reconoce a su antiguo señor, lo abraza y lo sienta a su lado en la mesa del festín. De esta misma clase hay algunos otros idilios, de los más notables. Pero al lado de estas hennosas escenas, que tie- nen poco de campestre, encuéntranse en Chénier cuadritos rústicos de insuperable belleza y de profunda verdad, pues es de advertir qu este poeta, a pesar de que tenía siempre a la vista los autores clásicos y se complacía en reproducir sus ideas, cuidaba también de estudiar a la Naturaleza. Así, al pie de una composición en que pinta una escena del campo, dice que la vio en tal parte y en tal día. Sirvan de muestra de la belleza y sinceridad de algunos rasgos pastoriles de Chénier estos versos que pone en boca de una joven zagala: . . . Les bergers, le soir Quand, le regard baissé, de passe sans les uoir Doutent si je ne suis qu 'une simple mortelle Et me suivant des veux disent: "Comme elle est belle." Pero la poesía de Chénier, a pesar de su perfección, no sa- tisface las necesidades de nuestro estado social; y hoy prefe· rimos a esos idilios que nos transportan en medio de la anti- gua civilización helénica, los enérgicos cantos que la musa moderna ha consagrado a la Naturaleza, transformada me- diante el tenaz esfuerzo del hombre por boca de sus más in· signes representantes, como Goehte, SchilIer, LongfelIow, etc. Concretándonos a lo sucedido entre nosotros, ¿quién no pre- 57 fiere a una égloga la poesía americanista, patnotJca y social de Bello, o bien la de Gutiérrez GonzáJez, de tan sano y vigo- roso realismo, en la cual no se idealiza la Naturaleza, sino se descubre la oculta belleza que encierran las diarias faenas agrícolas? En lo que llevamos dicho sobre la poesía pastoril, no nos hemos referido, en particular, a las poesías de D. Arcadio Pa- gaza_ Este distinguido poeta no tañe la avena pastoril por se- guir los caprichos de la moda, sino por espontáneo impulso_ Aun en aquellas composiciones en que trata altos asuntos religiosos, se vale de comparaciones tomadas de objetos natu- rales para hacer sensible la idea teológica_ Así, por ejemplo, para realzar el milagro de la virginidad de la Madre de Dios, nos dice cómo las flores para transformarse en fruto tienen que morir, al paso que la flor de Nazaret Al producir su ñu to bendecido Integra queda y en su talle hermosa. Citaremos o tro soneto de esta clase, que se presenta a al- guna obseIVación por contener una idea parecida al' famoso de Blanco White, titulado "Night"_ Celebra el poeta la tran- sustanciación del cuerpo de Jesús en las formas consagradas y trae un símil del soL Copiaremos el trozo para mejor claridad: lleno de amor, negado a las querellas Del aura y aves y fontanas puras, Tramonta Febo, y a la noche oscura Borrar permite sus fecundas huellas. Pero al enviar las últimas centellas Aquese duelo aviva su ternura, y cambiando ingenioso de figura De nuevo encarna en mil y mil estrellas. Si el poeta dijera que el sol presta su luz a la luna y a los planetas, el símil sería correcto, pero refiriéndose a las estre- llas es inadmisible_ 58 La idea de Blanco ''''hite no presenta el mismo inconve- niente. Después de pintamos el asombro de Adán cuando vio que, puesto el sol surgían en el c ielo innumerables estrellas, exclama: . . . Who could find Whilst fiy , and leaf, and insect stood revealed That to such countles orbs th oy mad'si us blind! En las poesías propiamente pastoriles se advierten las dotes poé ticas de Pagaza, la frescura y colorido de su pincel, así como también los defectos de la escuela poética a que está afiliado. Veamos, por ejemplo, la "Elegía" que se registra en la pá- gina 126, escrita en fáciles y armoniosos tercetos. El senti- miento natural del poeta le inspira hermosas estrofas; pero el deseo de seguir fielmente la huella de sus maestros lo lleva a decir , dirigiéndose al muerto (que es por cierto un pastor), cosas como esta: Tal vez ahora el rayo de otta luna En la piragua del feroz Barquero Vas cruzando la frígida laguna ; y absorto acaso, miras pasajero El agua turbia y el cárdeno horizon te , las negras ovas e insondable estero. El docto prologuista estima estas alusiones mitológicas como adornos muy propios de la poesía moderna; y se apoya, para sostener esto, en un lugar de D. Juan Valera, en donde este eminente crítico declara que los dioses griegos no han muerto y habi tan aún en nuestra fantasía como ideas inmor- tales de un pueblo que nos dio al arte,la filosofía y las letras humanas. Esto es evidente, pero de ahí no se sigue la conclu- sión que quiere el Sr . Peña. El arte griego latino ha servido de modelo al arte moderno: es natural, pues, que el sistema mitológico que informa aquél, 59 tenga para nosutros mayor atractivo que el de cualquiera otra nación. Prácticamente se ve esto leyendo las poesías de Le· cante de lisIe, por ejemplo. Aquellas en que refiere hechos relacionados con las divinidades griegas, las entendemos y gustamos sin dificultad; las que tratan de asuntos relativos a la teogonía de la India son menos accesibles al común de los lectores, y a veces, leyéndolas, nos quedamos a media miel. Pero de que en la historia del arte tengan grandísima impar. tancia las ficciones de griegos y romanos, no se sigue que hoy sienten bien las alusiones mitológicas. El mismo Valera ha dicho: "En una narración poética de antiguas edades. en que las fábulas pueden entrar y tienen verdad estética." 1 Menéndez Pelayo, autoridad nada sospe· chosa, dice: "Llbreme Dios de recomendar esa falsa y ridícu· la imitación de ciertas épocas en que con fárrago mitológico, traído fuera de tiempo y con ciertas fórmulas convenidas y de ritual, que malamente se llamaban clásicas, solía tratarse todo asunto, aun de los modernos."2 Por otra parte, si esta poesía erudita es por sí poco natural, puesta en boca de rústicos labriegos es más impropia todavía. Si el Sr. Pagaza hablara siempre en nombre propio, compren· deríamos (aunque no aprobaríamos) las reminiscencias mito· lógicas, porque sabemos los puntos que él calza como erudi· to; mas no podemos decir lo mismo de los pastores que hablan en sus obras, y que, probablemente, serán mexicanos. Por ejemplo, en la "Elegía" que aparece en la página 120 hay un largo monólogo, puesto en boca de un pastor moribundo, y allí hallamos estrofas como esta. Con paso lento las cobardes sombras De los barrancos a las agrias cuestas Suben tal vez y urgida por los celos Expiando a Febo se leva1tta Delia. 1 "Prólogo" a las PoeSl'as d~ Menéndez y Pdayo, p. LXV. 2 Horacio en España. t.lI, p. 346. 60 No menos extraña es la mezcla de rasgos clásicos y otros de carácter local y americano. Por ejemplo, en aquel soneto en que, pintando la puesta del sol, dice: Hu elga Febo en hamaca de amaranto. Disgusta que se llame al sol con su nombre mitológiw y se le asocie con un objeto tan poco clásico como la hamaca. Nótese también esta mezcla (y es mucho más reparable en este caso) en la traducción de las églogas de Virgilio. Nota el Sr. Caro que Hemández de VeIasco incurre en un anacronis- mo cuando pin ta a la famosa guerrera Camila alzándose en los estribos; no menos notables son ciertos anacronismos de Pa- gaza, como cuando hace decir al poeta mantuano: En ese tiempo abrazará el manzano Al glorioso y erguido cocotero . Pero estos inconvenientes no son bastantes a amenguar el mérito poético de Pagaza. Hay en sus descripciones riqueza de colorido, abundancia de imágenes e intensidad de senti- miento. Léase, por ejemplo, el "Idilio" (p. 114), escrito en sonoras octavas reales. Hay en esta poesía hermosas pinceladas des- criptivas, como se ve en la siguiente estrofa: El labrador I hollando los helechos Que tronzó en la mañana despiadado, Cruzaba taciturno los barbechos, llevando al hombre el fecundante arado; En espiral, de los pajizos techos. A la esfera lanzábase azulado y denso el humo; y en la parda cumbre Del hogar divisábase la lumbre . Si hábil se muestra Pagaza en las descripciones, no lo es menos, a veces, en la expresión de los afectos. Del citado 6·1 "Idilio" tOmamos el siguiente soneto, en que habla un aman- ·te de sdeñado: Cuando la suerte con airada mano Enturbie, Filis, de tu dicha el cielo, y el desamor con hálito de hielo El fuego extinga de tu pecho insano; Cuando demandes compasión en vano De quien no alcance tu inefable duelo, y sola cruces erizado el suelo , Enjuto el rostro y el cabello cano; Ven, Filis, ven a mí. La sierra erguida No ha de negarnos en su seno frío Algún rincón donde acabar la vida. y tu lloro al mezclarse con el mío, Dirás, ¡ingrata! de mi cuello asida: .. j Fue más grande tu amor que mi desvío!" Tiene Pagaza el mérito de la corrección y abundancia del lenguaje, lo cual no es extraño en un individuo de la sabia Academia Mexicana. En el estilo lleva Pagaza infmita venta- ja a otros poetas de brillan te imaginación, sin duda; pero que se han amamantado en las obras de escritores extranjeros, y no se han consagrado al atento estudio de la lengua y los es- critores clásicos. La traducción de las églogas de Virgilio es de lo más impor- tante del tomo. No está Pagaza a la altura del Sr. Caro , pero es de los más felices traductores castellanos de Virgilio. A veces su versión es en extremo parafrástica, como se echa de ver en la égloga tercera. Como es sabido, describe Virgilio una lid poética entre dos pastores, cada uno de los cuales recita, alternadamente, dos versos. Ahora bien: Pagaza parafrasea en un soneto la idea contenida en cada par de versos, ya introdu- ciendo expresiones de carácter virgiliano, ya pensamientos de su propia cosecha. Los tercetos en su mayor parte están escri- tos con soltura y elegancia muy notable, y no se sabe qué admirar más, si la felicidad del pensamiento o la habilidad con que están cinceladas las estrofas . Algunas de las ideas 62 nuevas introducidas por Pagaza son muy felices, como es de ver en estos versos, justamente elaborados por el doctor Sr. Peña: Oh Musas Heliconias, dadme aliento! comencemos por Jove soberano, Que martilló con vigorosa mano Hasta combar el alto firmamento. El a la Tierra púsole cimiento Sin escuadra ni plomo; en el verano El borda la pradera, y del manzano Cuaja las flores y encadena el viento. Cree Pagaza, siguiendo a muy agudos intérpretes, que la égloga IV de Virgilio es una especie de profecla de la venida de Cristo, y así introduce en esta composición rasgos de ca- rácter enteramente cristiano. El Sr. Peña opina de distinta manera; mas no por eso deja de reconocer el mérito de la versión escrita en armoniosÍsimas octavas, de que puede dar muestra la siguiente estrofa: Oh niño celestial,la blanda risa Conoce, es tiempo, de tu madre hermosa, Quien del cielo a las órdenes sumisa En su albo seno te llevó amorosa. y el hijo que no muestra por divisa El amor de sus padres, no reposa Del almo Empíreo en el soberbio estrado, Ni con Diosas verás desposado. Las traducciones de Pagaza demuestran hasta dónde puede llegar el castellano en punto a armonía de versificación, a novedad de expresiones y giros, a elegancia de estilo. En suma, el libro de Pagaza, a pesar del exagerado clasicis- mo que ostenta en ocasiones, es de los de poesía americana uno de los que merecen mayor atención por la corrección y elegancia del lenguaje , por el buen gusto que reina en sus pá- gi nas, y so bre todo , por la pureza en pensamiento y expresión. 63 EL PADRE PAGAZA Manuel José Othón De qué maravillosa manera la poesía de Pagaza se ha abierto amplio espacio en el campo de las hispanas letras, ensanchan- do sus dominios, triunfadora en brev{simo tiempo, y llegando en son de conquista a imperar alIado de la musa de los más altos próceres de la rima, como el Cid veía ensancharse los dominios de Castilla delante de su corcel de batalla, es cosa que todos sabemos y hemos visto. Porque por nuestros oídos han pasado sus dulcísimas y blandas armonías; ante nuestros ojos han brillado sus fulgurantes colores y arrebolados mati- ces, opulentos de luz y de color; y por nuestro corazón me· lancólico y hastiado, han corrido, susurrando suaves y arrulla- dores, inundándolo en plácida y apacible calma, los hálitos arrobadores del verbo que palpita entre los admirables ende- casIlabas escapados de la grácil avena del maestro; y hemos a su paso sentido en el alma, en correlativa proporción, algo semejante a lo que sintieron los pro fetas, cuando en sus ros- tros empalidecidos por el éxtasis o encendidos por el fuego del amor, soplaba el Espíritu divino_ Pero lo que no sabemos, pues los hombres encargados de estudiar las altas personalidades poéticas no nos lo han dicho aún, es la razón por qué en estos tiempos, en que a la verdad, • Se publicó en lA República LiteTa,ja, t. V. Guadalajara,Jal.,México, 1890, pp. 539~542 Y reapareció en las Obras completas de Manud José Othón. México, Nueva España, 1945, pp. 675·679. 65 y por más que se empeñen doctos y eruditos varones de cons- picua representación en la república de las letras, la poesía pastoril era, hasta hoy, exótica; y si lograba florecer, lo hacía a la manera de esas plantas traídas de la India o de la China que sólo viven bajo la bóveda de cristal del invernadero y a fuerza de darles el calor proporcionado de las estufas; no sa- bemos, repito, por qué la poesía de Pagaza, sin obstáculo, sin contradicción, sin ser discutida siquiera, se ha abierto pla- za y ha venido a sentarse, envuelta en su blanca túnica, coro- nada de arrayán, y trascendiendo a tomillo y a miel de la fabricada por las abejas del Himeto, al lado de la musa de Núñez de Arce, cubierta de roja vestidura, de angustiada y majestuosa faz como la de Dante, y coronada de olímpicos laureles; y mano a mano con la de Menéndez y Pelayo, de rostro helénico, mirada luminosa y apacible, y cobijada, a su pesar, en las hopalandas universitarias. Yo de mí sé decir que la voz dulce y arrobadora de esa poesía, cuando llegó por primera vez a acariciar mis oídos, inundó mi corazón de plácida bonanza, produciéndome bie- nestar indefinible, dejando en mi alma impresión consolado- ra, y en mi paladar literario -aunque no se me permita la frase - regalado sabor, como el que produce en el febricitante la calmadora bebida que gusta después de las amargas póci- mas que ha apurado en vano para recobrar la salud. Sería tal vez porque mi espíritu se hallaba impregnado de las suaves limpideces del cielo y de la calma arrobadora de la naturaleza, y muy a propósito para recibir las gratas impresio- nes que esa maravillosa inspiración de Pagaza produce en el ánimo de los que la sienten. Acostumbrado estaba ya a la contemplación de los grandes y augustos paisajes que ofrecen nuestros bosques vírgenes y nuestras selváticas montañas. El parlorama cambiaba diariamente; a veces de un instante a o tro. Ya se ofrecían a mis atónitas miradas pedregosas cuestas y vertiginosos desfiladeros; barrancos peñascosos y abruptos, cuyos bordes orlaban el cedro y el oyamel y el encino y el roble , formándole hirsuta y ondulante cabellera; ya se me 66 presentaba el valle profundo y lejano, con sus sembrados cu- biertos de mieses y sus ríos que parecían arroyos y sus arro- yos que semejaban cintas de escarcha desmenuzada y brillan- te . El sol de fuego, el aire pletórico de rumores y perfumes , las noches majestuosas y solemnes, y sobre mi cabeza el cielo profundamente azul, transparente y límpido, como bóveda de cristal iluminada por de fuera con gigan teseos focos de una luz eléctrica no descubierta todavía. A las veces, las tardes frescas y blancas, matizadas con tonos de azul pálido , hacían flotar su velo vaporoso y perfumado, calmando en mi frente el ardor con que la había caldeado el mediodía, y en mi cora- zón el fuego de los deseos, de las ambiciones, de los apetitos. y las noches se acercaban; y todos los ruidos , todos los rumo- res, todos los ecos iban apagándose poco a poco, y entonces , bajo rústico techado y a la luz de ahumado candil, abría el libro de Pagaza ___ y leía y leía y leía, acabando por no saber si aquellos Murmurios de la selva eran los que traían a mis oídos las brisas de la noche, o los que hacía sonar en mi es- píritu el plectro sabiamente meneado por el incomparable lírico. Uegué a familiarizarme con la musa de Pagaza de tal mo- do, que muchos de los cantos de aquel inspirado libro se que- daron grabados en mi ya perdida memoria; y tuve deseos de engolfarme en los laberintos de retamas y hojarasca de la poe- sía pastoril, y abrí mi Garcilaso y mi Virgilio, arrinconados y polvorientos en una de las tablas de mi pobre biblioteca ; y volví a leer a Ipandro Acaico, y llegó a tal grado mi entu- siasmo y amor por la bucólica, que despertóse a mí la ya dormida y casi muerta inspiración, y escribí, escribí versos a los que intenté dar sabor y colorido campestres; y si no con- seguí acercarme siquiera al umbral del templo en que habitan los maestros, saqué gran provecho, y más que todo, tuve gran consuelo: el de que pude volver, como en lejanos días, a dis- traer el ánimo y calmar mis penas, entregándome a los conso- ladores trabajos de verter en rima mis impresiones y mis ideas. Pero ha pasado el tiempo_ He vuelto, después de muchos 67 años, a vivir la vida de agi tación fe bril y ruda de las ciudades; y hoy que se llevan las h oras de mis días la notificación, y el escrito, y el alegato, y la gacetilla, y la noticia de sensación y el chisme de crónica escandalosa, iba olvidando aquellas gratí- simas impresiones sentidas al calor benéfico de las lecturas de Pagaza. Casi de mi memoria, aunque no de mi corazón,habían huido los cincelados endecas I1abos y esculpidos sonetos del virgiliano poeta, cuando éste, queriendo tal vez recordar a los que lo admiran ya los que lo aman, que no se ha muerto aún , nos regala nueva obra suya, en que, con pretexto de parafra- sear el canto primero de cierto poema intitulado Rusticatio mexicana , hace descripciones vivas, palpitantes, vertientes de luz y colorid o, y ante todo, inmensamente bellas, sobre el Valle de México y sus lagos_ Vense allí fl otar en los canales las chinampas; óyese en las moliendas el crujir de los cilindros prensando, apabullando las cañas; el hervir de las mieles en las pailas; el zumbar de las abejas en las colmenas, el zambu- llir de los patos en el agua, y el chapalear de los remos; y vense y óyense, por último, los re flejos del sol de nuestro cie- lo y de la nieve de nuestras montañas en nuestros lagos, y el murmurar de nuestras brisas acariciando los mimbres y los tules que crecen a la orilla trépidos, onduladores y resonantes. A Juzgar por los tres primeros exámetros que sirven como de epígrafe al can to de Pagaza, el traductor no sólo parafra- seó, sino embelleció las lucubraciones del padre Landívar. No las conocemos ... , pero nos sobra y basta con la versión para- frástica que publica la Academia Mex icana, correspondiente de la Real Española, en el último cuaderno de sus Memorias. 1890 68 RESEIIIA A ALGUNAS TROVAS ULTIMAS Hilan"on Frzas y Soto * Tengo un precioso libro a la vista: las Trovas últimas, de uno de nuestros primeros poetas, de los pocos, muy pocos, que cultivan hoy un estro enteramente nacional. En hora infausta para mí obliguéme a escribir sobre este bellísimo libro y sobre su autor: esas trovas tan admirables son el primer obstáculo para cumplir mi mandato ... porque no puedo dejar de leerlas para comenzar mi pobre juicio crítico. ¡Son tan bellas! Pero se me estrecha el tiempo en que debo entregar al ca- jista mi humilde artículo y debo comenzarlo ya. Para proce· der con méto do, tengo que plantear esta interrogación: ¿el Sr. Pagaza es un poeta nacional? Esta cuestión es pertinente si se atiende a que nuestra poe- sía, salvo algunas excepciones, todo es, menos mexicana. Im- portada a mitad del siglo XVI, de España, fue exclusivamente española durante el período colonial, y conservó este carácter aun muchos años después de consumada nuestra independen- cia. Sufría nuestra literatura las metamorfosis de las bellas letras en la Península, según iba imprimiéndo el progreso nue- vas formas al pueblo español: el canto de los poetas, las vigo. rosas concepciones de sus dramaturgos, y aun los clamores • Frías y Soto, Hilarión, "Joaquín Arcadio Pagaza. Trovas últimas". En El Re- nacimiento, Periódico Literario, St:gunda Epoca, Mc:xico, 1894, pp. 13-16, 17-21 Y 3740. 69 apasionados de los periodistas de la madre patria parecían repetidos aquí como un eco debilitado por la lejanía de los mares. Nuestra literatura carecía, por tanto, de originalidad. Es que nuestra raza, como todas las razas de sangre pobre en glóbu- los rojos, es esencialmente imitativa. Pero pronto dejó de ser España nuestro modelo: nuestra literatura adquirió un vicio, del que no puede curarse aún, el galicanismo. in oculado por la numerosa importación de obras francesas, y propagado por la extensión del idioma francés en la educación de lajuventud. Es ta evolución en nuestro idioma , insensible para los que la sufrimos, como sucede en todas las afecciones orgánicas, es tan profunda y radical, que alardeamos de ella como de un adelanto en nuestra cultura intelectual. y el galicanismo lo ha invadido todo, el idioma, los hábitos y costumbres, las instituciones, los códigos, las ciencias y las artes. Nuestra lengua culta es parisiense, ya sea la que habla la ju· ventud dorada, plagiando la goma de París, ya la que usan nuestros periodistas en sus revistas de salón, O nuestros cro- nis tas de la prensa. y esta epidemia de gal icanismo era inevitable y casi inco- rregible ya. En nuestras escuelas el aprendizaje del francés era forzoso, y forzosos los libros franceses de texto. Nuestra Escuela de l\ledicina no forma médicos sino auto- res franceses; por eso tenemos un profesorado, brillante y extenso, pero superficial. En los códigos republicanos injerta- mos el código Napoleón, y en derecho sólo conocemos los comentadores franceses. En pintura, en escultura . .. no, en eso sí no somos galica- nos, porque no tenemos escultores ni pin tares. Pero comemos a la francesa, aunque prepare nuestro menu no un cordon·bleu. sino un galop ín importado de algunagar· 70 gotte. de los muchos que han venido a México a ser la causa eficiente de una dispepsia general. Nuestras jóvenes se visten, no como las parisienses, sí como esas ridículas caricaturas de la moda de exportación, que si· mila a las jóvenes con los malos grabados de la Ilustración. Nuestros literatos son la comprobación irrecusable de la invasión del galicanismo: al leer sus producciones , viene el de- seo irresistible de ir a buscar el original en Claretie, en Teófilo Gauthier, o en Flaubert. ¡y qué amaneramiento en la frase, qué rebuscar calificati- vos exóticos para simular belleza en las ideas! He aquí por qué esa poras no tiene lectores, y esa poesía que aloja compa- sivamente la prensa periodística, pasa ignota, y sólo la recorre un viajero aburrido en W1 vagón, o una señorita cursi aspiran - te a literata. Por eso consuela ver aparecer una que otra vez un verdade- ro poeta como el autor de Algunas trovas últimas. Con esas trovas se eleva el sentimiento, se olvidan las decepciones que se nos acaban de escapar, y se concibe alguna esperanza por el porvenir de la literatura nacional. * * * Ya conocía al Sr. Pagaza, ya había leído sus Murmurios de la selva, que no me atrevo a analizar aquí, después del admira· ble prólogo con que los precedió el correctísimo hablista Ra- fael Angel de la Peña. Cuando leí las admirables traducciones de Virgilio, hechas por el Sr. Pagaza, cuando sentí una verdadera delectación con aquellos versos sonoros, musicales, que parecían impregnados por el perfume de las flores silvestres del campo, extrañé que pudiera deleitarme la poesía bucólica, después de haberme saturado durante muchos 2I.ños con el estro candente ael ro- manticismo moderno. También el galicanismo me había gas- 71 tado el gusto crítico con su grosera desnudez, con su espíritu escéptico, y con su forma sensacional. Hasta creía que el medio ambiente influía en la impresión que me causara la musa pastoril del Sr. Pagaza, que llegaba a mí púdica y sonriente, trayendo en la recogida falda Diez pomas tintas de oro y púrpura, bañadas de rocío Que les daba frescor ,lustre y decoro. Un desastre político y una enfermedad rebelde me lanza- ron de la ciudad al campo; y allí lejos del torbellino orgiástico de la metrópoli, como en un ensueño reparador del pretérito cansancio, los versos del Sr. Pagaza me parecían la reproduc- ción, más aún, la encamación de aquellos prados vestidos de verde grama, aquellos huertos llenos de manzanos, de doradas frutas, lirios y palomas. Pero había otra impresión más en aquella poesía pastoril, y era un bello y sonriente recuerdo de juventud: parecíame que hacía años, muchos años, que había leído los Murmurios del Sr. Pagaza, y era verdad ... había leído, había traducido el Virgilio en las aulas, entonces, cuando sabía enseñarse el latín y sabía aprenderse. El Sr. Pagaza, sin embargo, parecíame un traductor más fe- liz de lo que había sido mi maestro: es que éste no era poeta. y hoy que he visto ya versiones clásicas del poeta favorito de Mecenas, puedo decir que las que no conozco son muy infe- riores a las del Sr. Pagaza. y me refiero a las literales, porque las parafrásticas, son verdaderamente admirables. Nuestros lectores no han visto la primera obra del Sr. Paga- za, porque no fue impresa por un interés editorial, y sólo la conocieron unos cuantos amigos del poeta: no se puso esa edición a la venta, ni se hubiera vendido porque en nuestro país aún no saben leer esas obras. 72 Mas a fin de que se estime en toda su fuerza la poderosa inspiración del Sr. Pagaza, no podemos resistir la tentación de reproducir sus versos, como ejemplo. En los Murmurios de la selva, el poeta, al traducir la Egloga III de Virgilio, unas veces lo hace fielmente, y otras, de una manera parafrástica. Los versos amebeos de los dos pastores, están parafraseados en sonetos correctísimos, que en su terce- to final expresan el pensamiento de Virgilio; pero en algunos este pensamiento está diluido, inflitrado en el soneto entero, como el alma que le da vida, como el perfume que lo envuel- ve, como la luz que lo hace cintilar_ Escribió Virgilio este primoroso dístico: Ah ¡ove principium, Musae; ¡ ovis omnia plena lile colit terras, illi mea carmina curae. El Sr _ Pagaza ampli ficó esos pensamientos en el sigui en te admirable soneto, que sólo él revela al poeta de aliento sobe- rano, como dice Zorrilla: ¡Oh Musas Heliconias, dadme aliento! Comencemos por Jove soberano, Que martilló con vigorosa mano Hasta combar el alto ftrmamento. El á la Tierra púsole cimien to Sin escuadra ni plomo; en el verano El borda la pradera, y del manzano Cltaja las flores y encadena el viento. El fecunda los hatos; y él enseña Al mirlo su selvática armonía, Su piedad reflejando en la cigueña. y aun cuando mora en sempiterno dt'a, El me ama, pastor; y no desdeña Mi canto y melodiosa poesía. Sólo en la sencillez con que se narra en la Biblia el génesis de los mundos hay mayor sublimidad que en los versos ante- 73 nores del Sr. Pagaza. Quien así escribe ¿es clásico o román- tico? ¿Es un poeta griego o latino? Después haremos esta calificación. Deléitese por ahora el lector con la paráfrasis que hace el poeta mexicano de los siguientes versos del poeta mantuano: Die quibus in terra inscripta nomina regum Nascantur flores et Filidas solus habeto. Nuestro cantor entona entonces este primoroso soneto: Nada, pastor, halágame en la tierra Más que las rosas y pintadas flores; Su garbo, sus matices, sus olores, Admiro embebecido en huerto y sierra. y enójame la inicua y torpe guerra Que el colibrí y abejas zumbadores Hacen al nardo por robar traidores El licor que en sus pétalos encierra. Dime, te ruego: dónde, y por qué leyes Nacen las flores y en sus tiernas hojas llevan grabado el nombre de los reyes. Si adivinas, en vano te acongojas Por el desdén de Filis : de mis greyes y Filis con tu ingenio me despojas. La versión parafrástica es perfecta y conserva el perfume virgiliano: sólo se escapó al Sr. Pagaza la profunda intención política de Virgilio al preguntar en qué tierras nacen las flores llevando escritos en sus hojas los nombres de los reyes. Hay en esa interrogación un homenaje al cesarismo popular, que con igual poder había borrado la majestad y la república aris· tocrática. Pero los versos del Sr. Pagaza deben leerse teniendo delante a Virgilio, para así estimar que en ambos hay la misma armo- nía, la misma dulzura que revela, y no sólo la ecuanimidad 74 de genios, la similitud de inspiración, sino la pariedad de idio- mas: de los lenguajes que nacieron del latín, el castellano es evidentemente el que guarda más la ley de la herencia. Mas no tengo aquí el Virgilio, y esto me obliga a no seguir con su habilísimo imitador y traductor: veamos al poeta origina!, al Virgilio redivivo, como tan felizmente le llama Angel de la Pefta. * * * ¿El Sr. Pagaza es un poeta griego o un poeta latino? Siempre que recorremos sus encantadores versos nos plan- teamos este problema etimológico, sin poderlo descifrar. En vao nos dirán los literatos y los filólogos que de Grecia here· dó Roma su civilización superior, y que en el más refinado helenismo tomó el latín la nobleza del concepto y lo estético de la forma. En Grecia se educaba la juventud romana, y aUí moldeaba la gigantesca república sus oradores, sus poetas, sus trágicos y sus historiadores. Quien llega a poseer el latín como el autor que estudiamos, tiene que sufrir la influencia helénica de que está impregnada la literatura romana. Y el Sr. Pagaza desde niño debe haber devorado libros latinos, hasta asimilarse no sólo el organismo del lenguaje sino el verbo soberano que inspiró a! poeta de Mantua, a Horacio, tan correcto, tan elegante y refmado, y a Ovidio, de tan fecunda genesia poética y de tan espléndida imaginación. Mas si es tan difícil buscar la filiación de la musa que ins· pira al Sr. Pagaza, fácil es, por el método comparativo, Uegar a encontrar de dónde viene esa blanca matrona que le dicta tan preciosos versos, si de la quinta de Mecenas junto a Nápo- les, o de ese florón de mármol que brotó en las costas del Mediterráneo y se Uamó Atenas. Ojalá y el tiempo no se me estrechara; intentaría en su con- firmación buscar el alma de la Grecia, no en sus aborígenes 75 plásgicos, ni en su época heroica, ni en su período aqueo, sino en el siglo XI (a. J.C.) , cuando la invasión tesálico·dórica preparaba y casi consumaba la evolución helénica de la Gre· cia. En tanto que los tesalinos conquistaban y reformaban los Estados de la Grecia media, los descendientes de Hércules, los dorios, bajaban como una catarata por la falda del Olim· po, invadían el Peloponeso y conquistaban la Grecia meridio- nal, menos Atica, refugio de los pueblos resistentes a la con- quista , y donde se vigorizó la raza jónica que en su crecimien- to tuvo que desbordarse hasta las islas del Mar Egeo. Este cataclismo tan hondo de tantas invasiones y transmi· graciones, imprimió para siempre en los griegos tras caracteres ditintos de raza : los dorios, los jonios y los eolios, que cons- tituían una mezcla de las o tras dos. He aquí por qué en el dialecto de un mismo pueblo, el grie- go, se encuentran diferencias tan hondas de esencia y de for- ma: el jonio era suave, dúctil, y abu ndante en giros; el dórico era áspero, silvestre y viril , Y el eolio, épico, solerrme y algo majestuoso. Si se siguiera la ley de procedencia, se podría explicar p or su origen de raza el genio de los cantores griegos. Y ese pue- blo que tan hondas huellas dejó en la historia de la civiliza- ción, se distinguía en sus divisiones, teniendo en cuenta que los jonios cons tituyeron el elemento poético, artístico y cien- tífico de la Grecia, mientras que en los dorios se ven los ele- mentos político, militar y fIlosófIco; en los eolios, como en todo lo ecléctico, las manifestaciones intelectuales son de mediana significación. • •• Más de seis, casi siete siglos, duró la ges tación civilizadora de Grecia, que apareció al fin en su punto culminante en la últi- ma mitad del siglo quinto y en el cuarto antes de J esucristo. ¡y hoy nos impacienta la lentitud con que los pueblos lati- 76 nos del nuevo continente alcanzan y perfeccionan su cultura in telectual! La grandeza ática colocó en la cima de la perfección a aquella Atenas que no sólo amamantó, domeñó y coronó de poder y ciencia a la loba del Latium, sino que brilló y brilla aún sobre el mundo, como un sol eterno y sin ocaso, que impone todavía hasta su idioma, el griego, a las ciencias mo- dernas, que en sus inmortales modelos de belleza textó in- mutables leyes a la estética, y que dio un molde imperecede- ro a la filosofía racionalista y positivista con Aristóteles; a la Medicina en los aforismos de Hipócrates; a la Moral Univer- sal con Platón; a la Historia con Heradoto, Tucídides y Jeno- fonte; a la Oratoria con Pencles y Demóstenes; a la Poesía con Anacreon te y Píndaro; a la Tragedia con Sófocles; a la Pintura con Zeuxis y Apeles y a la Escultura con Féidias y Praxiteles_ Esa supremacía intelectual que alcanzó la Grecia durante los siglos de Pericles y Alejandro, sólo se abatió cuando aque- lla nación fue conquistada por Roma. Pero Roma, al entrar vencedora a saquear los tempos y los monumentos construi- dos con mármol del Pentélico, quedó sojuzgada por la virgen Athene, a cuyos pies depositó su espada, sentándose bajo el olivo de Minerva a aprender el arte y la ciencia que le hicieron Señora del mundo moderno. En esta transmisión de cultura intelectual de veintidós si- glos, en ese atavismo del Mater alma griega, está nuestra ge- nealogía política, se siente palpitar en los poetas de la Europa latina, y acá, del lado americano del Atlántico, el espíritu helénico asoma las suavísimas CUIVas de sus formas, y trans- parenta la purísima luz de su genio, a través del eufonismo de nuestro lenguaje_ y sin embargo, los estéticos modernos, Hegel y Herzberg, niegan el idealismo a la poesía griega, la acusan de lúbrica en el amor, de materialismo en toda su manifestación artística. Alejo de mí la poesía erótica, porque el poeta que me ha inspirado este humilde escrito no es un poeta erótico, ni pue- 77 de serlo; es el partenas virgiliano que, al recorrer sus campos patrios, no encuentra ninfas en sus bosques ni náyades en sus ríos. Sólo ve las flores de la falda del Himeto, donde roban las abejas la miel hiblea, y las rocas y el espléndido paisaje ... De la vecina obscura serran ía En la risueña y túrgida garganta, Al éter una sdva se levanta De eterna majestad y lozanía. Gota por gota mana el agua fría De un peñascal, e irisa y se abrillanta Si arrebolando nubes se adelanta Sobre los montes el señor del día. La linfa al resbalar de poza en poza Tuerce y se aparta en hilos plateados, Yen perlas ciñe la fragante broza; Se encauza; y con murm:1rios regalados El camino prosigue y alboroza La arboleda del Valle y los sembrados. Pero ¿qué no es un poeta griego el que leemos en estos ver- sos? ¿No parece que allí se vean las encinas de la tierra helé· nica, sus fuentes y hasta el polvo que se levanta en nubes de oro, como en los cantares de Píndaro, de entre las ruinas del Partenón? Angel de la Peña, el correctísimo hablista, al colocar frente al primer libro en verso publicado por el Sr. Pagaza un pórti. co suntuoso, cree que este poeta, al educarse en la literatura clásica, se formó un espíritu enteramente virgiliano, que im- prime en el verso castellano el contorno del verso latino, dan- do un giro gramatical y retórico al rupérbaton, sobre todo al traducir al poeta mantuano. Pero el Sr. de la Peña es uno de esos brillantes artífices de la palabra, que la ciencia vulgar llama gramáticos. uno de esos cinceladores de la frase, que toman el bloc donde se esconde la idea, y lo desvastan, le dan los contornos prejuzgados, y ya 78 saliente y palpitante la figura, todavía le dan pulimento y la afiligranan; para exponerle a la admiración de los apasiona- dos al arte . La osa de Virgilio también pare sus hijos deformes y con el pelo hirsuto: pero los lame y vuelve a lamerlos hasta dejar su piel sedosa, tersa y brillan te. y bajo las severas reglas del clasicismo estudia a la vez que admira en las traducciones del Sr. Pagaza, la valentía de la paráfrasis, la propiedad del verbo empleado por nuestro poe· ta, y la corrección de la figura retórica con que ornamenta el pensamiento. Pero Angel de la Peña no estudia la psiquis del poeta, y sólo admira su espléndida manifestación. Mas esta emisión del pensamiento poético sólo la considera el Sr. Peña, en los ver- sos del Sr. Pagaza, bajo el aspecto de su forma clásica, que· riendo que estén esas bellísimas producciones sometidas a las inflexibles reglas de la estética escolar, no de la estética indomable, insurrecta y caprichosa, pero magnífica, del ro- manticismo. Yel Sr . Pagaza por una felicÍsima anomalía sensacional no pertenece a la escuela reglamentaria; es W1 romántico, reves- tido con las correctísimas vestiduras del clásico. Y muy fácil- mente convenceremos al ilustrado Sr. Peña de que nuestro juicio es más acertado, si el erudito prologuista y justo apolo- gista del Sr. Pagaza se fija en sus propias calificaciones del clasicismo y el roman ticismo: a aquél lo supone fluctuando siempre entre la razón y la fantasía, persiguiendo un equili- brio, para mí imposible; a éste, el romanticismo, lo caracteri- za por un predominio absoluto de la fantasía sobre la razón, sin ,respeto a las unidades clásicas. Aceptando, como deben aceptarse, con algunas restriccio- nes los principios críticos del Sr. Peña, y aplicándolos a las producciones poéticas del Sr. Pagaza, a este poeta no le estor- ban las lUlidades, su razón siempre limpia y serena no se per- turba, y sin embargo su fantasía vuela sin trabas ni ligas, y lo mismo toca con su ala de golondrina las aguas del remanso, 79 como se cierne en el infinito ontológico, según dice tan bien el Sr. Peña, semejándose al águila de J ove, subiendo allá don- de este dios mitol ógico "comba el alto firmamento". y aquÍ, en este fragmento que tan atinadamente analiza el Sr. Peña, fue donde brotó en mí la intuición de que el poeta, el Sr. Pagaza, era un romántico de formas clásicas y un heleno de formas latinas_ He aquí por qué: Dice el Sr. Peña que el ideal del arte clásico es esencialmen- te antropomorfista, cuyos dioses eran hombres, y cuyos hom- bres eran dioses, en tanto que la otra idea de Dios, la idea cristiana, la del monoteísmo, es la que ha concebido y expre- sado el arte romántico. Pues el Sr. Pagaza, ni en sus paráfrasis virgilianas, ni tradu· ciendo a Horacio, acepta el politeísmo. El monoteísmo en los pueblos primitivos, y después en los pueblos antiguos, fue propio a las razas semíticas, sin embargo de que en las que bajaron por las vertientes orien tales del Thibet ya se conserva- ba la idea de un dios único. • • • Allá en un tiempo posterior inconmesurable, Lao-Tsen, el gran filósofo chino decía: "Si el Tao pudiera reconocerse no sería el etern o, el inmutable Tao. Si el Tao pudiera nombrarse no sería el nombre eterno, inmutable." Y en los pueblos del Indo y del Ganges, en ese oriente de la civilización, el Tao se adoró con otro nombre formulado en los Vedas, junto a la consagración de la existencia del alma. De allí tal vez toma- ron la idea de Dios único las razas que se esparcieron por el Occidente, creencia que se perpetuó por millares de siglos, sin que la alterara el politeísmo monstruoso que adquirirían los pueblos en sus transmigraciones, en sus conquistas, en su esclavitud y en su liberación. y el Sr. Peña se equivoca: antes de Moisés ya conocía la humanidad la religión del Dios solo; y Abraham, el padre 80 del pueblo de Israel, le atributaba culto y le ofrecía sacrifi- cios. Esa religión, perpetuada de siglo en siglo, fue la que enseñó Moisés , luchando siempre con el politeísmo que ad· quir{an los hebreos en sus contactos con pueblos egipcios, fenicios o filisteos. David ya sólo entonó sus admirables sal· mas a tUl dios reconocido en una religión depurada de toda creencia exótica. Los griegos también conocieron a ese dios, el Deus ignotus. el Logos. el Verbo de Platón, y a pesar de su politeísmo oro giástico no alteraban el principio monoteísta, tomado de la India y formulado al fin por los dos filósofos que se forma· ron en la metafísica oriental, Pitágoras y Aristóteles. Porque la filosofía, partiendo de la metafísica y ascendiendo a lo más sublime de la abstracción más culminante, tenía que llegar a la creencia del Ser Supremo. Mas como los dioses tomaron fonna humana, en esa atre· vida concepción teológica, desaparecieron aquellos ídolos monstruosos, deformes, que aterraban con su ciclópea exu- berancia orgánica, pero que eran adorados con verdadero fetiquismo. En esos ídolos transmigrantes desde la India Oriental y trasportados o reproducidos por una intuición mística hasta la Oceanía y el suelo americano, tenían una significación geroglífica, ya representaran a la fecW1da tierra, ArteIr..is, en sus senos hinchados por la turgencia láctea, ya la fuerza prepotente con sus cien brazos. La Grecia, alejándose lentamente de su cuna oriental, llegó a rOndividuar, como dice la escuela evolucionista, o a indivi- dualizar, como diré, sus concepciones mitológicas por medio del antropormofismo artlstico, y de allí salió ese mundo olímpico de diosas y dioses que brotaron al golpe de los cin- celes de Feidas (Fidias) y de los artistas del cielo de Perides. Feidas fue, sobre todo, el que pobló de dioses el partenón; pero quiso dar una forma material al deísmo de Anaxágoras, y de su taller en Olimpia salió la estatua colosal y espléndida de Zeus, construida de oro y marfil. 81 Esta evolución religiosa no podt'a efectuarse sólo en el arte escultórico y en el pic tórico, porque la cultura intelectual j a - más se perfecciona ais ladamen te en algun as de sus manifesta- ciones, sino que las abarca todas. Una de las formas del culto era el anta, es decir la unión, el maridaje insoluble entre la música y la poesía. Perdida la monstruosidad teológica, levantados sobre los altares aquellos dioses de ideal belleza, la poesía religiosa se dulcificó también, y la música fue más armónica , más extensa. Primero en el temp lo y después en el teatro el can to córico tuvo mayor ex- tensión. Terpandros, el harpista de Lesbos, aumentó a la ki- thara tres cuerdas , tomadas de los músi cos de la Frigia y la Lidia: y Olimpos enseñó a los griegos una fl auta de escala mayor. En tonces ya pudo extenderse más el verso, y tras el hexámetro, épico por excelenci a , vino el metro daktylico, el elegiaco, y Arquiloco in ventó e l iámbico y con é l la sátira. La poesía helénica llegó a su período más culminante, ya eman cipada de la li turgia coral del temp lo: viril y patrió tica inspiró sus cantos bélicos a Kalinus y a T irteo, y sus elegt'as a Mimnermo. El lidio Alkman , creador de la p oesía dórica, fue el último coreuta que presidió el orfeón popular. y no puedo seguir esa aso mbrosa evolución literaria hasta Alceo , el poeta de los odios políticos, y Safo, la asombrosa lírica que sepulté en las o las el misterio de su vida agitada por un a pasión de fuego insaciada o vergonzosa y ten go que dejar atrás a Sim óni des, e l escultor subvencionado a los héroes cu- yos threnos majestuosos inmo rtalizaron los lauros de las Thermópylas ; y a Píndaro, el de la inmo rtal melopea , y cuyo estro fue indomable a la mensuración; ya Anakreon, el gene - rador del arte eró tico, que sólo tiene hoy un imitador, la es- cuela li teraria francesa; y, por ú1 timo , el monstruoso esclavo Thracio, Esopo, el importador en Grecia del apólogo indio. Si tocara la literatu ra teatral me alejaría definitivamente de mi obje to , y en este humilde escrito nc podría ni recordar siquiera el asom broso génesis de la tragedia nacid a en Atenas, en las fiestas de Dionysos, y cons tituida entonces úni camente 82 por un monólogo iámbico, luego un diálogo y un coro final. La trama fue después más complexa, sobre temas mitológicos o heroicos, admirablemente desarrollados en formas honda- mente conmovedoras y de belleza ideal. Sófokles con su inimitable Edipo, Eurípides con su terrible Medea, son los únicos modelos que nos quedan de aquella literatura trágica, pues Esquilo, con sus cantos proféticos, pertenece al grupo sacerdotal. Al fin aparece Aristóphanes, el perfeccionador de la comedia satírica, desenfrenada hasta la licencia, hasta la más sangrienta diatriba, que en la pluma de aquel poeta, irre· conciliable deturpador de Sókrates, produjo comedias como las Nubes y las Hormigas. que todavía asombran hoy. He aquí también ya a la Grecia con una corona de luz en su frente purísima de mármol, imperiando sobre todo un mundo de Occidente, y reverberando aún con su inspiración sobre la cultura actual. Perdido en aquella nebulosa de gloria, olvidaba el impru. dente reto que osé dirigir al erudito Sr. Angel de la Peña, obligándome a probarle que el Sr. Pagaza era un poeta más heleno que latino, y un poeta romántico conJormas rigurosa- mente clásicas. Como premisas de esa tesis tuve que recorrer la evolución religiosa de la Grecia para probar al entendido acadénüco que el ideal clásico no es esencialmente antropomorfista, puesto que en el antropomorfismo de la Grecia quedaron en pie el ideal exhalándose de la pureza de la forma, y el dios único preconizado por Anaxágoras, sintetizado por el Lagos de Pla· tón y retratado en el Zeus de Feidias. Pero veamos cómo cantaban los griegos, y el Sr. Peña no encontrará allí no los grillos clásicos aprisionando al genio, ni la razón estrangulando la fantasía. Dígnese escuchar el iluso trado prologuista del Sr. Pagaza un cantar de Bión, traducido por el más correcto de nuestros helenistas: Díjome Venus, amorosa un día, Desarmado llevándome a Cupido: 83 "En pago a mis favores yo te pido Que le enseñes la dulce poesía." Entonces empuñé la lira mía, y de entusiasmo y vanidad henchido Canté las gracias del abril florido y los destrozos de la mar bravía. y luego en el Olimpo esplendoroso A Júpiter pinté, la diestra annada y a sus pies el titán y la victoria; Pero Amor sonriendo desdeñoso, Tomó mi lira y celebró a mi amada: Le seguí y conquisté muchacha y gloria. Junto a este soneto siento la imperiosa necesidad de repro- ducir el único del Sr. Pagaza que puede comparársele, por exhalarse de él un aroma erótico, al cantar a Galatea: El ala bate y mi zafir sereno Enluta bramador el torbellino; Tímida sierpe cruza mi camino, Coruzca el rayo y se prolonga el trueno. ¡Vive dichosa ... y al pastor Fileno Jamás olvides! El turgente lino Al rudo soplo de infeliz destino Me arranca y lleva de tu amante seno. Mañana al tardecer, flebil, de hinojos Estaré en otra playa ... y de esta oriDa Sin mí hollarás los arenales rojos, ¡Ah! si la luna en Occidente brilla, En ella clava los ceníleos ojos y una lágrima surque tu mejilla. ¡Magnífico! Distinto argumento del de Bión, distinto esti· lo y distinto carácter: aquél, ligero, burlón y alegre; éste, so· 84 lemne, triste, elegiaco. Pero el mismo espíritu helénico, bri- llante, audaz, imaginativo y lleno de inspiración. El poeta griego, en su primera lección de poesía a Cupido, pinta a Júpiter con la diestra armada de rayos, teniendo a sus pies vencidos los titanes y atada la victoria. El Sr. Pagaza, al des· pedirse de Galatea, le pinta el torbellino ennegreciendo su cielo siempre sereno y hoy cruzado por el relámpago, y des· garrado por el rayo; mas ya, le dice, el viento hincha la vela de la barca, y es tiempo de partir. Pero donde se revelan a la par la corrección clásica y el genio romántico del Sr. Pagaza, es en los primeros versos del último terceto: ¡Ah! si la luna en Occidente brilla, En ella clava los cerúleos ojos. La luna en Occidente, no en el Orien te: es decir, antes de amanecer, a la hora en que la barca se desprende del puerto; allí se ve al poeta de formas irreprochables, y a quien las re· glas de la propiedad no estorban la inspiración. Pero si el Sr. Peña, y con él los eruditos y literatos mexica- nos, que los hay aunque no brillen en los periódicos sensacio- nales, si los clásicos y académicos que lean estas líneas juzgan que mi apreciación es errónea, que el Sr. Pagaza es sólo un poeta virgiliano, ya no insistiré más en mi cahficación. Al ver cruzar por nuestro siglo y nuestro cielo uno de esos espléndidos cánticos del Sr. Pagaza, contemplaré tan sólo admirando la estela de luz que deja en la literatura mexicana, como se admira una de esas estrellas errantes de las noches de noviembre, sin preguntar ni ententar saber de qué planeta, roto en pedazos, viene ese bólido en ignición. y no es una, sino muchas estrellas errantes las que brotan del libro del Sr. Pagaza, como de un foco perenne de inspira- ción y sentimiento; y mis lectores no podrán serlo de ese pre- cioso librito, porque no lo hay. Oblígame esto a mostrarles algllilas de esas composiciones. 85 * * * Rehúso ya la ardu a empresa de trazar la rama genealógica de la literatura mexicana, para demostrar la fraternidad entre la musa helénica y esa severa matrona que penetra digna y noble como una re ina al modesto estudio del más modesto sacerdo- te, y se sienta junto a éste y le inspira sus sentidísimos cantos, esos sonetos de carácter descriptivo sin igual. Frate/as o no la griega y la matrona, tan bella la una como la otra, hay cierto deleite en aparearlas, ya por la similitud de formas, ya por el contraste de caracteres. Las diferencias las marcaré después. Uno de los mejores traductores de los poetas griegos nos dio a conocer los versos con que Teócrito acompañó una rue- ca de marfll que regaló a Teugenis: Hoy te verás en las manos De la mujer más honrada Tú . por el arte acabada Linda rueca de mañIl . Teugenis será tu dueña, La de mano blanca y breve, y verás cómo te mueve Con su gracia mujeril . Ella misma descubriendo Una pierna torneada Se presen ta en la manada Recogida en el redil , y despoja a sus ovejas De las lanas más sedosas Cual si cosechara rosas Con una gracia infantil. Elegan te canas tilla Luce de copos omada Cuando las toma afanada En hilo blanco y sutil. 86 y escucharás las canciones Con que ensalza su voz pura De los cielos la hermosura y las flores en abril. y entre sus dedos rosados Tu esbelto mástil movido Con armónico zumbido Darás mil vueltas y mil. Y tú le darás la tela Que a esa joven laboriosa Velará en túnica undosa El cuerpo blanco y gentil. Hoy te verás en las manos De la más digna matrona. Cetro que mi amor le dona, Linda rueca de marfil. Oíd ahora otros versos de nuestro sacerdote poeta, de J oa- quin Arcadio Pagaza: En bella y tibia mañana, A pesar del crudo Invierno , Un lauro alzábase tierno Al labio de azul fontana. y una mariposa vana, Revolando al derredor, Mostraba el vivo color Que a sus alas dio Natura y la mágica hermosura De aquel oro brillador. Sobre el arbusto un jilguero Novel, de plumón divino, Exhalaba suave trino Como nunca vocinglero. En su cristal el vanero Retrataba mudo y fiel Del pie a la frente al laurel, y al jilguero , y mariposa 87 Que en el cáliz de una rosa Libaba fragante miel. Embebido contemplaba Cabe el tronco de un alheño, Cladro tan dulce y risueño Que a otra edad me transportaba. Fugitiva abeja y brava, A la que en nada ofend¡'a, Cortó de súbito imp¡'a Tan grata meditación Picándome el aguijón Con increlble osad¡'a. Desconcertado y mohíno, Un iay ! doloroso y vano Lancé metiendo la mano En el raudal cristalino. Yen la copa de alto pino Nada lejano de all í, Una zagala, que hurí Me pareció, encaramada, Con sonora carcajada Procaz burlóse de mí. Díme: ¿qué haces, dulce niña, Le dije absorto y turbado, En este sitio apartado y solitaria campiña? ¿Qué, n o temes que te riña Tu buen padre, o que una fiera Embravecida te hiera, O, si se q uie bra la rama En que te apoyas, la grama Aplastar por vez postrera! Ella responruóme: -No; Aunque soy de suerte escasa : Porque ... sabe que en mi casa He quedado sola yo. Apenas amaneció Clando mis padres y hermanos, 88 Cruzando los verdes llanos Que forman nuestra heredad, A la vecina ciudad Se dirigieron ufanos. Van a asistir a las fiestas Que llaman hoy Bodas de Oro Del Prelado que es decoro . De la corte y las florestas. y por no dejar expuestas Las mieses, que ya en gavillas Están allí en las orillas Del campo donde crecieron, Que me quedara, dijeron, A cuidar nuestras cabrillas. - ¿ Yeso te apena? -¿O parece De tan pequeña importancia Que sola queda en la estancia Cuando toda languidece? y la desazón se acrece Al recordar el anhelo Con que le he pedido al cielo Que en la presente ocasión De asistir a esta función No me negara el consuelo S610 verle desaba En el altar, y el anillo Besar. ¡Qué mágico brillo Aquella piedra enviaba ¿Será el mismo que llevaba Cuando le besé la mano Al pie de aquel avellano, Al regalarle una flor En la fuerza del calor Al promediar el Verano? - ¿Conque le conoces? - Mucho. ¿y vos? Siempre que ha venido, Al encuentro le he salido. ¿No os parece que es muy ducho? 89 He soñado que le escucho En la parroquia vecina Dó explicaba la doctrina Por las tardes una hora. i Qué voz tiene tan sonora! iY qué acción tan peregrina! Mas, puesto que no me es dado Ir a la Misa, unas flores Junté de suaves colores y de aroma delicado. y en este pino copado Sub í afanosa por ver Un bello nido que ayer Me hallé de tiernas pez pitas que batiendo sus alitas Me piden ya de comer. Si hubiera quien le llevara Este sencillo presente En nombre de Mirta ausen te, i Olán satisfecha quedara! ... Puede que no se acordara De mí, por más que notoria Es a todos su memoria, De tan subida excelencia Que es mayor que su prudencia y ésta es su timbre de gloria. - Baja, le dije, inocente; Yo iré por ti a la ciudad: Ha de mover tu lealdad A ese Prelado eminen te. Le diré: que Mirta ausente Aquesos dones le envía, Dones de poca valía, Del campo modestas flores y un nido, centro de amores, Con polluelos que ella cría. -y añadidle, replicó : Que es un humilde tributo; 90 o mejor, que este es el fruto De los bienes que sembró. De coral quisiera yo y perlas sartas enviar, y de diamantes un par De inmejorable belleza. Pero . . . el pobre en su pobreza Decid ¿qué más puede dar? y bajó dulce y festiva La joven; y en la fontana Lavó las rosas ufana y una corona de oliva. Nido y flores pensativa Me dio diciendo : "Yo espero Que cumpliréis con esmero; y perdón humilde os pido De haberme de vos reído." y partió con pie ligero . .. ¡Ven, niña amable! Muy blando Es tu carácter; sincera Tu piedad: ¡quién la tuviera!"" , Clamé las auras turbando. De allí me alejé soñando En buscar ese reposo Que brinda el campo amoroso; y aquilatando a la vez La envidiable sencillez De un corazón generoso . y no son éstos de los mejores versos del Sr. Pagaza; pero sí son los que se destacan con ondas sonoras y módulos tiernos, con encantadora sencillez, como en los versos de Teócrito . Me sorprendería que unos y otros fueran aplaudidos por la escuela moderna que salió del romanticismo claudicante tras de Hugo y Zorrilla, burlándose de la sublime sencillez de Virgilio, para ir a caer en brazos de la musa verde de Alfre- do de Muse!. Comprendo que la poesía pastoril, desde Florián hasta nuestros poetas del moderantismo clásico, haya pasado de 91 moda. La poesía es la expresión thérrnica del calor interno del organismo social. Cuando la sociedad toma y copia de las civi- lizaciones muy adelantadas, no su cultura intelectual sino su corrupción, mueren las creencias, se agota el sentimiento, y la psiquis, para salir de su anemia moral, necesita poderosos esti· mulantes, como el paladar gastado del gastrónomo, como el mío. y entonces, la literatura que había descansado en el natu· ralismo como en los cojines estrujados y cubiertos con las flores marchitas de una orgía, se levanta vacilante y dipsóma. na para caer en el realismo. Nuestra literatura se presenta hoy como esos jóvenes pre· coces, avejentados por el vicio y la crápula, y se necesita el foetazo de la musa verda para despertar la psiquis soñolienta y agotada, y obligarla a lanzar un grito de dolor y desencanto_ En tonces se escuchan esos versos roncos, pomposos y que resuenan como el gong o el tan-tan chino_ Y el estro de Nú- ñez de Arce se convierte en una serie de tamborazos que sue· nan a compás. Es la decadencia del lirismo épico_ ¿Esa desesperante laxitud literaria de nuestro siglo será la que ha hecho al Sr. Pagaza refugiarse en los poetas latinos, para saciar su sed poética, traduciéndolos o parafraseándolos? También el Sr. Pagaza se siente cansado, o así lo cree al menos. Es que no sabe que ese desaliento no tiene su etiolo- gía en el alma del poeta, sino que ésta sufre la acción anesté- sica del medio ambiente. Este escepticismo que nos envuelve lo sentimos flotar en el aire que respiramos, saturado, no del oxígeno vivificador de los campos, sino con los vapores no sé si de alcoholo cloroformo, que envuelven a toda esta socie· dad enervada por una civilización de oropel, gastada por am- biciones insensatas y por el apetito de placer y lujo_ Yesos vientos sépticos penetran hasta la celda del sacerdo- te, que siente entonces la nostalgia del campo con sus flores de primavera, sus sembrados donde las verdes cañas de maíz 92 remedan lagos de esmeraldas, y sus vastos trigales ondulando como un mar de oro. Y el cerro que Con regia veste de sedosa grama y coronado en árboles bermejos Se empina el cerro por mirar de lejos El magnífico y amplio panorama. Escucha mudo que entre peñas brama Albo el río partiéndose en cadejos; y vele retratar en sus espejos Del áureo solla omnipotente flama. Templado albergue y límpidos raudales Brinda a la grey; liberta de enemiga Cruda escarcha a hortalizas y frutales; y con su man to, providen te abriga y defiende a los tiernos cereales Encorvados al peso de la espiga. Quien así, como el Sr. Pagaza, siente los no olvidados re- cuerdos de los rústicos lares, tiene que ahogarse en esta atmós- fera caliginosa, que apaga la lámpara de su altar y extingue la luz de su inspiración. He aquí por qué el Sr. Pagaza produce su magnífico soneto XIX, enviando con él a otro poeta su traducción parafrástica de la elegía del P. Alegre: En época mejor, con fácil paso Hollé la cumbre de Helicón alzada, y llevando la fren te coronada Libé las florecillas del Parnaso. Hoy dulce vate. con vibor escaso Probé a tañer la lira abandonada; Mas ... iay de mí! la vena está agotada; Aquel estro feliz llegó a su ocaso. 93 Abatido, de angustia en un momento, Puse el labio tembloso en flauta ajena Por responder a tu sonoro acento. ¡Sombra de Alegre, cual ninguna, buena, Perdona si en mi largo desalien to Mal remedé tu inspiración serena! No; se equivoca el Sr. Pagaza: su vena no está agotada, ni su sol llegó a su ocaso; sus versos originales son espléndidos, más que sus magníficas paráfrasis. Esos versos no son para tenderse en la plancha fría del gramático a fin de hacer sobre ellos una autopsia analógica: son para leerlos y releerlos allá en las soledades del Valle, a la hora tristísima de la tarde, al envolver el crepúsculo con su nebuloso manto de púrpura al rey del día que se aleja, cuando las sombras bajan del mon- te a tenderse y a extenderse en la llanura, y el labrador J con· temp lando el humo de su lejano hogar, marcha con sus tardos bueyes cantando tristísima oración. Ese es el fondo de las poesías del Sr. Pagaza, que reflejan alguna pena del alma, honda y profunda, pero inviolable para el examen del crítico_ El Sr. Pagaza deja escapar un grito de ese dolor latente en su IX soneto, "A un poeta": -¿Quién soy? - Escucha: cuando el negro manto Plegó la noche, cabe la bermeja Linfa del Tajo su melíflua abeja Ayer decía con mortal quebranto: - "¿Quién fui?, ¿quién soy? - El eco de este canto; Postrer adiós del numen que se aleja; Del infortunio la viviente queja: De la afligida humanidad el llanto. " Me matas; ¡ay! no toques el capullo Que labro en esta selva donde anida La tórtola, del céfuo al arrullo. 94 No ¡por piedad! no tientes esa herié Que sangra aún; y déjame al murmullo De fuente obscura terminar la vida. A nosotros sólo toca respetar también esa herida, y saludar al poeta brillantísimo, que canta allá en las soledades, junto a ríos ignotos y montes sin nombre ni renombre . La patria no lo conoce, aún no escucha sus sentidas trovas: no importa, lo conocerán las próximas generaciones, y el nombre del Sr. Pa- gaza honrará a los fastos de la literatura nacional. México, enero 15 de 1894. 95 "MARCARA" DE JOAQUlN ARCADIO PAGAZA José Juan Tablada' Publica hoy Revista Moderna la máscara del egregio poeta que los árcades de Roma conocen con el nombre de pluma de Clearco Meonio . La lírica de este exquisito poeta, amante cultivador de un puro latinismo, vertida en severos moldes clásicos y castigada por un principio de rigidez estético, no es ni puede ser popular, siendo por esencia aristocrática y entra· ñando una pureza impenetrable para el vulgo. No se entienda por esto que el clasicismo de Pagaza sea del de aquellos que hacen lenguaje incapaces de hacer poesía y que por ostentar un importuno giro celVantesco, resultan an- quilosados, y por su vano alarde sacrifican fragancias de idea y profundidades de emoción. Hondamente sentidas, las im· presiones líricas del Obispo Pagaza son transmitidas al lector con artificio eficaz e infalible. Por el sendero virgiliano llega el poeta a maravillosas visiones, y su numen de rocas que pa- recían estériles, ha sabido arrancar musicales y claras fuentes de poesía. La bucólica, los episodios agrícolas, los sitios rura· les, no tienen secretos para él. Un idilio pastoril surge con en· canto flamante al conjuro del numen; un eterno aire de amor, un ingenuo oarystr's reaparece con avasalladoras magias. El • Tablada, Jost: Juan. "Máscara" d~ Joaquín Arcadio Pagaza. En Revista Moderna de México. México. 17 de febrero de 1905. Recopilada en Máscaras de la Revista -Moderna. Introducción de Porfirio Martínez Peñaloza, México, FCE. 1968. pp. 55·57 Y 174·1 :6. 97 numen de Pagaza se integra a la naturaleza en las intensas co- muniones de un ferviente panteísmo. Sus paisajes, honda y directamente sentidos, dejan el mar- cIa cIásico, adquieren color, atmósfera y sol y el cuadro que se nos antojaba velado por cánones y sistemas, palpita y hace ha rizan tes. Algunas de esas poesías son impresiones de la naturaleza tan enérgicas y sugestivas como en pintura los cuadros memo- rables de la escuela de Barbizon. En los cuatro rasgos de esta "máscara" no caben ni el análisis ni el elogio que merece la obra lírica de un poeta tan alto. Dejemos, pues, en la memo- ria del lector los tercetos de un soneto de Pagaza tan bello como el famoso "A un poeta", tercetos que destilan miel, gotean balsámica resina, suenan con música de frondas y envuelven el ánimo en una dulct> sensación de íntimo amor y de grave quietud. Oye ... se arrastran sobre el techo herboso los tiernos sauces con extraño brío, al mecerlos el viento vagaroso , que , trayendo oleadas de rocío por las rendijas entra querelloso; prende el fogón, amiga, tengo frío . 98 RESEN'A AL HORA CIO José Mana VigilO Como acontecimiento literario de grande importancia puede considerarse la aparición del libro impreso en Jalapa que con- tiene una versión parafrástica de las odas de Horacio por el Sr. Obispo de Veracruz D. J oaquín Arcadio Pagaza, y ade- más, algunas otras paráfrasis, imitaciones y poesías originales del Traductor. El alto puesto que ocupa en nuestra literatura el ilustre académico, basta por sí solo para recomendar estas nuevas producciones, así es que en la sucinta apreciación que hacemos en seguida, el lector no encontrará nada que no le sea conocido de antemano. Carácter general que distingue todas las obras del Sr. Paga- za, es la escrupulosa corrección de lenguaje, la belleza clásica de la forma, la inspiración poética que brota del conjunto con una espontaneidad, con una sencillez que realizan aquella "difícil facilidad" característica de las obras maestras. Pro· fundo conocedor de las lenguas latina y castellana, sus versio· nes llevan e! sello de una perfecta traslación: ninguna palabra, ningún giro dejan de emplearse en su exacto y castizo signifi- cado: así es que, una vez comprendido con toda exactitud el pensamiento original , se modela en la matriz española, de donde sale vivificado por e! aliento artístico de! intérprete . • Vigil, José María, "Bibliografía". En Boletin de la Biblioteca Nacional, Año n. núm. 17, México, 30 d(: novi(:mbre d(: 1905, pp. 271-272. 99 Este es seguramente el secreto de ese estilo terso, claro, que sorprende y encanta por la novedad de la frase y su exac· titud ideológica. De aquí procede esa abundancia de su léxi· co, porque el autor busca ante todo la palabra necesaria, sea an tigua o moderna, conocida o desusada, sin que por eso le permita su buen gusto recurrir a arcaísmos pedantescos. Fe· lizmente nuestra lengua posee riquezas inagotables con que satisfacer las exigencias del que sabe explotarlas con el tino genial del artista. Así se explica que las versiones del Sr. Pa· gaza lleven cierto sello de originalidad: es que una vez como prendido el pensamiento, le reviste con las galas de su inspi· ración propia, con los adornos peculiares de la poética castellana, lo cual hace comprender que varias traducciones de una misma composición resulten diferentes entre sí, sin que por eso se altere el fondo original. De esto es una prueba la doble traducción de tres odas, cuyo cotejo viene a confir· mar lo que acabamos de decir, según puede verse en las pri. meras estrofas de dos de ellos. A Volgio No siempre, Volgio amigo, Envía sobre campos erizados y en crudo desabrigo Grata lluvia el nublado. Ni siempre al Caspio azota el cierzo airado. 2 No siempre obscura nube el cielo empaña Yen suave lluvia baña La empobrecida escuálidad llanura; Ni agitan las soberbias tempestades Del mar Caspio las vastas soledades Con horrida bravura. lOO A Lolio 1 Aunque á la orilla del salvaje Aufido Que deleita el oído De muy lejos, miré la luz primera, El verso que con arte Forjé para la lira, en otra parte Desconocido hasta hoy, no esperes muera. 2 No presumas jamás. Latio querido, Que por haber nacido Cabe la orilla del salvaje Oranto De límpidos espejos y cuya voz se escucha de muy lejos, Han de morir los versos que ahora canto. Las composiciones originales del Sr. Pagaza, en que apare- cen las mismas cualidades que dejamos indicadas, sobre forma y estilo, despiertan particular interés, pues penniten penetrar directamente en el alma del poeta, seguir los diversos movi- mientos de su inspiración alimentada en la fuente purísima de un bello ideal exento de debilidades y eclipses. El amor inten· so a la naturaleza en sus infinitas manifestaciones es el senti- miento que domina en esos cuadros de suave frescura que pueden considerarse como otras tan tas variaciones del mismo tema. Paisajes llenos de luz en que pocas veces aSOma la figura humana; rápidas descripciones, cuyos contornos suelen desva- necerse en una dulce vaguedad que realza su encan to; armo- nías fugitivas que mueven la sensibilidad sin herirla, como si temiera profundizar su huella, y todo esto con frecuencia cir- cunscrito en los estrechos límites del soneto, forma preferida por el autor, tal es el conjunto homogéneo de esa musa infati- gable que sin desviarse de la senda que se ha trazado, encuen- tra siempre suficien tes recursos para embellecer la unidad fundamen tal del pensamien to. 101 Ese venero inagotable de imágenes y sentimientos que sal· van de la monotonía en que caerían irremisiblemente compo· siciones que se mantuviesen en la esfera indecisa de una mue· He contemplación, se encuentra en el fondo del alma del poeta, en lo que constituye su personalidad, su vida íntima, su aspiración a una dicha inde finida , sus recuerdos y sus espe· ranzas. Es la parte humana y dolo rosa, la única que puede dar fo rm a y significació n a la obra poética, porque es la única que puede ser comprendida y sentida, tanto por el que la pro- duce como por el que la escucha. Terminamos esta nota bibliográfica con la reproducción de los dos sonetos siguientes, que resumen mejor de lo que noso· tros pudiéramos hacer la índole de la alta inspiración del Sr. Pagaza. Al volver a mi tierra natal ¡Pino locuaz, de blonda cabellera , Aún das fragancia á mi nativo prado y frescor al flexible y argentado Arroyo que retoza en la pradera! Ciémese aún el águila altanera Encima el risco; vuela en el cercado El zorzal ; y arrebólase el nublado En la occidua selvosa cordillera. y aún ostenta su brillo y lozanía Aq ueste madroñal ... ¡oh Dios ! .. en donde Mi buen padre al encuentro me salía. ¡ y hoy que re tomo, él solo se me esconde! . . . No hay huella de su báculo en la vía ... y por más que le llamo ... ino responde ! II A un poeta El n íveo cáliz inocente abeja Busca y encuentra de la flor temprana, 102 y el suave tallo de color de grana Busca en lo llanos baladora oveja; Brota humeante y presurosa deja La clara linfa su natal fon tana. y á la ova grácil que surgió lozana Ciñe y embriaga con sabrosa queja; y el áureo sol surcando el aura pura Baja á irisar la gota de rocío Tremulante en su lecho de verdura. y sólo pa mí. .. ¡destino impío! . . . No hay corazón que mida mi ternura. Ni un pensamiento que responda al mío. 103 JOAQUIN ARCADIO PAGAZA Alfonso Reyes * Los versos de Pagaza suenan como a una voz de ayer. Nueva nave literaria ha sufrido borrasca; ha sobrevenido una trans- formación tumultuosa; la literatura nacional, la americana, han cambiado de orientación. La lira de este anciano sigue resonando, serena, bajo el haya nemorosa de Virgilio (de cuyos números latinos es parafraste celebrado), con la admira- ble tenacidad de las cigarras , que persisten en su rumor secular. En su campo mental, a diferencia de lo que sucede con nues- tros demás poetas modernos, no ha aparecido aún Gutiérrez Nájera y, por otra parte, no podría aparecer tampoco. Su fi· liación artística es independiente del proceso que se operó en sus días. El Obispo Pagaza usa una manera de poesía no ame· ricana. Nada importa que los temas elegidos, que las alusiones y referencias contenidas en sus versos (como en Andrés Bello), sean regionales o locales: la interpretación , el estilo, la inspi· ración misma, son españoles; porque en la poesía, como en la metafísica de filósofo griego, el alma, la forma, es lo pero manente y significativo, y lo accidental es el cuerpo, es la materia. Pero , una vez embarcados en la lengua hispana, • Fue uno de los "Apuntes varios" que se quedaron "inéditos y a medio hacer' cuando Reyes redactó su conferencia "El paisaje en la poesía mexicana del ligiO XIX". Data de 1911 y fue incluido en Reyes, Alfonso. Obras completas. t. l. México, FCE, 1955. (Letras Mexicanas) pp. 266-2i4. 105 ¿dónde acaba 10 español o dónde comienza 10 mexicano? Preferible es no insistir por ahora. Monseñor Pagaza no es un anticuado: anticuados son los que se prenden a las modas transitorias, y pronto se quedan atrás con sus modas. Tampoco puede ser un antiguo: nunca comparemos nuestra arcilla al mármol de ayer. Pero Pagaza, con ese arte contemporáneo de todos los tiempos, a partir de Grecia y de Roma, se nutre de visiones clásicas y las sobrepo· ne a lo actual. Surgida a manera de emanación, a manera de resplandor, aún no extinto , de la antigua apoteosis, esta poe· sía se mantiene algo alejada y como en rebeldía con su época. Contemporánea de todos los tiempos por simple coexistencia, casi no le es por "causación": no vive de la vida presente; vive del mundo clásico. Así, camina ciertamente a ciegas y, ciertamente, puede tropezar y aun caer, como el sabio sedu· cid o por los astros lejanos. Lo diré de una vez: es una poesía sin "sentido práctico". Porque aun en las manifestaciones poéticas puede haber un sentido práctico, y lo poseen quienes saben dar al momento inasible y fugaz lo que él reclama, como dan los hombres de lucha una solución pronta y particu- lar a cada conflicto apremiante; lo poseen quienes dan a la humanidad presente la representación artística del mundo presente, la única que ella necesita, la única que implora en nombre de sus más auténticas exigencias; lo poseen quienes componen canciones del momento; lo poseyeron, en fin . .los mismos clásicos, hijos fieles (ellos sí) de su edad, para quienes cada fracción del tiempo, cargada de percepciones actuales, llegó a tener una individualidad casi mística (Carpe diem . ..) . Mas la otra, la poesía que, como en Pagaza, no quiere some- terse a 10 contemporáneo, tiene también su excelsitud. Ella, si opera en libertad y logra beber en limpios manantiales, sin que se reduzca por eso a las estrecheces de la imitación, pue- de nada menos que someter el mundo presente a su molde antiguo, como en un milagro de fe, y darnos la representación de lo actual bajo atavíos perdurables. Ella puede, momentá· neamente , encerrar nuestras arquitecturas caprichosas en los 106 cuadros de la más noble arquitectura; ella puede poner a nuestras ciudades bajo la admonición de un antiguo dios municipal, dar una leyenda a las fuentes públicas, un culto a nuestras estatuas cívicas, vestir a nuestras mujeres con la arcaica túnica, y enseñar a la amante, como hizo Carducci, a responder al nombre de "Lálage". Si nos engaña con su arti- ficio, creeremos resucitado el mundo clásico a través de aque- llos signos elementales y eternos: el ademán del labrador que trata y dispone la simiente; el júbilo casi ritual del pastor niño que lanza la primera piedra con la honda o sale a pasto- rear el primer rebaño; el gesto del soldado viejo que cuelga al muro sagrado los arreos bélicos, con una maldición de fatiga; las supersticiones perpetuadas del pueblo, y aun sus prolo- quios y brocárdicos, herencia preciosa de los siglos. Y si ella no nos engaña, ya porque seamos reacios, ya porque su mis- mo propósito sea ofrecer el contraste entre la edad antigua y la presente, tendrá aún la otra excelsitud , la trágica , la pesi- mista, la que brota del llanto de Baudelaire ante la musa enferma; que hoy, como en 1867, ella amanece todos los días triste y desalentada, porque su sangre cristiana no sabe ya pulsar con el ritmo numeroso de antaño. El solo peligro de esta poesía - y tratando de Joaquín Arcadio Pagaza es fuerza decirlo- consiste en dejarse llevar de las funestas corrientes académicas. No debiera la poesía tener institutos : no debe tener organizaciones estables; como no sea para acopiar y catalogar la mera erudición lingüíst ica o bibliográfica. Porque la poesía puede fácilmente desecarse al peso de las pragmáticas de cualquiera Academia o cualquiera mentida Arcadia, como la libélula del relato entre las páginas amarillas y porosas de un viejo Rengifo. Si ya la vida es cosa que huye, la poesía, leve y alada, es más inasible si se quiere: vive solamente de espíritu, de soplo. Es la delicadeza y es la "espontividad" mismas, y se quebraría al choque de la menor partícula fija. Como la diosa homérica, "sus pies son delica- dos porque nunca pisan sobre la tierra sino sobre la cabeza de 107 los hombres", y como el Euforión del Segundo Fausto, esca- pa constantemente del mundo, inquieta y danzante. Las únicas opacidades momentáneas que enturbian la for- ma poética de Pagaza - en lo demás limpia y reluciente- soo, no 1,,5 ingenuas manías de humanista que le llevan a preferir., entre las dos o tres formas de un vocablo, al menos usual (porque, en fin, nada hay más legítimo en un literato que el anhelo de expresiones selectas), sino los procedimientos aca- démicos, las licencias un tanto escolares que a veces emplea , el uso de ciertas figuras de prosodia (apócope y paragoge so- bre todo), uso poco discreto, y aun la sintaxis rebuscada. Mas los poetas se revelan en sus excelsitudes y no en sus desmayos. Apartad esas maneras poco simpáticas, que son como el tributo a un título académico y a un seudónimo arcádico; apartad ciertos abandonos seniles : Pagaza os aparecerá como un artífice de la fonna, maestro en la expresión apropiada, cabal y elegante. La forma, en Pagaza, alcanza, por la fuerza plástica y la serena ·objetividad, efectos parnasianos al modo de Heredia, aunque por otros diferentes caminos. Los jóvenes aprenden y admiran en él aquel escoger minucioso J aquella riqueza léxica que revela un estudio amoroso de cada palabra, y le tienen con justicia por uno de nuestros poetas más cas· tizos. Este retal arrancado a la púrpura virgiliana bien podía ca- ber en los Trofeos de Heredia: Descansa entre nosotros: hay castañas, leche espumosa y pan; entretenidos velaremos soplando nuestras cañas Los fogones crepitan bien surtidos de acre leña, y ostentan las cabañas sus techos por el humo ennegrecidos. Salvo cierto pasajero descuido y la mala ocurrencia de tras· poner las palabras forzadamente, 10 mismo puede decirse de 108 este soneto, que recuerda también el soneto "Al manso" de Lope: ¿Culpable yo, Leucipo? ¡Vana queja es tu queja! Reprime el lloro tierno; con zumo de uvas y hojas de aladierno, ven, curaremos a tu herida oveja. A ella la culpa. Sin cesar aqueja con sus balidos y retozo eterno a mi chivo, que hiere con el cuerno cuando rompe enfadado la crizneja. Curémosla, Leucipo: y te conjuro que este animal indómito y dañino no turbe el que tenemos goce puro. Yo tomo esta vereda; tú el camino sigue : y aparte en el hayal oscuro alternaremos con cantar divino. Adviértase que, junto a las sorpresas de la sintaxis, a que era Pagaza tan candorosamente aficionado, de pronto apare- cen en sus versos -sin duda como un artificio más- estos alardes de llaneza: "Yo tomo esta vereda", "Ya sé lo que he de hacer", "Oye, Salicio, un ojo a mis corderos", "Prende el fogón, amiga, tengo frío". y - siempre siguiendo con los sonetos, que es el mejor logro de Pagaza- quiero dar ahora esta muestra de su indudable influencia sobre Manuel José Othón, quien ciertamente mejo- ró a su modelo. Los dos sonetos llevan el mismo nombre, "El río". Dice Pagaza: ¡Salve, deidad agreste, claro río, de mi suelo natal lustre y decoro, que resbalas magnífico y sonoro entre brumas y gélido rocío! 109 Es el blanco nenúfar tu atavío , tus cuernos de coral, tu barba de oro , los jilguerillos tu preciado coro, tu espléndida mansión el bosque umbrío. Hiedra y labrusca se encaraman blondas y enlazan, por cubrirte en los calores con campanillas y rizadas frondas ; Te dan fragancia las palustres flores ; y al zabullirse, tus cerúleas ondas ensortijan los cisnes nadadores. y dice Othón: Triscad, oh linfas , con la grácil onda; gorgoritas , alzad vuestras canciones, y vosotros, parleros borbollones, dialogad con el viento y con la fronda . Chorro garrulador , sobre la honda cóncava quiebra, rómpete en jirones y estrella contra riscos y peñones tus diamantes y perlas de Golconda. Soy vuestro padre el río . Mi cabellos son de la luna pálidos destellos, cristal mis ojos del cerúleo manto. Es de musgo mi barba transparente, ópalos desleídos son mi frente y risas de las Náyades mi canto. Tales fueron, pues, la calidad y la influencia de Pagaza. En cuanto a la sustancia misma de su poesía , a su fondo emotivo o sentimental y a la intensidad de sus asuntos, hay que recor- dar el discrimen de Walter Pater o el buen arte no es ya el gran· de arte. Si aquél se alcanza con el mero éxito de la expresión, éste sólo se logra con la cualidad misma de lo expresado, su lealtad para con los grandes fines humanos, la profundidad en llO la rebeldía, la provección en la esperanza. La verdadera grande- za del arte literario depende -continúa el crítico inglés- del grado en que contribuye a aumentar la felicidad de los hom- bres, a redimir al oprimido, a acrecer nuestras simpatías muo tuas, a ennoblecer y a santificar la vida o la muerte. No es necesario que todos acepten esta doctrina (hay la del "arte por el arte"), pero ella nos sirve para fijar conceptos. Pues si la poesía de Pagaza realiza enteramente la primera y elemen- tal condición, la musical y orgánica (el acuerdo entre la mate- ria y la forma), apenas cuenta con aquella mínima dosis de sentimiento necesaria para constituir poesía, y su sentimiento nunca se eleva sobre el pálido tono de la ternura. Si el licor es grato para saborearlo una o dos veces, de una manera intermitente, en uno o dos sonetos aislados, acaba de causar cierta impresión de monotonía empalagosa . Hay, además, en este poeta, una afectada facilidad de llorar que resulta o "retórica" o no muy saludable. Los primeros versos de Pagaza aparecieron junto a unas traducción de Virgilio; y los segundos, junto a unas de Horacio. La misma forma de publicación parece sugerir el carácter de estas poesías; hechas como a excitación de recientes lecturas clásicas, como en desahogo de la ola interna atraída, simpáticamente, por el estudio de los dos maestros latinos. De aquí que a veces sus versos tengan la modesta significación de meros ensayos humanísticos o ejercicios para disciplinar y vencer la fonna. El mismo los llama "imitaciones". Y así como en el primer libro (Murmurios de la selva) se deja sentir la quemadura de Virgilio, patente en los asuntos idl1icos, en los personajes (pastores con nombres latinos), en el procedi- miento y las imágenes (la reminiscencia de la "endeble caña" o la "avena peregrina" vuelven constantemente), así, en el segundo libro, la sutil influencia de Horacio es perceptible en la manera de ornamentar alguna oda, en esta o aquella meditación sobre el correr de los años, en el modo de apos- trofar, ya brioso y rotundo. En la dedicatoria del primer libro , al Dr. Labastida, enton- 111 ces Arzobispo de México, dice el poeta: "Entre las produc- ciones originales, hay algunas eróticas; y tal vez sea oportuno declarar, en gracia de aquellos lectores que no me conozcan, que están personificados en esas coplas, bajo los nombres poéticos de Flérida , Mincia, Amarilis o Galatea, la Villa del Valle, mi tierra natal, y Tenango del Valle mi antigua parro- quia." No lo creemos: todas las composiciones aquí aludidas son idilios algo insípidos, donde nada se refleja del amor apostólico por la iglesia rústica y por la gente campesina. Estas poesías no son más que las humanidades de Monseñor Pagaza. En cuanto al poeta descriptivo que ya apuntaba en ellas, prendido todavía al manto de Virgilio, podemos apreciarlo en aquel soneto , "Atezcapan", que acaba con un toque au- daz y gracioso: y sólo se oye en la remota orilla el chis del agua hendida por el remo del indio que resbala en su barquilla. Sucede con este descriptivo lo que con muchísimos otros, que los poemas descriptivos son los más débiles. Los conjun- tos muchas veces parecen vistos a través de un ojo ajeno, o más bien parecen trazados según una fónnula impersonal. Es en los detalles donde hay que buscar la pericia de Pagaza. Porque concede a las grandes pequeñeces del mundo -a las burbujas de agua; a las arenas que arroja el arroyuelo al ca- mino , "lleno de gozo"; a la barquilla que forcejea con el tilo; al "tierno saúz del vaporoso río"; al ruido con que las vacas trozan "los tallos dulces del llantén crecido"; o con que se columpia el viento entre las estacas de las viñas; o al rumor "del riachuelo llorón que necio lidia con las peñas que baña con su aliento"; a los pobos y algarrobos que cierran sus flo- res al ponerse el sol; a la estrella de la tarde, lámpara del cie- lo; al grito de la abubilla, al apeonar de las tórtolas asustadas- aquella atención amorosa que tanto conviene a la piedad cris- 112 tiana, que hace pensar en los solitarios del bosque y que evoca, "de pleno derecho", la grande alma de San Francisco de Asís. Si seguís cuidadosamente la trama lingüística de estos versos; si contáis, conforme a gramática, los distintos géneros de pa- labras usadas, os sorprenderá (pues acaso a primera vista no lo habíais notado) el grande número de adjetivos , de califica- tivos, de epítelos. Apenas aparece un objeto, sea ser, sea cosa, y ya le veis aparejado con una, dos y aun más calificaciones que os lo ponen justísimarnente de relieve. Y lo que más os inquietará , sin duda, si sois escritores (pues parece que esto hace dudar de la eficacia de los vocablos y hacer creer que las expresiones valen, no por cualidad, sino por cantidad, por amontonamiento) es que, puestos a suprimir epítetos, no os atreveríais a borrar ninguno: ¡tan tramados así están en el pensamiento del poeta? Y bien: tal procedimiento de adje· tivación es fruto nada más de aquel amor minucioso y analíw tico hacia los seres y las cosas humildes. El poe ta se ha con- centrado, se ha educado para observar detalladamente los objetos de su arte, y en cada uno ha sorprendido múltiples encantos de que se alimenta su poesía. Necesita revelarlos todos, justamente porque su poesía no es más que esto, en lo que tiene de suya: el amor a las cualidades minúsculas de las cosas y de los seres minúsculos. El poeta, como un santo jardinero, cuida, en el huerto de Dios, una por una, las flore s diminutas, aun cuando se oculten más que las violetas, y pien- sa diariamente, al iniciar su dulce tarea, que cada ser, que cada cosa, es un fruto maravilloso de la Creación; que todo encierra un alma sagrada; y llega así a aquel "animismo", a aquella adoración local del árbol y la piedra , en que gentiles y cristianos confluyen, y a través de la cual San Antonio y el sátiro del desierto se comunican entre sí, al signo revelador de la cruz. Si en este tono se hubiese ejercitado más ahincadamente el sacerdote poeta, tendría en el parnaso americano un puesto único . Mucho, muy alto pudo subir, partiendo de semejantes 11 3 principios. La crítica, si ha de ser mera exposición, yo no la entiendo: menester es que descubramos los arquetipos de que son reflejo las imperfectas obras humanas; menester es interpretar, o sea referir a su tendencia, a su ley justificadora, el hecho indócil y mudo; sondear así la aspiración íntima del poeta, apenas aludida en sus versos, y designar cada camino, para mejor entenderlo, por su último término y no por las encrucijadas que se le atraviesan. Si Pagaza hubiera seguido cantando los actos de su piadoso ministerio, y amando mi- nuciosamente los pájaros y las flores de su campo y la urraca amansada que le robaba pluma y papeles, mejor que perderse en nimias y poco felices imitaciones, sus versos hubieran sido como joyas de benedictino. Y así como para los viejos pinto- res de Flandes pintar era una manera de oración, sus versos también hubieran sido sus mejores plegarias. 114 CLEARCO MEONI0 1 Alberto María Carreño Señor Director de la Academia, Señores Académicos: Muy niño era yo aún, cuando por vez primera tuve comunica- ción con distinguidísimos miembros de la Academia Mejicana correspondiente de la Real Española; uno fue mi maestro y era un sabio: e! Sr. Canónigo de la Catedral, D. Francisco de P. Labastida; e! otro fue mi Cura y mi Rector, y era un dul· císimo poeta: los árcades romanos le llamaban CLARCO MEONIO. y recuerdo cómo impresionaba a todos mis companeros; cómo me impresionaba a mí el título de académicos , de indio viduos de esta respetabilísima corporación, que ambos litera- tos llevaban con orgullo legítimo. ¡Cómo entoces podía soñar siquiera el humilde "monacillo de! Sagrario", que aquella investidura habría de serie también conferida! ¡Cómo el pobre seminarista que, para asistir a las aulas, en razón de los exiguos recursos de su madre viuda y enferma 1 Discurso lddo ante la Academia Mejicana co~spondien tc de la Real Espa- ñola en la sesión que, para honrar la memoria del lUma. Sr. Dr. D.Joaquín Arca- dio Pagaza, celebró dicho cuerpo en la noche del 12 de febrero de 1919. [Apare- ció publicado en un foUeto que es hoy ¡nconseguible: Carreño, Alberto Mana. Clearco Meonio. Breve$ noticias acerca del nlmo. Sr. D. Joaquín Arcadio Pagaza, Obúpo de Veracn.lz. Mt:jico, Imprenta Victoria, 1919. 36 p.) 115 necesitaba vestirse con los despojos de niños ricos, podía es· perar que vosotros, miembros conspicuos de la intelectuali- dad mejicana , de modo tan bondadoso como espontáneo, lo llamarais a ocupar un sitial justamente ambicionado por quienes aspiran a ceñir un lauro de vistoria en las lides del pensamiento! ¿Os explicáis ya, cuán grande es y debe ser la gratitud que mi corazón os guarda por la merced que me habéis otorgado? y si a todos vosotros traigo el homenaje de mi agradeci. miento, con mayor razón lo rindo a quienes movidos sola· mente por su benevolencia para mí os presentaron mi obscu· ro nombre para que 10 ungierais con el óleo de vuestro voto. Mas en medio del placer que han llevado a mi espíritu la muestra de cordial amistad que me habéis dado, y el alto honor que me habéis conferido, una pena me embarga: aquel inspirado poeta a quien me referí al principio, ya no está en- tre nosotros; la muerte le abrió las puertas de la eternidad po- co antes de que me franquearais las de este instituto.' No pudo, en consecuencia, saber que el niño a quien tanto quiso; que el hombre a quien tanto consideró, había sido objeto de la distinción que hoy me tiene entre vosotros. ¡Cuánto lo habría celebrado! iCuánto la noticia 10 habría etemecido! Pennitidme por tanto, señores académicos, que al levantar hoy mi voz en este recinto , me ocupe en repasar la vida del ejemplar sacerdote, que por sus méritos alcanzó los más ele- vados cargos a que puede a'\pirar un ministro del Señor; y permitidme que traiga a vuestra memoria la intensa labor realizada por el humanista que nos reveló una vez más a los creadores de la poesía del Lacio; y que os recuerde la hermo- sísima obra original del poeta, que tan dulces modulaciones arrancó a las sencillas flautas de los pastores . 2 El Sr. Obispo de Veracruz, D. Joaquín Arcadio Pagaza, falleció en 11 de septiembre de 1918 y la Academia me hizo el honor de considerarme individuo correspondiente suyo en 9 de octubre del mismo año. 116 • • * Entre las montañas que se advierten por todas partes en nuestro Estado de Méjico surge un espléndido Valle, el de Bravo, al que esmalta riquísima esmeralda de verdura. Bos· ques frondosos lo circundan, corrientes de aguas cristalinas lo cr.Jzan y lo bañan, riscos enhiestos con primor lo adornan y doquier parece que Natura, con amor sin igual, dejóle pró- diga sus dones. Allí nació el niño Joaquín Arcadio en 6 de enero de 1839. Sus padres, D. Julián Pagaza y Doña Josefa Ordóñez, educá- ronlo con la patriarcal sencillez de que fueron capaces; mas terminada la instrucción primaria, el cura del lugar y distin- guido humanista, D. Mariano TélIez, inicióle en el conoci- miento de la lengua latina. ¡Cuánto las letras castellanas deben hoy al P. Téllez por aquella iniciación! También cursó en parte la Filosofía en su tierra natal , en forma y manera que sus estudios los encaminaran hacia el sacerdocio.3 y a fe que para tal misión necesitábase, en verdad, ser no de los muchos llamados, sino de los pocos elegidos. Las pa- siones político-religiosas habíanse desencadenado sobre el país, a manera de negra nube que, en medio de relámpagos y truenos, descarga su furia sobre mísero poblado en el que sólo quedan la desolación y la muerte. Los gobernantes arrojaban a monjas y frailes de sus conven- tos, y los despojaban de sus propiedades; la nueva ley supre- ma del país desconocía a los sacerdotes, en el nombre de una singular democracia, aun los derechos comunes a todo ciuda- dano. 3 El nombre del Sr. Pagaza se halla por primera vez en el "Registro de matricu- las de 1853 a 1858" del Seminario Conciliar en el año de 1858, en que el joven debía estudiar terar año de Filosofía. 117 Pretender, pues, en tales condiciones convertirse en minis- tro del altar significaba un verdadero amor al Divino Nazare- no; una verdadera vocación al apostolado de las almas. y el joven Joaquín Arcadio demostró tener ese amor y esa vocación. Abandonó el risueño Valle en que habíanse desa- rrollado serenos y tranquilos sus primeros años, y vino a la ciudad e ingresó en el Seminario y en él prosiguió afanosa- mente sus estudios y en él logró sus primeros triunfos inte- lectuales: e! grado de bachiller en Filosofía y en Derecho. 4 Allí encontró nuevos maestros que continuaron el cultivo de su inteligencia, y desinteresados protectores que fomen- taron sus aficiones al estudio: tales fueron el Dr. Amador Silva, que le enseñó e! Derecho Civil, e! Dr. José Ma. de J. Díez de Sollano, algún tiempo después Obispo de León, que le hizo conocer los misterios de la Teología Dogmática; el Pbro. D. Feliciano Arriaga, que convirtióse en su Mecenas. Difícil resultaba, sin embargo, el recibir las órdenes sagra- das: e! Arzobispo de Méjico, D. Lázaro de la Garza y Balles· teros, había sido arrojado brutalmente de! país y no había patriarca que pusiera el cayado en las manos de nuevos pas- tores. Mas las dificultades no parecieron jamás obstáculo serio a D. Joaquín Arcadio Pagaza cuando traía ya colmada la alfor- ja de los años; y menos podían desviar sus propósitos, cuando sólo había contemplado en veintitrés ocasiones e! llegar de la primavera. Emprendió, pues, penosísimo viaje hasta la ciudad de Monterrey, al frente de cuya diócesis encontrábase e! Obis· po Madrid, a fin de lograr e! sacerdocio. 4 Este último dato lo consigna el Sr . D. Agustín J. Tovar en la biografía que publicó en El Ti~mpo, a l o . de mayo de 1895, y el Sr. Pbro. Dr. D. José Castillo y Piña en la biografía Que estampÓ en el periódico Colu mbus del mes de octubre de 191 8. En los libros del Seminario se llama "Bachiller" al Sr. Pagaza, pero no he tenido a la vista el acta n=lativa a tal bachillerato, y no debe olvidarse que du- rante algún tiempo en dicho plantel se llamó bachilleres a los estudiantes de Teo- lOgÍa, Derecho, etc., aun cuando ya no se n=alizaran actos especiales como los que acostumbraba efectuar la antigua Universidad. Es indispensable, pues, hacer tal aclaración. 118 Para quienes hem os realizado la travesía hasta la capital re· giomontana disfrutando de todas las comodidades que otor- gaba nuestra vida de pueblo culto, por desgracia interrumpida, nada tiene de extraordinario un viaje tal. Pero en aquellos días (1861 a 1862) no había ferrocarriles; no había cómodos medios de transporte; no había siquiera seguridades de llegar con vida, toda vez que por doquiera los obligados a viajar tenían que habérselas con revolucionarios , no siempre dis· puestos a dejar en manos de sus dueños los bienes que llevaban. Una contrariedad inesperada hab ía de interponerse en el camino del Sr. Pagaza; la víspera de que llegara a Monterrey, el Obispo Madrid había muerto_ ¿Era que el destino complacíase en contrariar aquellas no· bIes aspiraciones? No; era que había resuelto que en el Estado de Veracruz el joven Pagaza iniciara y concluyera su vida sa· cerdotaL s . En efecto, venidos por tierra los proyectos del futuro mi- nistro del altar, regresó a la capital de la República sólo a fin de arreglar otra partida: en esta ocasión para encaminarse ha- cia la ciudad de Orizaba, en donde residía Fr. Francisco Ra- mírez, Obispo titular de Caradero; o para atravesar el Golfo Mejicano, si era indispensable, a fin de hallar las ansiadas ór· denes sacerdotales en la isla de Cuba. Un nuevo conflic to para el país acababa por entonces de aparecer: los convenios de la Soledad comenzaban uno de los numerosos actos del sangriento drama que en Méjico se desa· rrolla desde la iniciación de su independencia de España; pe- ro este acto iba a ser más trágico aún ; más sangre iba a derra· marse; más víctimas iban a ser inmoladas. Yen medio de la lucha que principiaba, el joven Pagaza, así como algunos otros aspirantes al sacerdocio, emprendieron la s La primera tonsura la rt:cibió t:n Méjico , a 17 dt: ft:brt:ro dt: 1856, según apattct: t:n d "Canon dt: Ordt:nt:s Sagradas" dd Sr. Arzobispo D. Manut:} Posada y Garduño, t:xistt:ntt: t:n la St:CTt:tan'a Arzobispal. No hay noticia dt: la ft:cha t:xac· ta t:n qut: recibió d Subdiaconado y t:1 Diaconado; pt:ro si d dato citado a t:ste respt:Cto, y que proporciona d Sr. Tovar, es exacto, debe colocant: entre d 9 y el 18 de mayo de 1862. 119 peregrinación, que en esta vez sí resultó fructífera, pues en el curso de diez días recibió las diversas órdenes sagradas, sién- dole conferida la más alta el 19 de mayo de 1862 .6 Refiere uno de los biógrafos del Obispo recientemente de- saparecido, que el de Caradero viose precisado a consagrar en seguida los santos óleos necesarios para las catedrales de Méji- co, de Puebla y de Michoacán; óleos que debían encomendar- se, por lo qu e a esta metrópoli se refería, a los jóvenes sacer- dotes.7 Mas una dificultad surgía al parecer insuperable: el Gral. Ignacio Zaragoza había prohibido la salida de Orizaba, y ni siquiera se encontraba él allí, sino en el Palmar. Salir sin la autorización del General en Jefe del Ejército de Oriente equivalía tal vez a ser sacrificado sin miramiento alguno; y quedarse por tiempo indefinido era · tanto como privar por igual tiempo a nuestra catedral de los sagrados bálsamos. El Pbro. Pagaza , sin embargo, halló el remedio: redactó un amplio memorial para el General en Jefe , urgiéndole por un pasaporte; buscó ahincadamente un mensajero que llevara aquel documento, y al fin cúpole la satisfacción de ver col- mados sus deseos. Zaragoza , en efecto, expidió el pasaporte , quizá movido por la audacia de aquel ministro del Señor; quizá porque , co mo acontece a la mayor parte de quienes presumen de ateos sin serlo sin o a flor de labio, pues continúan conservando las creencias que les inculcaron cuando niños, no había olvidado 6 Exist.:: una div.::rg.::ncia d.:: f.::chas .::n las varias biografías qu.:: h.:: consultado. El Sr. Tovar da la d.:: 19 d.:: mayo, sin pr.::osar claram.::nt.:: qu.:: s.::a dd año d.:: 1862; d libro Patria (Col. d.:: artículos varios sobre Méjico . Vol. 11 , pág. 35), s.::ñala d año d.:: 1864; .::1 P. J.::sús Garcia GutiérT'::z, daño d.:: 1863 (El Futuro, s.::pti.::mbtt 19 d.:: 1918) ; d Sr. Luis G. M.::nénd.::z,.::1 año d.:: 1862, sin fijar día (BiolfTafia del l1ustrúimo Sr. Obispo de Veracruz, Dr. D. Joaqu J'n Arcadio Pagaza .Jalapa, 1918, pág. 13) , y .::1 Dr. Castillo y Piña (Columbus. op . cit.,), .::119 d.:: may o d.:: 1862. Es- ta últim a '::5 la exac ta, s.::gún pu.::d.:: vers.:: .::n d acta de la ord.::nación firmada por d Sr. Obispo Ramirez . MS. en la Secr.::taría Arzobispal d.:: Méjico. 7 Tovar. Loe. cit. 120 sus principios religiosos y en medio de aquella avalancha irre- ligiosa aprovechó la oportunidad para servir a la iglesia de Cristo. Sigamos ahora a los recientes sacerdotes en su viaje hacia la capital de la República. Las anforas que contienen los óleos santos pesan 20 arrobas;! acomódanlas en un guay1."n 9 y en pintoresco hacinamiento acomódanse aquéllos también. El vehículo, que se resiente del inusitado peso que se le obliga a transportar, en son de protesta cruje y crepita; en este agu- jero se hunde con ánimos de no salir jamás de él; con aquel peñasco tropieza, amenazando derribar su carga; y cuando los ocupantes apenas comienzan a acostumbrarse a estos peligros, uno mayor les amenaza: ¡el de los salvadores del pueblo! ¡Oh nuestros salvadores del pueblo! Puros y mochos; rojos y cangrejos,10 todos constituyen igual peligro para nuestros caminantes! Que los colores y los nombres nada significan pa- ra nuestros revolucionarios, como nada dicen para los revolu- cionarios de cualquiera otra parte de la tierra: itodos son iguales! Entre los "republicanos", SIn embargo, el pasaporte de Zaragoza es de bastante ayuda; y los santos óleos prestan un buen servicio entre los "defensores de la religión y de los fueros". En Tehuacán, un jefe del ejército juansta ll exige un lugar en el incómodo carruaje, y uno de los sacerdotes se ve preci- sado a cederle su asiento, aunque para ello necesita quedarse en la misma Tehuacán; y cuando hay que transponer las cum- bres de Acultzingo, es indispensable que los portadores de las 8 230 kilogramos, en cifras redondas . 9 (Mej .) Coche de camino, muy ligero e inadecuado para soportar grandes pesos. 10 Los epítelos de puros y rojos se aplicaban a los llamados "liberales", y el de moch os y carl/(rt!jos, a los "conservadores". 11 Del ejército de Juárez. 121 ánforas se las echen a cuestas y caminen a pie , porque el guayín se niega definitivamente a servirlos. 12 ilnútiles menudencias! pensaréis ; mas aquellas penalidades habían de constituir las sólidas bases que soportarían las car- gas inherentes a la vida futura del nuevo pastor de almas. De sólo 24 años de edad, en el de 1863, el Pbro. Pagaza va al curato del Real y Minas de Taxco; llámanJo de allí sus superiores 13 para encomendarle una cátedra de latín en el Seminario , la cual deja para encargarse temporalmente de la parroquia del Sagrario Metropolitano y de éste sale para Cuero navaca, donde se entrega de lleno al estudio, que no abando- na cuando se le nombra Cura de Tenango del Valle. 14 "El apostolado del Sr. Pagaza en Tenango es una historia que no referimos nosotros, ha dicho uno de sus más puntua- les biógrafos . La gratitud y el amor aún palpitantes de sus antiguos feligreses hablan con elocuencia invencible. El sa- cerdote a quien se confiara aquel rebaño se dedicó todo ente- ro al cumplimiento de su elevada misión. Deseoso de consagrar el corto tiempo que le dejaban sus labores pastorales al estu- dio de la sagrada Teología y del Derecho Conónico, procura- ba siempre con prudencia que la Sagrada Mitra le enviase como vicarios a jóvenes estudiosos que en el Seminario se 12 Estos datos re feridos en El Tiempo por O. Agustín J . Tovar, fueron confir- mados alguna vez personalmente por el Sr. Pagaza a su primo el Sr. Pbro. O.José ürdóñez , quien se ha servido asegurármelos. 13 En el año de 1865 aparece por primera vez romo Pro fesor de Latín (Pro- sodia y Retórica) en el Seminario; y en el acta de la junta de rofesores celebrada el año de 1870 se lee: "ausentes_ .. el Pbro. D. Joaquín A. Pagaza por haber reci- bido el cargo de un curato y dejado la Cátedra por disposición de la Sagrada Mitra . . . " Libro de calificaciones correspondien te a los años 1868-1871, p. 68. 14 El Sr. Tovar incurrió en elTor cuando aseguró que el Sr. Pagaza renunció el nombramiento de Cura del Sagrario . El se hizo cargo de la parroquia en 26 de fe - brero de 1870 (Vid. Sen'e de los Sres. Curas del Sagran'o Metropolitano formada por el Sr. D. Vlcente de P. Andrade. actual cu ra del mlsmo en 188 7. MS. en la parroquia citada); y en el libro de bautismos N. 57, a fojas 44, se lee: "Hoy día diez y siete de Abril de mil ochocientos setenta cesó en sus funciones como Cura encargado de esta PalToquia el Sor. Presbítero Don J oaquín Arcadio Pagaza,por haber term inado el plazo para el que fui nombrado; quedando solo el Sor. Cura Doctor Don Juan Maria Hemández". Se ve, pues, muy claramente que ejerció el cargo, aunque por solo dos meses y que no lo renunció, si esta nota es exacta. 122 hubieran distinguido, para con ellos estudiar aquellas ciencias. y fue así como el Sr. Cura Pagaza, sin desatender las obliga. ciones del párroco, pudo dar a su talento gran caudal de ilustfación".15 Larga fue la estancia del sacerdote en aquel poblado; mas llegó un día en que el célebre Arzobispo Labastida encontró directamente aquella joya y queriendo que no permaneciera más inadvertida, la sacó para exhibirla donde pudiera lucir todo su brillo. Del modesto curato de Tenango pasó entonces al más ele- vado de la Arquidiócesis, al del Sagrario Metropolitano, en 2 de septiembre de 1882, y aquel iba a ser el primer peldaño de un rápido y notable encumbramiento' Allí lo conocí dos años y medio más tarde , cuando el P. Don Vicente de P. Andrade, nuestro sentido historiador, fue transladado, a su vez, como segundo cura a la propia parro- quia, y me llevó consigo . y paréceme tenerlo hoy mismo ante mis ojos; de hercúlea talla, de moreno rostro , de penetrante mirar, inspiraba sumo respet9 su fisonomía, a la que daba cierto tinte de severidad el grueso labio inferior, colgante un poco . . Era la suya, sin embargo, un alma blanca y sencilla, siem- pre dispuesta a la ternura; y jamás podré olvidar toda la que tuvo para "el monacillo del Sagrario" que era yo . ¡Cosa rara! Aquel insigne literato carecía de dotes orato- rias. Imposible, naturalmente, que un niño de nueve a diez años, que eran los que yo entonces contaba, estuviera capaci- tado para juzgar sus aptitudes; pero sí recuerdo algunos co- mentarios que en esos días 01; y tales comentarios expresaban la extrañeza que causa el contraste notable entre el poeta y el orador. y esto no porque los sermones del Sr. Pagaza no fueran piezas dignas de sus talentos literarios; sino porque su manera 15 Tovar. Loe. cito 123 de decir sus sermones hacía que perdieran mucho del mérito que pudieran tener. Quizá él mismo comprendió que el orador no igualaba al poeta y por esta razón ningún sermonario dejó escrito; al menos, que yo sepa. 16 En 21 de diciembre de 1885 se le nombró Prebendado de la Catedral y en 1887 era ya Canónigo de la misma; pero los honores eclesiásticos no iban a detenerse allí. Tres años después , en efecto, recibía el puesto de Secreta- rio del Gobierno arzobispal, y en fines de 1891 el de Rector del Seminario Conciliar, donde volvimos a encontramos. Seguianse en aquel plantel los viejos planes de estudios, bajo la dirección del sabio y santo jesuita D. José Soler; pero al hacerse cargo del colegio el Sr. Pagaza, quiso facilitar a los estudiantes católicos las enseñanzas que se impartían en la Escuela Nacional Preparatoria. Una veradera transformación sufrió entonces el Seminario; del brazo y hermanablemente caminaron unidos el Algebra y los Mínimos, la Geometria y los Medianos, la Fisica y los Su- periores. Desapareció, pues, la antigua división que separaba el estudio del Latin del de la Filosofía; profesores y alumnos se multiplicaron y el austero Seminario de sacerdotes trocóse en un amplio y moderno instituto científico, que años más tarde cedió su puesto al de Mascarones, creado por los jesui- tas, y convertido en casa de cuna primero y en escuela para señoritas con posterioridad, por las autoridades constitucio- na listas . En aquel instituto, al amparo de dignísimos maestros 17 y bajo la dirección preñada de bondades para mí de los Sres. 16 El Sr. Canónigo D. Lucio Estrada cr(:(: qu(: algunos S(:nnon(:s han d(: hallar- S(: (:ntre los manuscritos del Sr. Pagaza. 17 Fueron mis maestros de Latín el Canónigo de la Catedral Don José Guada· lup(: Huitrón, el actual Obispo de Tulancingo Dr. Juan Herrera. y Piña y el Cura de la Aunción en Pachuca, D. Rafael León; de Mat(:máticas el Sr. D. Mariano Gar- duño y el Cura del Oro D. Feliciano Gutiérr(:z; de Francés, el Sr. Lic. Octavio Elizalde y el Canónigo de la Catedral Dr. Miguel Muñoz; de Inglés, el Sr. D. Sa- muel Cabañas, el Sr. D. Enrique Groso y el Capellán de Loreto D. Agustín Hunt y 124 Soler y Pagaza puse las bases de la desmedrada cultura que me permite disfrutar hoy del honor de estar entre vosotros. iJamás olvidaré, ingrato, que fui seminarista! Por aquellos días anunció se la creación de un obispado más, el de Cuernavaca; se supo que el Sr. Pagaza era el encargado de la erección, y fue común la voz de que éste sería el primer obispo . En octubre de 1891 realizó se lo primero, más no lo segun· do , con gran extrañeza de todos, que nos podían prever que el eminente literato estaba destinado a un puesto de mayor categoría, si no en sí mismo, al menos por el medio en que iba a extenderse su acción episcopal. El día l o. de mayo de 1895, en efecto, quedaba consagrado Obispo de Veracruz en medio de gran pompa y en la iglesia Profesa de Méjico, donde Ipandro Acaico, el cele brado poeta helénico encargóse de can· tar las glorias del poeta bucólico. Mas no fue solamente el Obispo de San Luis Potosí quien dejó correr el caudal de su alabanza; que los enem igos mismos de las ideas católicas del nuevo consagrado sintieron placer en alabarlo. Oíd lo que en ese mismo día escribió El Partido Liberal. "Hoy en la mañana se verificará en la Iglesia de la Profesa la consagración episcopal del Señor Canónigo Don Joaquín Arcadio Pagaza, poeta eximio, ceñido desde hace años con la aureola de la gloria y que hoy lo va a ser con la de la potestad prelaticia. Este encumbramiento a una alta dignidad es motivo de intenso júbilo para todos los cultivadores de las letras me· xicanas , pues el Sr. Pagaza, por su talento indiscutible, por su inspiración fragante y diáfana, por su esp íritu levantado y progresista, por sus sentimientos generosos y leales, por su carácter tan franco como cariñoso, por todo lo que es y lo Cortés; de Física y de Química, el R.P. Francisco de P. Labastida, del Oratorio de S. Felipe Neri y Canónigo de la Catedral. y ya que hago esta recordación de mis maestros, no debo o lvid ar al Director de la humilde escuela gratuita donde recibía la instrucción primaria, el Sr. D. Miguel Arteaga; él me inició en el conocimiento y en d amor de nuestra rica lengua castellana. 125 que vale, se ha creado un círculo inmenso de admiradores que ven en él a la personificación completa del sacerdote ilustra- do, del creyente sincero, del amigo capaz del sacrificio y del poeta altísimo, orgullo verdadero del habla de Cervantes, de Garcilaso y de Fray Luis. "Nosotros, separados por las ideas del nuevo Príncipe de la Iglesia, no lo estamos ni por la admiración no por el cariño. Miramos en él al egregio representante en Méjico de una es- cuela poética, al cultivador incomparable de la belleza latina, al Virgilio redivivo que ha hecho brotar de sus poesías todo el perfume del idilio, sin dejar por esto de tañer algunas veces la cuerdas sonoras, vibrantes y hondamente humanas de la lira moderna; miramos en él al temperamento superior, al hombre enérgico que mira de frente, sin arredrarse, todas las tempestades de la vida y que sigue imperturbable su senda; vemos, por último, al amigo sincero de todos los escritores liberales , que para abrir la puertas de su casa y los brazos de su amistad, no se ha fijado nunca en credos políticos ni en las escuelas religiosas, porque sólo ha exigido el talento, la virtud y la nobleza . .. " 18 No es posible detenerse en la enumeración menuda de las labores realizadas por aquel pastor en su místico rebaño; mas algo hay que no puede quedar callado, puesto que constituye la mayor gloria sacerdotal del antiguo Cura de Tenango. Practicaba su visita pastoral cuando en las intrincadas sie- rras veracruzanas le sorprendió la nueva avalancha irreligiosa desencadenada por la revolución constitucionalista. Confor- móse ésta primero con dejar al prelado sin sus compañeros en aquella visita,19 pero en seguida el prelado mismo fue 18 Reproducido en la Crónica de la Consagración del ilustrísim o Sr. Obisp o de Veracro z, Dr. D. J oaquín Arcadio Pag(aQ, celebrada en Méjico el día 10. de mayo de 1895, formada por el Sr. D. Rodolfo C. Argüelles. Tatuca, 1907. Segunda parte, pág. 13 . 19 Las penalidades que sufrió en su cautiverio uno de los familiares del Sr. Pagaza, el Sr. Pbro. D. Pedro Avila, le originaron la muerte algunos meses después. Algo deja entrever de sus padecimientos el Obispo en una carta que escribió el Dr. D. J ose 'Castillo y Piña, al remitirle un bellísimo so~to que le inspiraron aquellas 126 llevado prisionero a la ciudad de Ver.cruz, donde ejercía las funciones de Ejecutivo D. Venustiano Carranza. Las vejaciones sufridas por el buen pastor no 10 intimida- ron; antes reapareció en él aquel animoso j oven que arrancó un pasaporte al General Zaragoza, y alegando con toda enero gía sus derechos de ciudadano por completo ajeno a la polí· tica militante logró que se le dejara en libertad y se le permi· tiera ir a su sede episcopal, a la ciudad de J alapa. Un nuevo atentado le aguardaba allí: el General Agustín MilIán, que a la sazón fungía como jefe de las armas en dicha ciudad, no solamente no le consintió permanecer en ella, sino que lo obligó a salir del territorio del Estado. El anciano tc=mbles circunstancias." . •• Errantes de un campo al otro en esta zona ardiente y la más necesitada -asierta el poeta-, afrontando mil y mil peligros , sin más libros que el breviario y el añalejo, sin otra defc=nsa que la cruz de Cristo, hemos atrave- sado mil veces yo y mis familiares, sacerdotes ambos, estos breñales hoscos, de día y de noche, absolviéndonos mutuamente y dando alivio .:;, las necesidades en cuanto nos era posible. "Ven estas condiciones, aún más difíciles porque me hab ían arrancado mis jó- venes compañeros, con sólo una moneda de cincuenta centavos, que dejaron caída los asaltantes, abandonado en aquella soledad, ya al o bscurecer, escrib í en aque día terrible, el 28 de abril del año anterior (1915) e1jugueta11o que hoy llega a tu poder. Cann ina proveniunt animo deducta sereno , escrib ió alguno en la edad d e oro y creo que dijo bien . . . " y e1juguetillo es el que sigue: Al divino redentor del mundo ¡Cuánto padece el hombre!. . . Tú lo sabes; tú al mundo das vida, luz al cielo, Color al iris, cuevas en el suelo A las raposas, nidos a las aves. Mi querer, por ser ciego, daños graves Traer pudiera, luto y desconsuelo; y no así el tuyo , porque ves sin velo y empuñas del poder las áureas llaves. Querer lo que tú quieres, es fineza Que me pide tu amor; y si a él aspiro, Debo humillar, y hum illo,la cabeza. ¡Ven. .. !, y me envuelve en impalpable giro • .. ¡Sea, . " pues pobre fuiste, tu pobreza Ese amor ideal con que deliro! 127 tuvo, pues, que trasladarse a México y aquí lo ví por la vez última. ¡Cuán grande era la entereza de su carácter! ¡Cuánta la firmeza de su espíritu! Casi noche a noche nos reuníamos con él su antiguo Vica- rio en Tenango y decano hoy del Cabildo de Guadalupe, el Sr. Canónigo D. Lucio Estrada, y su antiguo "monacillo del Sagrario"; y entonces pude darme cuenta , como en pocas ocasiones quizá, de su alto valer moral. Con la energía propia suya formuló un extenso memorial para el "primer jefe del ejército constitucionalista", exigien- do respeto para sus ¿erechos de ciudadano y de creyente; y su representación fue tal, que las autoridades no solamente le permitieron volver a Jalapa; sino que consintieron en devol- verle el Obispado, de que se habían apoderado.' Así, el Sr. Pagaza no se apartó de su grey en medio de las nuevas persecuciones de que son víctimas los católicos y sus prelados, salvo durante las semanas que necesitó, cerca de siete, para lograr que se le respetara y se le permitiera volver a unIrse a sus fieles , de quienes fue arrancado por medio de la violencia. 20 , , , Mas si digna de especial mención es para los creyentes la vida del sacerdote, de grandísimo interés resulta la del litera- to para los hombres de letras . Dos fueron los poetas clásicos a quienes consagró en en tu- siasta devoción: Horacio y Virgilio, los dos favorecidos de Mecenas; y esta devoción y esta preferencia son bien fáciles * Es decir, el edificio del episcopado. 20 Sólo cinco Obispos pennanecieron en su diócesis en toda la República, que yo sepa: el Sr. Pagaza, el Sr. D. Andrés Segura, que para nada abandonó su sede episcopal en Tepic, el Sr. D. Francisco Campos, de Chilapa, el Sr. D. Amador Velasco, de Colima, y el Sr. D. Rafael Amador, de Huajuapan de León. 128 de explicar, cuando se piensa que ambos poetas son dos de los más inspirados líricos que han existido en todos los tiem- pos. Sin embargo, parece que es Virgilio quien lo cautiva más; como que Virgilio ama la Naturaleza con una intensidad igual, mas no mayor a la del poeta mitrado; y si el intérprete del mantuano hace decir a Menalcas: Nada, pastor, halágame en la tierra Más que las rosas y pintadas flores; Su garbo , sus matices, sus olores Admiro embebecido en huerto y sierra: .. 21 Clareo Meonio, por su parte, exclama: ¡Ah! te aseguro , Liranio, Que allá en las aulas austeras No aprendí lo que Natura En estos campos me enseña. En cada fuente que brota y cuyas ondas inquietas Huyen saltando en los guijos Sonoras, blandas y amenas; En cada flor que a la aurora Remeciéndose despliega Sus pétalos, alardeando De su fragancia y belleza, y que en sudario a la tarde Sus propias galas se truecan y viene el aura gimiendo De su tallo a deponerla¡ En cada fronda que rueda, Liranio, encuentro motivos De reflexiones muy serias. .. 22 Una sonrisa desdeñosa brotará quizá de los labios de quienes desconceptuando lo que de bueno puede tener la moderna escuela de poesía y careciendo de la inspiración de los verda- 21 Egloga III . Pagaza. Murm un'os de la selva, pág. 32. 22 Murmun'os de la selva. 129 deros poetas que siguen los nuevos senderos, no quieren con· vencerse de que es la Naturaleza, en toda su rusticidad , la más fecunda fuente de inspiración poética. La más fecunda he dicho y no la única, porque casi todo cuanto rodea al hombre es poético, si el hombre lleva dentro de sí mismo el germen de toda poesía: el sentimiento. ¿Qué mayor poesía, en efecto, que la que encierra la con- templación de una joven madre que, en medio de tiernísimas canciones, suministra el nutrido néctar de su sangre al peque- ñito infante a quien primero dio ser y forma y vida dentro de sus entrañas? ¿Qué mayor poesía que la que encierra la dádiva del niño, que se desprende espontáneamente del preferido juguete o del gustado manjar para darlo al pobrecito desamparado, que lo miraba con ojos ávidos y dolientes? ¿Qué mayor poesía que la que encierra la salobre lágrima que silenciosa corre por las mejillas de los ancianos padres, cuando salidos del hogar los últimos hijos, como crisálidas a nueva vida, recuerdan el lejano día de sus propios desposo- rios; aunque se consuelen al pensar que un momento vendrá en que tierno renuevos, los nietos , serán producto, si bien lejan o, de aquellos troncos carcomidos hoy, pero ayer loza· nos y frescos? y la poesía se halla lo mismo en la cuna, que en el ataúd; en el dolor, que en el placer; en la debilidad, que en la fuerza; en la sencillez, que en el fausto; mas negar que su asiento está en la virgen Naturaleza es no conocer 10 que son Naturaleza y la poesía. Es verdad que si obligáis a quien jamás ha visto salir el sol, a que abandone el mullido lecho, en la ciudad, para con- templar la coloración maravillosa del Oriente, cuando por los campos la Aurora viene adornando con cendales y perlas el camino que en breve habrá de recorrer Apolo, será incapaz quizá de comprender la belleza del espectáculo; mas esto dé bese a que está adormilado, sus ojos han visto sin mirar. 130 Tampoco será capaz de estimar los encantos de los robus- tos árboles que, para tocar el cielo, se atan con fuertes o floridas enredaderas en los bosques, quien sólo busca afanoso no tropezar con el risco que huraño guarda sus tesoros; más esto dependerá no de que los encantos no existan, sino de que no se ha querido alzar los ojos de las rudas e incontables asperezas de la tierra. Id vosotros al campo, resueltos a disfrutar de las riquezas que guarda; y aun cuando no podáis, como el poeta, si poetas no sois, transmitir a otros vuestros sentimientos, el alma vues- tra experimentará una sensación de apacible bienestar con el tenue vaivén de las frondas, con el dulce piar de las aves, con el manso susurrar de las aguas, con el tierno balar de las ove- jas, con el sencillo vivir de los campesinos. y esta sensación deliciosa que experimentáis no es otra co- sa sino la poesía, creación sublime de la Naturaleza; y si ella movió al mantuano y a nuestro Obispo a familiarizarnos con la vida serena y pura, apartada del mundanal ruido , ella pro- dujo en España dos de los poetas líricos más admirables del siglo XVI: Garcilaso de la Vega y Fr. Luis de León. Paráfrasis llamó nuestro poeta sacerdote a todas las prime- ras versiones que hizo de las obras de Horacio y de Virgilio, y por tales habrá que tener algunas, especialmente cuando sepa- rábase del texto literal para emplear formas desconocidas en la métrica latina, cual acontece con el soneto, por ejemplo. Analicemos su obra, siquiera sea ligeramente. ¿Cuyo es Dametas, díme, aquel ganado Que allá a la sombra veo Pacer la hierba en la farace prado? ¿ Será de Melibeo? Aquí el poeta intercaló dos versos suyos al traducir el Die mihi. Damoeta, eujum pecus? an Meliboei? de Menalcas en la égloga III; mas al responderle Dametas: Non; verum AEgonis; nuper mihi tradidit AEgon, 131 el obispo, que tan gallardamente maneja nuestro hermoso endecasl1abo, lo aprovecha a maravilla para encerrar el verso del mantuano: No; es de Egón; Egón me lo ha entregado. En ocasiones, sin embargo, parece querer competi~ con el propio Virgilio, y dando vuelo a su personal inspiración, apó- yala en un pensamiento del poeta latino para elevarse a gran altura, como en este soneto: Abren su cáliz las pintadas flores, Cuelgan su fruto corvo los manzanos y encima de los frescos avellanos Se aposentan los pájaros cantores. Pastando sus corderos triscadores, Alegres cruzan los feraces llanos, Cogiendo aquí y allá los rojos granos De la fresa, sencillos los pastores . ¡Oh Títiro, por darlo a tu zagala, Vas a cortar el trébol que a la fuente Sonorosa en su margen acaudala. Detén la mano,joven imprudente, y mira que en las hierbas se resbala Cautelosa y ligera la serpiente. Virgilio escribió sólo: Qui legitis flores ct humi nascentia fraga, Frigidus, o pueri, fugt"te hinc, latet anguis in herba. 23 mas si hubiera salido de su tumba y hubiera visto la brillante forma en que el poeta mexicano completó su pensamiento , al estrecharle con vigor la mano, habríale pedido la venia indispensable para que el soneto entero pasara como suyo , 23 Egloga 111. 132 no sin agregarle entusiasmado: "Tus versos dignos son del nombre de Virgilio." Mas no se crea que en todo momento acude a la paráfrasis, ni se imagine que es afectuoso agradecimiento lo que me mueve a expresar un tan alto concepto del poeta pastor de almas; que quienes con justicia son considerados verdaderas au toridades en la materia han dado ya su fallo respetable. Aquel insigne filólogo nuestro, que tan justo renombre conquistó dentro y fuera de su país. D. Rafael Angel de la Peña, al hacer un juicio crítico del primer libro de versos que el entonces Canónigo lanzó a la publicidad, los Murmurios de la selva, hablaba así de la traducción virgiliana: "La que Pagaza ha hecho de las églogas de Virgilio no siempre es parafrástica. La de la primera, por ejemplo, se ajusta con notable fidelidad al original, y en ella lo mismo que en otras ha dado muestras de tales dotes poéticas, que yo le llaman'a Virgilio redivivo a no vedarlo la veneración debida al gran poeta mantuano. ,,24 Otro juicio quiero citar; que si no viene de autoridad tan alta como la del Sr. de la Peña, sí es muy de tomarse en cuenta por proceder de un escritor anticlerical, D. Hilarión Frías y Soto, que no puede ser motejado de parcial en favor del intérprete virgiliano. "Cuando leí las admirables traducciones de Virgilio - escri- be el Sr. Frías y Soto- hechas por el Sr. Pagaza, cuando sentí una verdadera delectación con aquellos versos sonoros, mu- sicales, que parecían impregnados con el perfume de las flores silvestres del campo, extrañé que pudiera deleitarme la poesía bucólica, después de haberme saturado durante muchos años con el estro candente del romanticismo moderno . También el galicanismo me había gastado el gusto crítico con su grose· ra desnudez, con su espíritu escéptico y con su forma sensa- cional. 24 Munnu,;oJ de la Jelva. Prólogo, pág. XVII. 133 "Hasta creía que el medio ambiente influía en la impresión que me causara la musa pastoril del Sr. Pagaza, que llegaba a mí púdica y sonriente, trayendo en la recogida falda. Diez pomas tintas de oro y púrpura, bañadas de rocío Que les daba frescor, lustre y decoro. "Un desastre político y una enfermedad rebelde me lanza- ron de la ciudad al campo; y allí, lejos del torbellino orgiásti- co de la metrópoli, como en un sueño reparador del pretérito cansancio, los versos del Sr. Pagaza me parecían la reproduc- ción, más aún, la encamación de aquellos prados vestidos de verde grama, de aquellos huertos llenos de manzanos, de dora- das frutas, lirios y palomas. "Pero había otra impresión más en aquella poesía pastoril, y era un bello y sonriente recuerdo de juventud: parecíame que hacía años, muchos años, que había leído los Murmurios del Sr. Pagaza, y era verdad ... había leído, había traducido el Virgilio en las aulas, entonces, cuando sabía enseñarse el latín y sabía aprenderse. "El Sr. Pagaza, sin embargo, parecíame un traductor más feliz de lo que había sido mi maestro: es que éste no era poe· tao Y hoy que he visto ya versiones clásicas del poeta favorito de Mecenas, puedo decir que las que conozco son muy inferiores a las del Sr. Pagaza. "Y me refiero a las literales, porque las paráfrasis son ver· daderamente admirables." "Pero los versos del Sr. Pagaza -añade Frías y Soto después de un detenido estudio de la obra del entonces Canónigo- deben leerse teniendo delante a Virgilio, para así estimar que en ambos hay la misma armonía, la misma dulzura, que reve- la no sólo la ecuanimidad de genios, la similitud de inspira- ción, sino la paridad de idiomas . .. "15 lS El Renacimiento . Segunda época, pp. 13 y sigs. 134 y lo que hemos dicho respecto de Virgilio, podemos asen· tar de Horacio. El Obispo traduce con amor todas sus odas en forma para· frástica en ocasiones, de maneTa literal a veces: en momentos de modo tan literal , que quizá hubiera sido preferible usar vocablos en nuestra lengua más connotativos que los emplea· dos por el poeta latino y que el traductor conservó. ¿Recordáis la filosófica sentencia del poeta, que en la oda IV del Lib. 1, dirigida a Sextio declara: Pa/ida mOTS aequo pede pulsat Pauperom tabernas, regumque turres? pues Pagaza en elegante silva la traduce: Sextio dichoso, pálida la muerte pulsa la torre fuerte del rey soberbio con la misma planta con que pulsa la choza donde el pobre sin ténnino solloza, y que apenas del suelo se levanta. Aquí emplea, es cierto, algunas voces que amplían ligera. mente el texto latino: pero de modo tal se sujeta al mismo, por otra parte, que aprovecha el verbo pulsar de Horacio. Fue más afortunado en la selección de este vocablo otro traductor mejicano, cuando igual pasaje lo vertió así: Pisa con igual pie la muerte pálida la choza pobre y el alcázar regio . . ."26 Ahora bien; divíd ense las opiniones de los críticos cuando se trata de discutir cuál versión es de mayor mérito, si la lite- ralo la parafrástica. 26 Joaquín D. Cuuús. Algunas oCÚJs dI! Q.. Horado Flaco .. México, 1898. 135 A mI JUICIO, para resolver con acierto la cuestión, deben considerarse distintos puntos de vista. Torpe sería pretender enseñar por medio de paráfrasis los conocimientos filológicos de un escritor, sus modismos, sus giros, su habilidad en la selección de los vocablos; mas tam- poco sería fácil lograr éxito completo por el solo empleo de la versión literal. Cada idoma tiene su peculiar sintaxis y veces hay en que resulta del todo imposible conservarla al efectuar una tra- ducción. Si analizamos el idioma latino, por ejemplo, encontrare- mos que aunque muchas voces pasen al castellano sin perder su significado o su valor fonético, no por esto puede asegu- rarse que una versión absolutam("nte literal sería capaz de darnos a conocer en su integridad la belleza de la obra tradu- cida. Para comprobar esto no se necesita más que poner la vista en las traducciones y uxtalineales 21 de que muchos poetas se valen para colocar más tarde en elegantes moldes un origi- nal latino. Las palabras sin orden ni concierto, que se ajustan sólo a no perder la colocación que el equivalente guarda en el propio original, carecen de belleza; únicamente son los diver- sos colores de una paleta que servirán para pintar un bello cuadro; son las piedras sin tallar con que habrá de enriquecer- se artística diadema. ¿De qué depende esto? De que uno de los elementos más valiosos del latín es su hipérbaton elegantísimo, que separa voces que en apariencia deberían unirse; que transpone ele- mentos que en otras lenguas rigurusamente han de ocupar en la oración lugar determinado; que hace de cada período el desconcierto mejor concertado; el más concertado de los desconciertos. ¿Puede lograr esto de idéntica manera el dúctil y maneja- ble castellano? Ciertamente que no; y por haberlo pretendido 21 Aun cuando este vocablo no está aceptado por la Real Academia Española, es el término técnico que emplean los traductores. 136 en el siglo XVII aquel gran poeta que se llamó D. Luis de Góngora y Argote, hubo de soportar las más rudas diatribas que pueden caer sobre un innovador; por mucho que al fin y a la postre sus esfuerzos no hubieran sido estériles del todo. Desde el momento mismo, pues, en que una traducción no consigue conservar el hipérbaton del original, que es una de sus mayores bellezas, de sus muy ricas elegancias, no puede dar la medida absolutamente precisa de lo que ese original es . y si esto acontece con un escrito en prosa, ¿qué pasará con los escritos en verso, en que el poeta se halla facu ltado para usar de mayores licencias que el prosista? No; es inútil pretender que una traducción por más literal que se la suponga, nos dé por sí sola un trasunto exacto de la obra traducida; y siempre y en todo caso el traductor tendrá que poner en su labor cuan to sea capaz de darle su personal ingenio. y aquí es donde han de medirse la habilidad del traductor literal y la del traductor parafrástico; el primero ha de cuidar an te todo, de conservar la belleza de dicción y construcción de la obra que traduce, sin afear la lengua en que traduce; el segundo ha de conservar, si quiere lograr buen éxito, la gran- deza toda y toda la excelsitud de la obra que interpreta. El traductor literal necesita ser tan hábil artífice como el autor a quien vierte; el traductor parafrástico necesita igualar su ingenio al del genio con el que se compenetra, con el que se unifica. Son, pues, dos sumas habilidades las de estos dos linajes de traductores; pero si la obra creada en la paráfrasis es digna de la que le dio origen , paréceme que es más grandiosa por más atrevida; más sublime por más inteligente. En el primer caso se imita; en el segundo se crea; y si debe reconocerse mérito en el imitador ¿no ha de confesarse que a éste muchas veces sobrepuja el del creador? Ahora bien ¿sabéis qué juicio mereció nuestro traductor parafrástico del más alto crítico español que produjo el siglo XIX? 137 Cuando Menéndez y Pelayo quiso insertar en la Antología de poetas hipano-a cognitions sensitivae, si bien en esta última enunciación se circunscribe lo estético a lo puramente emocional. Croce y Bosanquet han hecho notar que la Estética, es de· cir, la Filosofía de lo Bello, ha debido sufrir los cambios pro· gresivos que han influido en o tras ramas del saber humano a medida que avanzan las ciencias. Más aún, tal como sucedió en la filosofía general aconteció con la Estética. Se polemizó sobre si existe en la realidad lo bello, fuera del hombre o si la *Velázqu~s, Gustavo G. "La poesía ~rgi.liana de Joaquín Arcadio Pagaza". En Humanismo. Año III, t. IV, ns. 17·18. México, 20 de febttro de 1954. Este en· sayo reapareció como una introducción a la antología Valle de Bravo en la poesl'a de Pagaza, Toluca, Ediciones del Gobierno del Estado de México, 1958. 125 p. 281 belleza es nada más una emoción subjetiva, algo que corres- ponde a la emoción y al conocimiento de cada persona; pero sin que más allá de la emoción y del concepto subjetivo de cada hombre, positivamente exista lo bello. Entre quienes declararon que existía la belleza y lo bello fuera del hombre se encontraron no sólo los filósofos mate- rialistas, sino también los idealistas metafísicos. Estos, desde Platón hasta Aristóteles y muy recientemente Sto. Tomás de Aquino, los tomistas y los neotomistas, resolvían el problema en forma sencilla, diciendo que la belleza en la realidad mate- rial no existe sino por analogía, en cuanto es el reflejo de la divinidad. En los tiempos anteriores a la Primera Guerra Mun- dial, tanto Benedetto Croce como Eucken, como Boutroux, como Bertrand Russell, como Serra Hünter y Goblot, para no citar sino a unos cuan tos, han expresado la relatividad del concepto de belleza y su formación preferentemente subjeti- va. No existe, manifiestan, una belleza a prion· ni lo bello en sí, sino que la actividad estética tiene que ser un proceso psí- quico en el cual intervienen el sentimiento, la memoria, la imaginación y la razón, según resume Victor Bash en un libro que ha envejecido y que llamó: "L'Esprit Nouveau". Antigüedad del problema estético Esta indefinición sobre el carácter de lo bello, por otra parte, viene desde muy lejos. Cuando Aristipa pregunta a Sócrates, según lo declara Je- nofonte en sus Recuerdos sobre Aristóteles: ¿Qué es la belle- za? El gran mósofo contesta sencillamente: "Muchas cosas. - ¿Pero son cosas semejan tes entre sí? -Algunas son semejan- tes. - ¿y cómo puede ser bello lo que difiere tanto de otra cosa bella? -Dama hermoso y bueno todo lo que es acomo- dado a su fin". Concluye Sócrates. En el ·Primer Bippias, segÍln recuerda James SulIy, el mis- mo Sócrates apunta la relatividad del concepto de belleza, 282 cuando dice " ... Te pedía lo que era esto bello que uniéndo· se a todas las cosas las hace bellas: una piedra, un madero, un hombre, un dios, una acción, una ciencia ... " . Desalenta- do, el filósofo termina diciendo: "Las cosas bellas son difíci- les ". Perplejidad de los filósofos Qué menos podría decir Sócrates si ante la concepclOn del ser los filósofos de todas las escuelas se encontraron siempre en disputa declarando unos, que la realidad es solamente pro· ducto de una inteligencia superior que todo lo formó desde el principio; otros, como Heráclito , al que Aristóteles llamó "el oscuro", expresan que todo fluye, todo marcha y nada se detiene. Lo que es estable no es el movimiento o la transfor- mación, sino la ley del movimiento, que consiste en ser y no ser: unión de los contrarios o coincidencia de las diferencias. Platón, que nos conservó las ideas de Heráclito, admitirá, por encima de este mundo móvil y cambiante y más allá de lo físico - de ahí la palabra "me tafísica"- , un mundo inmóvil y eterno y, por lo mismo, único inteligible. Admitiendo en parte para lo material los conceptos de Heráclito, Aris tóteles en Teetes expresa: "Concibo que lo que tú llamas color blan- co no es algo que exista fuera de tus ojos; no le asignes un lugar determinado porque de ser así tendría una línea marca- da, una existencia fija y no estaría en vías de generación. Es preciso formarse la misma idea de todas las demás cualida- des." El estagirita termina manifestando que es preciso seguir la razón divina y que el alma, durante esta vida, se manifiesta en el cuerpo y en él se hace visible "como el rayo que rasga la nube". Tanto Platón como Aristóteles y más tarde los fIlósofos es- colásticos aumentan las confusiones en la mente de los hom- bres porque urgidos de explicar la transformación de lo que nuestros sentidos perciben, niegan que el ser tenga otra reali- 283 dad que la puramente espiritual y metafísica, concluyendo por decir que lo material que nuestros sentidos perciben tiene una vida derivada de lo inmaterial y que sólo el espíritu, la esencia no. tangible, tiene existencia. El P. Garrigou Lagrange, de la Orden de Predicadores, no hace muchos años repetía, tratando de explicar la realidad del ser y recordando a Santo Tomás de Aquino en su Comentan'o sobre la Metafúica - en que resume el pensamiento de Aristó· teles sobre la identidad del ser- mciendo que una cosa puede ser idéntica a sí misma, unum et idem. de dos maneras: per se o per acádens. "Por esta causa, concluye Garrigou Lagrange, se ve que las nociones de unidad y de iden tidad son no sola· mente unívocas sino también analógicas, es decir, que tienen un sentido diferente; pero proporcional. Por ejemplo: la uni· dad de Dios, siempre idéntico a sí mismo, es profundamente diferente en todos los cuerpos, aunque reciban siempre for- mas nuevas. Esta concepción aristotélica clásica tiene su correspondencia en la definición escolástica de 10 bello, que, según los fil ósofos escolásticos de la Edad Mema, sólo existe en Dios, hermosura eterna, sin imperfección porque es idén- tico a sí mismo. En las cosas terrenales sólo puede existir lo bello como reflejo del espíritu, del alma. Por eso la Estética no puede referirse jamás a las cosas sucias de la tierra, que, por otra parte, no es posible que puedan ser motivo de cono· cimiento porque se hallan en constante perecer y son transi- torias y caducas. Este último concepto estético está bien expresado por Dante, cuando muestra cómo el alma humana se transfigura para fundirse en Dios, donde toda forma material se desvane- ce, al llegar al Paraíso: .... . . ...... ....... .. Thtta cessa M,"a visione ed ancor mia distr"lla Nel cor la dolc e que nacque da essa. Cosr' la neve al sol si disigilla Cos,' al vento nelle follie lievi Si perdea la sentenzia de Sibilla. 284 El concepto medioeval de lo bello El predominio de las clases feudales que surgió cuando el cris- tianismo fue adoptado como religión de Estado por Constan- tino, impuso en los hombres la concepción de la belleza que domina durante toda la Edad Media respecto a que todo lo terrenal debe ser aborrecido, odiado y rechazado como una cosa llena de fealdad. Los hombres manchados por sus peca- dos y por el pecado original, purificados únicamente por la sangre del Redentor, han de aborrecer todo lo terrenal, como el amor y los goces sencillos de la vida, porque esto los vuelve impuros y anula el valor de la Redención. De esta manera se impone la convicción de que el hombre y su mundo nada valen, sino que lo único hermoso y válido son la divinidad y el cielo, mundo de las almas, paraíso perdido, a donde han de regresar quienes viven una vida constante de dolor y de priva- ciones y no pecan, o los que cometiendo pecados purifican sus almas con la penitencia o las llamas del Purgatorio, puesto que del Infierno nadie saldrá. Sólo es bello lo que ayuda a lle- gar a Dios y sólo se alcanza la belleza cuando el alma del hombre vuelve a la divinidad. Sin embargo, los hombres crearon muchas cosas bellas en medio de su desesperación y de su angustia, anonadados ante la inmensidad de su d~sgracia. No sólo las Catedrales Góticas sino también los cantos, particularmente algunos de los que perduran en la liturgia de la Iglesia Católica. El llanto del hombre, la desesperación del hombre, el dolor del hombre y su ansiedad por salir algún día de la miseria se expresaron en acentos tan sublimes que yo no resisto la tenta- ción de recordar algunos himnos medioevales, como el "Dies lrae", el "Stabat Mater" y la versión latina del Salmo de Da- vid: "Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam". A pesar de la miseria del hombre, con la cual ha de resig- narse, según se enseñó en el pasado, también se escapan de sus labios leves y tenues sonrisas de esperanza. En su mente 285 surgen los anhelos tímidos de días mejores expresados en cánticos gozosos, de los cuales yo recuerdo no sólo la música grave y solemne del Canto Gregoriano, sino también el len- guaje juguetón y alegre del himno navideño: "Adeste fideles ~Ieati, triunfantes -vocati pastores -adproperant". Un cambio inesperado Pero en el Renacimiento las cosas cambian en todos los órde- nes del arte. El hombre pisoteado, lleno de cilicios, sangrante, extenuado por los ayunos y la represión de sus anhelos, des- cubre la existencia de un mundo nuevo. Sandro Boticelli en pintura se olvida de las madonas de Fra. Angélico de Fiésole y pinta a las mujeres de la campiña romana. Peruggino enseña a Rafael el camino de la nueva hermosura y nace la literatura de Petrarca y de Bocaccio, que influye en la nuestra, en la castellana del Siglo de Oro, a través de los padres de la poéti- ca española, Garcilaso, los hermanos Argensola, Lope de Vega y Fray Luis de León, para no citar sino a los que, me parece, tuvieron influencia en la formación poética de Joaquín Arca- dio Pagaza. ¿Qué ha sucedido con la belleza? ¿Por qué se abandonan conceptos y formas que en el pasado parecían eternas? ¿Cuál es la razón de que en Italia desde antes del Cuatrocento apa- recieran extraños movimientos que llegan, como por un ocul- to venero, para realizar lo que Elí Faure censura de Grecia, cuando dice que se acerca al hombre verdadero para olvidar al hombre posible? Algo muy grave ha pasado que no trato de determinar aquí, pero que produce un renacimiento en las artes y en las letras. Renacimiento se puede equiparar a en- cuntro y descubrimiento de lo que permanecía oculto. Lo que se había perdido y casi muerto era precisamente aquello que produjo el arquetipo de belleza en Grecia y en Roma; lo que hizo posible el Discóbolo, el Doríforo, Los Atletas, el Efe bo Apoxiomeno de Lísipo, las cabezas de Scopas en el 286 templo de Tegeo, la Afrodita, de Cirene, la Amazona de Poli- cleto, las Venus de Milo, la Victoria de Samotracia y el Lao- coonte que ha inspirado a Lessing una de las obras más impor- tantes sobre el problema de la Estética que intento presentar aquí para levantar sobre bases seguras el juicio de la obra lite- raria de Pagaza. Lo esencial del nuevo concepto estético Algo muy grave pasó en el mundo a partir del siglo XV que revolucionó profundamente más· que los conceptos las reali- zaciones del arte. Los cristos sangrientos se volvieron huma- nos y pareció que la vida palpitaba debajo de las esculturas; se diría que la sangre ya no era sino un símbolo para recor- dar un pasado lleno de espinas y dolor. Las madonas encaro naron en los cuerpos de las mujeres del campo y de las cortes y el verso tembloroso, como una gota de lluvia indecisa, abandonó las naves sombrías de las catedrales para correr, alado y hermoso, en nuevos metros, vivificando con el idioma del pueblo, tras la hermosura de Beatriz, de Laura y aun de Filis y de Galatea. La clase sacerdotal perdía su puesto hegemónico dentro de la sociedad y los hombres de negocios, los nuevos señores de los burgos, los poderosos comerciantes imponían en la rea- lidad una distinta concepción de la vida y del hombre al que se liberta de la opresión monástica para que ría y guste los placeres amables de la tierra. Es verdad que se resucitan en literatura los textos de los poetas de Grecia y de Roma y es verdad que se vuelve a expli. car el fenómeno poético como el producto misterioso de la inspiración provocada por la presencia del numen - Numine afflntur-. pero lo bello se enuncia a partir del Renacimiento, en formas muy diversas a las que se usaron en el pasado me- dioeval. 287 Cuatro siglos de retraso en América Con mucho retraso llegó hasta nuestras tierras americanas aquel movimiento que influyó en la literatura del Siglo de Oro español. Se diría que el empuje renacentista sólo pasó a América después de la Gran Revolución Francesa en 1789. Es decir, los americanos sufrimos en nuestro despertar artís- tico un retraso de cuatro siglos, a pesar del balbuceo que se escucha en los seres mejor dotados, como nuestra Sor Juana lnés de la Cruz. En los poetas renacentistas de América aparecen influen- cias que juzgadas superficialmente parecerían exóticas: la de Virgilio y la de Horado, cuyo estro se siente en otras obras inmortales como la Divina Comedia, en los Sonetos de Petrar- ca y, para subrayar lo que aquí conviene, en la poesía de Fray Luis de León y de Garcilaso de la Vega. De contrabando, ade- más, se introducen en nuestras letras las tendencias y los gus- tos que vienen de Francia y de otros países, notables no s610 en el empeño purista de la poesía trabajada como quiere Boi- leau, sino también en la sonora y román rica cadencia que don Andrés Bello, por ejemplo, toma de Víctor Hugo y de Byron. Es a partir del momento en que estalla, como una inmensa corola de esperanza, la Independencia de nuestros países de América Latina, cuando se presenta un fenómeno parecido al que se operó en Europa durante el Renacimien too En Amé- rica - y México no escapa a tal propósito- nace el empeño de purificar er lenguaje que, como sucede con Andrés Bello, liberta la gramática castellana de la imitación de la latina; pe- ro incorpora al idioma culto las ricas aportaciones del lengua- je popular de nuestras tierras. Sólo por recordar una semejanza más con el Renacimiento es conveniente saber que nuestros escritores del siglo pasado han debido aprender, no sin titubeos, que no todo estaba en los claustros y en los viejos libros, sino también en la natura- leza y que "había tanto gozo en clasificar una hoja de hierba 288 como en medir las exactas cantidades de un verso de Hora- cio". De esta manera nació el "Canto a la Zona Tórrida" de Bello, que a mi entender explicará no la semejanza, que sólo muy remota existe , pero sí el propósito que Joaquín Arcadio Pagaza persigue al describir en su poema "María" las costum- bres, la vida, y el paisaje de la Tierra Caliente del actual esta· do de Guerrero. El poeta y su mundo Al llegar aquí juzgo que no parecerá un despropósito recordar algo que casi es ya un lugar común: "Sobre el artista pesa todo; el clima, el medio y la sociedad, como pesa sobre cual- quier organismo". Nada se escapa a la realidad material y Joaquín Arcadio Pagaza no fue la excepción. El poeta, como cualquier otro artista, se lo proponga o no , es influido no sólo por el medio sino que a su vez él mismo influye sobre el mundo. Puede con su arte contribuir a dar al hombre fuerzas para vencer la adversidad y puede también con su poder artístico ayudar a la derrota del hombre en la lucha que libra diariamente contra la adversidad . Arrastrado por las grandes corrientes de su tiempo puede ser una voz que hable por los que callan, que cante por los que se alegran y que llore con el llanto de los que sufren, o puede, también, ciego, ignorante o malvado, intentar detener al hombre en su marcha fatal hacia la cumbre, hacia el porvenir radiante que se refleja en la Ion tananza de la humanidad. Por otra parte, la obra del poeta, como la de cualquier aro tista, perdurará -y lo veremos en Pagaza- si en lugar de adherirse a lo caduco y muerto pinta una realidad proyectada hacia un mundo de dicha, de ternura, de alegría y de esperanza. Convendrá precisar a grandes rasgos cuál fue el mundo en que creció y vivió Joaquín Arcadio Pagaza, que el 5 de enero de 1839 nació del matr;monio de Julián Pagaza y de Josefa 289 Ordoñez en el Valle de San Francisco Temascaltepec, como se llamó en lo antiguo mi Valle de Bravo natal. La vida de la aldea En San Francisco del Valle de Temascaltepec, hasta las dos primeras décadas del siglo XIX cuando menos, las relaciones sociales predominan tes fueron patriarcales. Los labradores, en diversos estadías de fortuna, eran la capa social de mayor relieve, puesto que los descendientes de los primitivos• habitan- tes, castellanizados ya, confundidos en la aldea con los hijos de los españoles criollos y con los mestizos, desempeñaban labores de siervo o se ocupaban en los oficios artesanales inci- pientes: tejedores de rebozos, albañiles sin calificación, alfa- reros primitivos, carpinteros, arrieros y, sobre todo,jomaleros que se alquilaban para las faenas del campo y los quehaceres mínimos y fatigosos al servicio de otros vecinos casi tan po- bres como ellos mismos. Los personajes de mayor relieve en la aldea, los que gana- ban el pan con menor fatiga eran, hacia 1839, el Cura, el Juez de Letras y el Prefecto, de manera que cualquiera que aspira- ba a tener una vida menos cruel, con menores privaciones, instintivamente desearía dedicarse a una de estas dos activida- des: o eclesiástico o funcionario público. Cuando Joaquín Arcadio Pagaza nació y creció, la Repú- blica sufría grandes convulsiones que no eran sino el resulta- do de haber quedado libres las fuerzas sociales patrióticas que estaban decididas a lograr la formación de la Nación Me- xicana, que , como toda nación, debería ser el resultado de condiciones económicas de nuevo tipo. La fragmentación en que la Nueva España vivió desde el principio de la conquista, se fue liquidando y la misma opre- sión colonial determinó una cohesión del país, bien para ven~ der, bien para adquirir lo que las capas mejor dotadas econó- micamente necesitaban. No es por lo tanto accidental que 290 hayan sido los labradores y no los grandes señores feudales o los siervos de la tierra los que contribuyeran, junto con la intelectualidad pobre , con más vigor a la destrucción del sis- tema colonial y no es tan poco accidental que entre los hijos de los labradores , desde el primer momento, hayan aparecido los mejores talentos de México. Pagaza quiso , desde niño, ser eclesiástico. Al abrir los ojos lo sedujo la pompa solemne de los ritos católicos. Para estu - diar no sólo las primeras letras sino también lo que solía lla- marse "Artes Menores", encontró apoyo en los conocimien- tos del Cura del lugar, licenciado José Rafael Téllez ; en su hermano Mariano Téllez, a quien los biógrafos principales de Pagaza suelen confundir con el mismo párroco, yen el vicario Manuel María Chaparro , del Valle de Temascaltepec. No creo que hayan sido muy profundos los estudios aldea- nos de Pagaza, aunque su aplicación a la Gramática de Nebrija . fuera intensa. De todas maneras, cuando ya había cumplido los dieciocho años y era un joven alto y desgarbado , fue admitido en el Seminario Conciliar de México. Frisando en los veintitrés años, el 19 de mayo de 1852, recibió la ordena- ción sacerdotal después de peripecias que no me propongo recordar. Se sabe que el 7 de noviem bre de 1858 se examinó de Filo- sofía, presentando muy posiblemente en un solo acto los tres Tratados: Lógica, mayor y menor, Ontología y Teodicea. Ni el P. García Gu tiérrez ni el P. Castillo y Piña, ni don Alberto María Carreño, ni los otros biográfos dicen en qué fecha se examinó de Teología; pero se sabe que el 21 de noviem bre de 1863 se examinó de Cánones y que el 25 del mismo mes sus- tentó examen de Derecho Civi!. Es necesario y conveniente hacer notar que fue su maestro de Teología Dogmática el Dr. don J osé María Díez de Sollano, más tarde Obispo de León, que se caracterizaba por una aver· sión franca al estudio de los escritores clásicos de la latinidad , sugestionado por las opil ""''''''. "'""" Azcapotzalco Formato de Papeleta de Vencimiento El usuario se obliga a devolver este libro en la fecha señalada en el sello mas reciente Código de barras. 269 35C i Cj FECHA DE DEVOLUCION . Ordenar las fechas de ven<:tmiento de manera vertical . • Cancelar con el sello de -DEVUELTO" la fecha de vencImiento a la entrega del libro UAM 2893549 PQ7297 P2.4 La obra de Joaquin Arcadi Z8.36 La seleccibn que L6pez Men. nos ofrce en ... libro viene • 1'- un vaclo de informacibn y de análisis que y .... muy nec r io cubrir. el de l. 8UlIIIICie de eslUdios que desde diferentlll pun1iDl de viste se acerquen I II obra de ...e ñros autores mis signlficlltiYoL Con este trlbajo. la obre de PIIgIIZI seri actu. .i zada en sus mis altos valores y el lector p~ seII"I8 Y caminos p.-e ....... a una de las cumbres del humanismo mexicano. Sergio López Mena nacib en Lagos de Moreno. J. ... an '861. El Maestro en Letrll por la UNAM. y sepecialiste an litannuq .- hispana del Siglo XVII. D8Ide 1980 • pror- a inYaItigldor lit. crito al Depertamanttl de Humanidades de II UAM AzcllllOfZllco. BIBLIOTECA DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES